Luego de conocer los resultados de PISA 2025, debería motivarnos -salvo mejor parecer- a buscar nuevas rutas para transformar la educación actual y revisar nuevamente aquellas prioridades pedagógicas que hasta ayer considerábamos muy buenas. Más que quedarnos en las cifras, los resultados pueden convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué se está enseñando, qué necesitan realmente aprender los estudiantes y qué cambios podemos aportar desde las aulas. Independientemente del país, del marco curricular o de la metodología empleada, parece necesario fortalecer las competencias fundamentales que permitan al estudiante construir su futuro con autonomía, responsabilidad y criterio propio.
Como sostiene el académico y especialista en liderazgo educativo Michael Fullan: «El aprendizaje profundo no consiste en añadir más contenidos al currículo, sino en desarrollar las competencias esenciales -pensamiento crítico, colaboración y creatividad- que permiten a los estudiantes prosperar en un mundo complejo». En esta misma línea, y coincidiendo con Umberto Eco en el valor único del profesor, resulta fundamental que cada estudiante aprenda a construir su propio criterio: «En el futuro, la educación tendrá como objetivo aprender el arte del filtro». En una época de sobreabundancia informativa, el profesor no pierde relevancia; por el contrario, adquiere una responsabilidad aún mayor al orientar al estudiante para analizar, discernir, contrastar y comprender aquello que encuentra.

Recuperar el sentido fundamental de la educación
Las exigencias de la era digital demandan superar los parches metodológicos y las respuestas educativas pasajeras. La presencia cotidiana de la inteligencia artificial (IA), las nuevas herramientas digitales, la sobreabundancia de información y las transformaciones del mundo laboral hacen necesaria una revisión seria de las estructuras curriculares. No se trata simplemente de incorporar nuevas tecnologías o cambiar de metodología, sino de preguntarnos si aquello que hacemos realmente ayuda a los estudiantes a aprender, pensar, resolver problemas y desenvolverse responsablemente en la vida.
Esta renovación necesita profesores capacitados y creativos, capaces de aportar desde su experiencia, reflexión y conocimiento, y de iluminar el camino de sus estudiantes. Los cambios educativos no deberían reducirse a modas ni a propuestas diseñadas lejos de las aulas reales, por personas que no siempre conocen directamente las circunstancias en las que aprenden y enseñan millones de estudiantes. El profesor que conoce su realidad debe tener la posibilidad de participar, opinar y contribuir a la construcción de soluciones pertinentes.
El experto en innovación educativa Marc Prensky señala: «Debemos pasar de la mera transmisión de conocimientos académicos tradicionales al desarrollo de la sabiduría digital, capacitando a los jóvenes para aplicar lo que aprenden en la solución de problemas reales». Esto implica comprender que innovar no significa abandonar lo esencial. La innovación educativa tiene sentido cuando mejora el aprendizaje y ayuda al estudiante a desenvolverse con mayor autonomía y responsabilidad.
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Pensamiento crítico y conocimiento riguroso
Ante el riesgo de la dispersión, la escuela debe reafirmar sus pilares conceptuales sin rodeos ni retoques pasajeros. En un mundo en el que cualquier estudiante puede acceder desde un teléfono a miles de datos, la educación no puede limitarse a transmitir información. Es necesario enseñar a analizar, contrastar, argumentar y distinguir información confiable de aquella que carece de fundamento. “La curiosidad, que tantas veces nace de la inconformidad con las respuestas, es el gran recurso para despertar la emoción de aprender…”
El propósito no debería ser que el estudiante repita respuestas, sino que desarrolle capacidad para pensar, analizar y resolver problemas. Esto exige recuperar el valor del conocimiento riguroso y, al mismo tiempo, enseñar a utilizarlo para comprender la realidad. Pensar críticamente no significa rechazar todo, sino aprender a preguntar, buscar evidencias, reconocer diferentes perspectivas, formular argumentos y tomar decisiones responsables.
Francesco Tonucci lo expresa así: «La buena escuela no es la que enseña de todo un poco sin profundizar, sino la que garantiza que cada niño aprenda a razonar, expresarse, dudar y comprender el mundo que lo rodea». La verdadera innovación debería ayudarnos precisamente a profundizar en aquello que resulta indispensable.
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Lectura, escritura y matemática: lo que no puede quedar en segundo plano
Entre las prioridades educativas deben mantenerse los aprendizajes fundamentales. Leer comprensivamente, escribir con claridad y dominar las matemáticas constituyen herramientas indispensables para acceder a los demás conocimientos. Ninguna innovación metodológica, tecnológica o curricular puede compensar adecuadamente las dificultades que aparecen cuando un estudiante no comprende lo que lee, no puede expresar con claridad lo que piensa o tiene dificultades para razonar matemáticamente.
Por ello, mejorar los aprendizajes en lectura, escritura y matemática debería ocupar un lugar central en cualquier proceso de transformación educativa. No se trata de regresar a una educación exclusivamente memorística, sino de garantizar que los conocimientos fundamentales se conviertan en herramientas para comprender, razonar, comunicar y resolver situaciones reales.
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Una formación útil para la vida, el trabajo y la ciudadanía
La escuela también debe preparar para la vida adulta. De ahí la importancia de fortalecer la educación para el trabajo, junto con la formación ciudadana, los valores, el idioma inglés, las competencias digitales y la educación financiera. No se trata de convertir la escuela únicamente en un espacio de capacitación laboral, ni de hacer de las escuelas fábricas de trabajadores, sino de ayudar al estudiante a descubrir sus capacidades, tomar decisiones responsables, participar en sociedad y comprender que aprender también significa prepararse para la vida.
Educar supone formar personas capaces de pensar, aprender, convivir, trabajar y participar responsablemente en la sociedad. Por ello, los resultados de PISA deberían llevarnos a mirar más allá de los indicadores y preguntarnos qué condiciones permiten que el estudiante se desarrolle integralmente.
Profesores mejor preparados, acompañados y valorados
Ninguna reforma educativa será sostenible si no considera a quienes hacen posible el aprendizaje cotidiano. El profesor necesita actualización permanente, recursos, reconocimiento, liderazgo pedagógico y condiciones adecuadas para enseñar. Exigir mejores resultados sin ofrecer formación y apoyo suficientes convertiría la evaluación en una simple medición, en lugar de utilizarla como instrumento de mejora.
Ahora es más evidente que -salvo mejor opinión- debemos fortalecer los aprendizajes fundamentales y el pensamiento crítico; preparar a los estudiantes para la vida y el trabajo; acompañar y valorar a los profesores mediante capacitaciones permanentes; promover evaluaciones motivadoras; garantizar autonomía pedagógica y reconocimiento salarial; cuidar su salud física y psicológica; y contar con materiales, infraestructura y apoyo de las familias. Todo ello, junto con otros factores, puede contribuir a fortalecer el liderazgo del profesor.
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La familia como primera aliada educativa
La educación no comienza ni termina en la escuela. Los hábitos, la responsabilidad, el respeto, la disciplina, los límites y la valoración del estudio también se construyen en casa. Por ello, una educación sólida necesita una participación responsable de las familias. Enlace sugerido: León XIV: «La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar»
Padres y profesores no deberían actuar como partes enfrentadas, sino como aliados con responsabilidades diferentes y complementarias. La familia acompaña, orienta, establece límites y fomenta hábitos; la escuela desarrolla su función pedagógica y formativa. Cuando ambas instituciones trabajan de manera coordinada, el estudiante encuentra referentes coherentes para su desarrollo.
Directores con liderazgo pedagógico
Una buena escuela necesita dirección, organización y capacidad para tomar decisiones. Por ello resulta fundamental fortalecer el liderazgo de los directores, no únicamente como administradores de recursos, sino como responsables de impulsar una cultura de aprendizaje, acompañar a los profesores y promover acuerdos dentro de la comunidad educativa.
Un director con liderazgo pedagógico puede convertir las políticas generales en acciones concretas y sostenibles dentro de cada institución. También puede favorecer un ambiente en el que los profesores tengan espacios para compartir experiencias, analizar dificultades y proponer mejoras desde la realidad de sus aulas.
Escuelas dignas, conectadas y con recursos oportunos
No se puede hablar de calidad educativa ignorando las condiciones materiales en las que estudian millones de estudiantes. Una escuela segura, equipada y conectada no garantiza por sí sola buenos aprendizajes, pero su ausencia puede convertirse en una barrera importante.
Por ello, la inversión educativa debe llegar al aula y traducirse en mejores condiciones para enseñar y aprender: infraestructura adecuada, conectividad, materiales oportunos y espacios que permitan desarrollar las actividades pedagógicas con dignidad. Las políticas educativas necesitan considerar estas condiciones como parte de una transformación integral y no como elementos secundarios.
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No copiar: aprender de otras experiencias y responder a nuestra realidad
Los resultados de PISA no deberían llevarnos a copiar automáticamente aquello que funciona en otros países, ni a descalificar nuestros propios esfuerzos. Cada sistema educativo responde a una historia, una cultura, unas condiciones sociales y económicas y unas características particulares de sus estudiantes.
En el Perú, las autoridades están intentando -si no se queda en el papel- elaborar un nuevo currículo que permita revisar y mejorar la educación de acuerdo con su propia realidad. Esta iniciativa puede convertirse también en una oportunidad para que sus profesores participen aporten sus propias experiencias y juntos ayuden a construir respuestas educativas pertinentes. Se trata de aprender de las experiencias de otros, no de copiarlas mecánicamente. Les recomendamos este enlace:
Ya en 1901, Rabindranath Tagore revolucionó la pedagogía al proponer un modelo basado en la libertad, el contacto con la naturaleza y la armonía con el medio que rodea a cada estudiante, en lugar de una enseñanza rígidamente memorística: «La educación más alta es la que no se limita a darnos la información, sino que hace que nuestra vida esté en armonía con toda la existencia».
No podemos poner a todos los sistemas educativos en el mismo saco ni convertir la diversidad de realidades en un simple cajón de sastre. Las experiencias internacionales pueden orientarnos, pero las respuestas deben construirse considerando las necesidades concretas de cada comunidad educativa.
Continuidad, evaluación y responsabilidad compartida
Después de analizar los resultados de PISA 2025, parece indispensable evaluar lo que funciona, corregir lo que no da resultados y dar continuidad a las políticas educativas que han demostrado eficacia. Más que perseguir cada nueva tendencia, cambiar permanentemente de planes o simplemente criticar otros modelos educativos, necesitamos recuperar una idea sencilla pero decisiva: la educación necesita prioridades claras, responsabilidades compartidas y una mirada puesta en aquello que realmente ayuda a cada estudiante a aprender y desarrollarse integralmente.
La verdadera transformación educativa no consistirá en cambiar constantemente de currículo, metodología o terminología, sino en mantener prioridades claras, evaluar los resultados y corregir aquello que no funciona. La innovación debe estar al servicio del aprendizaje y no convertirse en un fin en sí misma.
¡No más maquillajes!
En un escenario marcado por la sobreabundancia de información, el uso ordinario de la IA, las nuevas herramientas digitales y las exigencias cambiantes del mundo laboral, la educación corre el riesgo de dispersarse entre múltiples objetivos y olvidar aquello que sostiene todo aprendizaje.
¡No más maquillajes! Es necesario volver a lo esencial: que el estudiante aprenda a leer con comprensión, escribir con claridad, razonar críticamente, resolver problemas, convivir y desarrollar un criterio propio, acompañado por sus profesores.
Educar hoy no significa reducir la educación a resultados, estadísticas, informes, indicadores o burocracia. Significa recuperar su propósito fundamental: formar personas capaces de pensar, aprender, convivir, trabajar y participar responsablemente en la sociedad. Y esto exige revisar las prioridades de nuestras escuelas y preguntarnos qué condiciones hacen posible una educación de calidad.

El cambio también puede comenzar desde el aula
Los resultados de PISA no deberían ser únicamente motivo de información, preocupación o debate. Deben convertirse en una oportunidad para que cada profesor examine su práctica, revise su bitácora, dialogue con sus colegas, comparta propuestas y contribuya, desde el aula, a construir la educación que su país necesita.
Buscar nuevos caminos pedagógicos requiere profesores y, también, directores, coordinadores y otros responsables educativos, no solo instruidos o con títulos, sino capaces de vislumbrar con autonomía nuevas posibilidades de enseñanza y aprendizaje. La transformación educativa no puede quedar exclusivamente en manos de oficinas, autoridades o expertos alejados de las aulas. Quienes viven diariamente la realidad educativa tienen mucho que aportar.
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Por eso, después de conocer los resultados de PISA 2025, la pregunta no debería ser solamente ¿qué está fallando en nuestro sistema educativo?, sino también ¿qué podemos hacer nosotros para mejorarlo? Cada profesor puede revisar sus prioridades, fortalecer aquello que sí funciona, corregir lo que necesita cambiar y compartir sus experiencias. Cada director puede favorecer condiciones para que esa reflexión se convierta en acción. Cada familia puede asumir su responsabilidad. Y cada autoridad puede escuchar, acompañar y sostener las políticas que demuestren resultados.
La educación necesita cambios, pero también necesita continuidad; necesita innovación, pero sin abandonar lo esencial; necesita tecnología, pero sin reemplazar el pensamiento; necesita nuevos conocimientos, pero también comprensión; necesita políticas públicas, pero igualmente la experiencia de quienes están cada día en las aulas.
Quizá el gran desafío después de PISA 2025 no sea encontrar una nueva fórmula educativa, sino recuperar la capacidad de preguntarnos con honestidad qué merece realmente ser aprendido, cómo podemos ayudar a nuestros estudiantes a aprenderlo y qué estamos dispuestos a cambiar para conseguirlo. Porque transformar la educación no significa empezar siempre de nuevo o de cero: significa evaluar lo que hacemos, conservar lo que funciona, corregir lo que no funciona y atrevernos a construir, juntos, nuevos caminos allí donde los estudiantes todavía necesitan aprender mejor.
«El aprendizaje del educador al educar se verifica en la medida en que éste, humilde y abierto, se encuentre permanentemente disponible para repensar lo pensado.» (Paulo Freire)
Redacción: Web del Maestro CMF