Durante años, se ha romantizado la figura del docente como un ser todoterreno: educador, consejero, mediador, protector, terapeuta, salvador. Se espera que el profesor enseñe, motive, contenga, detecte abusos, resuelva conflictos familiares, medie en peleas, prevenga adicciones, y además, que lo haga con una sonrisa.
Esta visión idealizada no solo es injusta, también es peligrosa. Y las consecuencias de ignorar los límites del rol docente afectan tanto al maestro como al estudiante.
¿Qué consecuencias tiene para el docente?
1. Agotamiento emocional y físico:
Cuando un profesor se ve forzado a asumir roles para los que no ha sido formado, como el de terapeuta o mediador judicial, se expone a un desgaste emocional severo. El estrés acumulado, la impotencia ante situaciones que lo sobrepasan y la carga emocional de intentar “salvar” lo que no le corresponde, terminan por afectar su salud mental y su bienestar general.
2. Culpa y frustración constante:
Al no poder resolver conflictos familiares, sanar traumas o garantizar la seguridad de un estudiante, el docente puede llegar a sentirse culpable, como si estuviera fallando. Sin embargo, no es su responsabilidad hacerlo. Acompañar no es sinónimo de resolver. Y contener no significa soportar lo inaguantable.
3. Pérdida de foco pedagógico:
Asumir funciones externas desvía la energía del objetivo principal: enseñar. El aula se transforma en un campo de batalla emocional y social, y la labor pedagógica queda relegada a un segundo plano.
¿Y qué pasa con el estudiante?
1. Falta de respuestas profesionales reales:
Un docente no es un psicólogo clínico ni un trabajador social. Cuando se le asigna ese rol, el estudiante no recibe el acompañamiento adecuado. Sus necesidades emocionales o sociales pueden ser mal abordadas, lo que termina perjudicando aún más su situación.
2. Relación confusa con el adulto de referencia:
El estudiante puede no comprender claramente cuál es el rol del docente, y esperar de él una respuesta afectiva o legal que no le corresponde. Esta confusión genera una relación ambigua y poco saludable.
3. Debilitamiento del proceso educativo:
Si el aula se convierte en un espacio de contención permanente y no en un lugar de aprendizaje, el estudiante se priva de lo que más necesita: conocimientos, habilidades, herramientas para su futuro.
Reconocer los límites del rol docente no es abandonar a los estudiantes: es protegerlos, cuidarlos y asegurar que cada profesional cumpla con su función de la mejor manera posible. Un docente puede acompañar, puede detectar señales, puede derivar y contener dentro de su marco profesional. Pero no puede ni debe ocupar el lugar de un terapeuta, un juez o un policía.
Pedirle todo a un docente no lo hace más valioso: lo expone, lo desgasta y lo aleja de su verdadera vocación. Defender sus límites es también defender el derecho de los estudiantes a recibir una educación de calidad.
REDACCIÓN WEB DEL MAESTRO CMF