Un grave episodio de violencia escolar ha generado preocupación en La Victoria, Lima, Perú, luego de difundirse grabaciones en las que presuntos estudiantes de la institución educativa Víctor Andrés Belaunde profieren amenazas de muerte contra el director del establecimiento. Según la información difundida en un reportaje televisivo, siete menores estarían involucrados en el caso, mientras que dos de ellos aparecen en uno de los videos que forman parte de la investigación. Los hechos han reabierto el debate sobre los límites de la disciplina, la responsabilidad de las familias y la capacidad de las instituciones educativas para prevenir conductas violentas.
La situación habría surgido en medio de la discusión sobre nuevas disposiciones disciplinarias destinadas a recuperar el orden y fortalecer la convivencia dentro de los colegios peruanos. Entre las medidas mencionadas durante la cobertura periodística figura la exigencia de mantener una presentación personal adecuada, incluido el corte de cabello. De acuerdo con lo expuesto por los periodistas, las amenazas podrían constituir una reacción de algunos estudiantes frente al endurecimiento de las normas escolares. Sin embargo, esta posible relación todavía debe esclarecerse mediante las investigaciones correspondientes, sin atribuir responsabilidades definitivas ni establecer motivaciones que no hayan sido acreditadas.
Amenazas difundidas en redes sociales y una investigación fiscal
Las imágenes difundidas muestran a adolescentes realizando expresiones intimidatorias y anunciando una presunta agresión contra el director. En una de las grabaciones se escucha la frase «Mañana lo matamos entre todos», una declaración que ha provocado especial preocupación por su contenido explícito. Según el reportaje, las amenazas circularon a través de un grupo en redes sociales y parte del material habría sido grabado dentro de las instalaciones escolares. La gravedad de las expresiones, independientemente de la intención que aleguen sus autores, exige determinar las circunstancias de su difusión y evaluar los riesgos para la integridad del personal educativo.
El caso, según informó el espacio televisivo, ya se encuentra en manos de la Fiscalía, que deberá establecer la participación de los menores involucrados y las circunstancias en las que se produjeron las amenazas. La investigación también deberá determinar si existió una intención real de ejecutar algún acto violento o si las expresiones fueron realizadas sin conciencia de sus posibles consecuencias. Ambas posibilidades requieren una respuesta institucional responsable. Al tratarse de adolescentes, cualquier procedimiento deberá respetar sus derechos, garantizar la confidencialidad de su identidad y considerar las disposiciones especiales aplicables a menores de edad en el sistema de justicia peruano.
Durante la cobertura periodística se cuestionó que algunas personas pudieran interpretar lo ocurrido como una simple travesura estudiantil. Los conductores rechazaron esa lectura y advirtieron sobre el peligro de minimizar expresiones que anuncian agresiones contra otra persona. «No se amenaza de muerte por chiste a nadie», sostuvo una de las periodistas al analizar las grabaciones. La observación apunta a una preocupación que trasciende este episodio: cuando las amenazas se relativizan o se justifican por la edad de quienes las realizan, existe el riesgo de debilitar los límites necesarios para garantizar una convivencia escolar segura.

Disciplina escolar, autoridad docente y responsabilidad familiar
El incidente también ha puesto nuevamente sobre la mesa la discusión acerca de la autoridad de los directores y docentes frente a comportamientos que desafían las normas institucionales. Las medidas relacionadas con la presentación personal, el respeto a las autoridades y el cumplimiento de disposiciones internas pueden generar desacuerdos entre estudiantes, familias y establecimientos. Sin embargo, ninguna discrepancia con una norma escolar justifica recurrir a amenazas, intimidaciones o expresiones violentas. Los mecanismos de diálogo, reclamación y participación estudiantil deben permitir cuestionar decisiones sin comprometer la seguridad de quienes ejercen funciones educativas ni vulnerar los derechos de otros integrantes de la comunidad.
Otro aspecto destacado durante el reportaje fue la responsabilidad de las familias en la formación de hábitos, valores y límites de comportamiento. Los periodistas plantearon interrogantes sobre los cambios en la educación recibida en el hogar y el debilitamiento de determinadas normas de convivencia. Aunque esas reflexiones no permiten establecer las causas concretas del comportamiento de los menores investigados, sí introducen una cuestión relevante: la formación de los estudiantes no puede recaer exclusivamente sobre los docentes. La familia y la escuela cumplen funciones diferentes, pero complementarias, especialmente cuando se trata de enseñar respeto, responsabilidad y resolución pacífica de conflictos.
La preocupación aumenta cuando las conductas intimidatorias se difunden mediante plataformas digitales, donde pueden alcanzar a numerosos estudiantes y adquirir una dimensión distinta a la de un conflicto presencial. La circulación de amenazas en redes sociales puede amplificar el miedo, deteriorar el clima escolar y aumentar la exposición de las personas afectadas. Además, la participación de varios adolescentes en una misma grabación obliga a examinar posibles dinámicas de presión grupal, búsqueda de reconocimiento o normalización de expresiones agresivas. Estas circunstancias no deben darse por demostradas en el caso investigado, pero constituyen factores relevantes para comprender y prevenir episodios semejantes.
«Para los pedófilos. Pedófido. Los mato mañana no se salva. Mañana lo matamos entre todos porque hierba mala nunca muere. La hierba buena se fuma».
La necesidad de respuestas firmes y medidas preventivas
Frente a situaciones de esta naturaleza, la respuesta educativa debe combinar protección inmediata, investigación rigurosa y medidas formativas proporcionales. La seguridad del director, los docentes y los estudiantes debe constituir una prioridad, sin desconocer las garantías correspondientes a los adolescentes involucrados. Las autoridades escolares necesitan procedimientos claros para comunicar amenazas, preservar evidencias y coordinar actuaciones con las instancias competentes. Al mismo tiempo, las familias deben participar activamente en el seguimiento de las conductas de sus hijos. La aplicación de medidas disciplinarias, cuando corresponda, debe ajustarse a la normativa vigente y evitar decisiones improvisadas que puedan agravar el conflicto.
El episodio del colegio Víctor Andrés Belaunde representa una advertencia sobre los desafíos que enfrenta la convivencia escolar en el Perú. Más allá de las responsabilidades individuales que determine la investigación, las amenazas contra una autoridad educativa no deben normalizarse ni confundirse con manifestaciones inofensivas de rebeldía adolescente. Recuperar el respeto dentro de las escuelas exige normas claras, autoridades respaldadas institucionalmente, familias comprometidas y estudiantes capaces de expresar desacuerdos sin recurrir a la intimidación. La disciplina y el diálogo no son principios incompatibles: ambos resultan indispensables para construir comunidades educativas seguras, donde enseñar y aprender no implique convivir con el miedo.
Redacción: Web del Maestro CMF