En las aulas, cada vez es más común enfrentar situaciones complejas derivadas del contexto social. Cuando hablamos de estudiantes con un perfil prontuariado, nos referimos a menores de edad que han estado involucrados en situaciones delictivas o tienen antecedentes con la justicia. Estos casos requieren una intervención específica. Sin embargo, muchas veces estos alumnos no han sido derivados a instituciones especializadas, lo que deja a los docentes en una situación de vulnerabilidad.
La escuela no debe convertirse en un espacio de exclusión, sino en un entorno de contención, reconstrucción y oportunidades. Sin embargo, también es fundamental establecer límites y garantizar la seguridad de toda la comunidad educativa. A continuación, se detallan dos frentes de acción que todo docente debe conocer: cómo intervenir pedagógicamente y cómo protegerse ante situaciones de intimidación o acoso.
1. ¿Cómo intervenir pedagógicamente con alumnos que presentan un perfil prontuariado?
1.1. Evitar la estigmatización
El primer paso fundamental es no etiquetar ni condenar al estudiante. Llamarlo “delincuente”, “peligroso” o “caso perdido” no solo es injusto, sino que reproduce el abandono del que muchas veces proviene. Estos jóvenes suelen arrastrar historias familiares complejas: abandono, violencia doméstica, consumo problemático, deserción escolar temprana, pobreza extrema o vinculación con entornos criminales.
El docente debe centrarse en el comportamiento y no en la persona. La conducta puede ser reprobable, pero el joven aún tiene capacidad de transformación. Se trata de ver más allá del prontuario, reconociendo su condición de menor y su derecho a una segunda oportunidad.
Una mirada comprensiva no significa justificar lo injustificable, sino entender el contexto para actuar con más eficacia. Estigmatizarlo solo lo empuja a reafirmar esa identidad negativa que otros ya le han impuesto.
1.2. Conformar un equipo de intervención
Un solo docente no puede —ni debe— abordar esta realidad de manera aislada. Es esencial contar con un equipo interdisciplinario que acompañe el proceso. Este equipo debe incluir, al menos:
Psicólogos escolares, que ayuden a evaluar y contener emocionalmente al estudiante.
Asistentes sociales, que indaguen en el contexto familiar, económico y comunitario.
Orientadores u orientadoras, que trabajen en la elaboración de un plan individual de acompañamiento.
Y en los casos más complejos, instituciones externas como programas de reinserción social, redes de apoyo territorial, defensorías del niño o tribunales de familia.
Si la escuela no cuenta con estos profesionales, debe exigir apoyo al nivel sostenedor o activar redes institucionales locales.
1.3. Generar vínculos significativos
Muchos de estos estudiantes no confían en los adultos ni en la escuela, porque han sido decepcionados repetidamente. Por eso, el vínculo humano es la primera puerta de entrada a cualquier cambio. No se trata de ser amigo, sino de ser un referente estable, respetuoso y coherente.
Un docente que mira al alumno sin prejuicio, que lo llama por su nombre, que lo escucha sin ironía, puede lograr lo que muchos sistemas no han conseguido: abrir una posibilidad. El respeto mutuo no se impone, se construye.
Esto requiere paciencia, coherencia y límites claros, pero también disponibilidad emocional. El joven necesita saber que, a pesar de su historia, alguien espera algo bueno de él.
1.4. Ofrecer alternativas concretas
No basta con pedir que se porte bien: hay que ofrecer otras formas de pertenecer, expresarse y destacar. Estos estudiantes, muchas veces, se han sentido validados solo por lo negativo (la fuerza, el miedo, el poder sobre otros).
La escuela puede ser un lugar donde descubran nuevas formas de valorarse. Algunas alternativas eficaces son:
Talleres de oficios (carpintería, cocina, electricidad, reparación de bicicletas, etc.), donde el estudiante se sienta útil.
Actividades artísticas (rap, murales, teatro, circo, danza), que canalicen emociones y les permitan expresar su mundo interno.
Programas de reinserción escolar, que combinen educación con acompañamiento psicológico y social.
Mentores externos o figuras adultas significativas, especialmente si no cuentan con referentes familiares saludables.
Lo importante es mostrarles que sí hay otros caminos, pero que también requieren esfuerzo y compromiso.
1.5. Establecer límites claros
La contención emocional no implica permisividad conductual. Educar también es marcar límites. La autoridad del docente debe ser firme, justa y coherente, no autoritaria ni arbitraria.
Hay que dejar en claro que hay reglas que se deben respetar, no solo por el buen funcionamiento de la clase, sino por el desarrollo personal del estudiante. Los límites enseñan autocontrol, empatía y respeto.
El docente debe aplicar consecuencias que sean educativas, no punitivas. Por ejemplo: si hubo una agresión verbal, se puede trabajar un ejercicio de reparación, no solo una sanción. Y si la situación lo supera, debe ser derivada al equipo de convivencia escolar o al equipo directivo.
1.6. Trabajar en red con otras instituciones
Ninguna escuela puede —ni debe— cargar sola con la responsabilidad de contener situaciones tan complejas. Es fundamental articularse con otras instituciones del entorno:
Servicios sociales municipales, que puedan realizar visitas domiciliarias o acompañamiento familiar.
Centros de salud mental o consultorios, que evalúen si hay trastornos conductuales o traumas que requieren tratamiento.
Organizaciones comunitarias, que ofrezcan actividades, contención o espacios seguros fuera del horario escolar.
Sistema judicial o justicia juvenil, cuando el estudiante ya está judicializado o es necesario activar protección de derechos.
Una buena red institucional puede ampliar la capacidad de respuesta de la escuela y evitar que el docente enfrente solo estas situaciones.
2. ¿Qué hacer si el alumno desafía, intimida o acosa al docente?
En contextos escolares complejos, pueden darse casos en los que un estudiante —especialmente si presenta antecedentes delictivos o comportamientos altamente disruptivos— llega a intimidar, amenazar o acosar al docente. Estas situaciones requieren una respuesta clara, firme y profesional, centrada en la protección del docente y del grupo curso.
Aquí se detallan las acciones que todo docente debe tomar, con respaldo institucional y sin asumir riesgos innecesarios.
2.1. Priorizar la seguridad
La seguridad física y emocional del docente y de los estudiantes es lo más importante. Ningún educador debe trabajar bajo amenaza o miedo, ni ningún grupo curso debe convivir con un clima de hostilidad.
Ante cualquier conducta que implique intimidación verbal, amenazas, gestos intimidantes o actos de violencia —directos o indirectos— el caso debe ser reportado inmediatamente a la dirección del establecimiento o al equipo de convivencia escolar. No se puede minimizar ni posponer.
Es deber de la institución proteger al docente y tomar medidas inmediatas para garantizar el resguardo del ambiente escolar.
2.2. No enfrentarlo en solitario
Frente a un alumno agresivo o desafiante, el docente no debe enfrentarlo a solas. Esto puede escalar la situación, agravar el conflicto o incluso poner en riesgo su integridad.
Lo más prudente es pedir apoyo inmediato, retirarse del aula si es necesario y derivar la intervención al equipo directivo, inspectoría o encargado de convivencia escolar. En ningún caso el profesor debe asumir el rol de contención o mediación en un momento de alta tensión.
Todo procedimiento debe desarrollarse dentro de un protocolo claro y respaldado por la institución.
2.3. Dejar constancia escrita
Es imprescindible registrar por escrito cada incidente que involucre intimidación, violencia o amenazas. El informe debe incluir:
Fecha y hora del hecho
Descripción objetiva de lo ocurrido (sin juicios de valor)
Participantes involucrados
Posibles testigos
Reacción del docente y acciones tomadas
Este registro será clave para respaldar decisiones futuras, escalar el caso si es necesario y proteger legalmente al docente.
Además, es recomendable conservar copias personales de cada informe entregado.
2.4. Activar los protocolos escolares
Todo establecimiento debe contar con protocolos de actuación frente a situaciones de violencia escolar, especialmente aquellas que implican riesgo para docentes o alumnos.
Estos protocolos deben establecer:
Vías de denuncia y derivación
Responsables de la intervención
Medidas inmediatas de resguardo
Estrategias de seguimiento y apoyo
Participación de redes externas si el caso lo amerita
Si el colegio no cuenta con protocolos claros, es urgente demandar su elaboración y exigir su aplicación. En los casos más graves, se debe activar al Consejo de Convivencia Escolar, al Programa de Integración Escolar (PIE) y, de ser necesario, contactar a servicios sociales, defensorías o tribunales de familia.
2.5. No callar por miedo
El silencio institucional —y del propio docente— solo profundiza la impunidad y la normalización de la violencia. Muchos profesores temen represalias o la falta de respaldo, pero callar no protege: expone aún más.
Es fundamental buscar apoyo sindical, jurídico o de organizaciones profesionales, además de contar con el respaldo de colegas y equipos directivos comprometidos.
La integridad física, emocional y profesional del docente es un derecho que debe ser garantizado. Nadie puede enseñar desde el miedo o el abandono.
2.6. Reconocer los límites del rol docente
El docente es un agente educativo, no un funcionario de seguridad, ni un terapeuta clínico, ni un mediador judicial. Acompañar no significa exponerse, contener no significa soportar lo inaguantable.
Cuando un estudiante requiere intervenciones psicológicas, sociales o legales especializadas, estas deben ser asumidas por las instituciones externas competentes, no por el profesor en el aula.
Saber hasta dónde llega el rol docente no es rendirse: es protegerse y actuar profesionalmente, para que el derecho a la educación no se convierta en una amenaza a la dignidad del educador.
Reflexión:
Contener no es aguantar lo inaguantable. Educar no es exponerse al daño. Enseñar también es saber cuándo decir: hasta aquí puedo yo, ahora le toca a otro intervenir. “Si no somos capaces de ayudar al que más lo necesita, ¿qué sentido tiene ser docentes?”
REDACCIÓN WEB DEL MAESTRO CMF