[Alexander Ortiz] ¿Qué es el conocimiento?

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Corrientemente se entiende por conocimiento en nuestra cultura el poder hacer referencia de manera directa o indirecta a lo que es en sí con independencia del observar del observador, es decir, tradicionalmente se valora el conocimiento como la externalización continua de información por parte del ser humano. Es por esto que en nuestra cultura se asocia a lo real como aquello que existe con independencia del observador.
Lo que Humberto Maturana llama conocimiento es conducta adecuada a las circunstancias en que una persona opera según lo que el observador considera que es conducta adecuada en esas circunstancias. Y, de la misma manera, es evidente que los seres humanos cuando deseamos que otra persona actúe como nosotros queremos, argumentamos y explicamos las armonías vitales usando la noción de realidad, argumentando que nuestra opinión es válida universalmente porque está sustentada en dicha realidad.

El conocimiento es la conducta que un observador en un determinado dominio considera adecuada. Los seres humanos hablamos de conocimiento cuando en un dominio determinado desarrollamos una acción efectiva, lo que uno hace al decir que otro sabe o no sabe, es ver o escuchar si lo que el otro hace o las conductas a que el otro hace referencia con su discurso, concuerdan o no con lo que uno considera como conductas adecuadas en el dominio de su ver o escuchar, según un criterio que uno pone al mirar o escuchar.

Podemos decir que hay conocimiento cuando la conducta de un ser humano es coherente con la conservación de sus biopraxis en un dominio específico. Los procesos neurales originados en el sistema nervioso no generan los procesos cognitivos, ya que el conocimiento y la conducta son fenómenos relacionales, y los procesos neuronales participan en el fluir de las interacciones humanas, modulando dicho fluir, pero no generando el conocimiento ni la conducta, y mucho menos la certidumbre, que a veces la consideramos como un conocimiento y en realidad es una emoción.

Cuando alguien nos pregunta de qué manera ocurre algo, lo que esa persona quiere que le digamos es una argumentación de un proceso que, como resultado de su accionar, genera lo que se quiere explicar. Mostramos que tenemos conocimiento cuando nuestras explicaciones coinciden con los criterios de observadores externos. Cuando un ser humano en sus biopraxis cotidianas cambia de posición manteniendo su coherencia con el entorno configurante a ese proceso le llamamos deriva, en términos de Maturana.

Cuando un observador observa en otra persona una conducta que conside­ra efectiva en ese ámbito, el observador dice que esa persona sabe, que tiene conocimiento. En este sentido, el conocimiento el observador se lo adscribe o asigna a un ser humano en un contexto particular. Por esto mismo, considero que la explicación de Maturana no es hermenéutica sino ontológica, ya que revela las condiciones configurativas del proceso de conocimiento al revelar cómo surge cualquier conducta efectiva de manera inmanente a las biopraxis de un sujeto en la acción en que se observa el fluir de la vida.

“El conocimiento es una apreciación de un observador sobre la conducta de otro. En el momento en que uno ve esto así, uno descubre que el conocimiento siempre se adquiere en la convivencia. Que uno aprende a ser de una u otra manera en la convivencia con otros seres humanos” (Humberto Maturana). Es decir, conocer no es más que tener una conducta efectiva en una acción particular de articulación configuracional, en las biopraxis humanas, en la acción concreta en que se observa el fluir cotidiano de la vida. Por lo tanto, Maturana no hace una interpretación del conocimiento, por cuanto no es­tá revelando la génesis de dicho proceso, sino de las condiciones que lo configuran. La propuesta de Maturana es ontológica, no es hermenéutica. No hace una interpretación subjetivista del ser humano, más bien devela su esencia y naturaleza, su ser.

Un ser humano siempre está necesariamente en acción adecuada en el dominio en el que se diferencia como tal en las biopraxis del observador. Y Maturana ha mostrado que esto es así porque es algo inherente al fenómeno de la observación, que cualquier sis­tema diferenciado debería diferenciar a ambos, en la conserva­ción de la organización y en la articulación configuracional, y como nodo de una red de derivas configuracionales.

En la distin­ción de los sistemas vivientes esto consiste en crearlos en las biopraxis del observador, “ambos en conservación de la autopoiesis y la adaptación, y como un momento en su deriva ontogenética en un medio, bajo condiciones que los constitu­yen en una acción adecuada en sus dominios de existencia” (Humberto Maturana). En otras palabras, Maturana ha mostrado que para cualquier circunstancia determinada de diferenciación de un sistema viviente, la con­servación de la vida (conservación de la adaptación y de la autopoiesis) constituye la acción adecuada en esas circunstan­cias y, por esto, los sistemas vivientes son sis­temas cognoscitivos, o sea, vivir es conocer y conocer es vivir.

Cada dominio de realidad es un dominio cognitivo. La persona no tiene el conocimiento como si éste fuera una cosa o un objeto interno que se atesora dentro del cuerpo o de la cabeza. Generalmente las personas tenemos una idea o concepción acerca de en qué condiciones una conducta es adecuada en un dominio determinado. Este dominio lo distinguimos con nuestra observación. Y cuando una persona piensa que el otro tiene conducta adecuada, en ese momento le asigna el conocimiento a esa persona, por eso Maturana afirma que el conocimiento uno se lo asigna a la otra persona.

¿Qué es la cognición entonces?

Según Francisco Varela, es la emergencia de estados globales en una red de componentes simples. Esta concepción se sustenta en la filosofía de Martin Heidegger, Maurice Merleau-Ponty y Michel Foucault, quienes criticaron de manera explícita las representaciones. Estos filósofos asumen la hermenéutica (interpretación-comprensión) como una actividad circular que enlaza la acción y el conocimiento, el conocedor y lo conocido, el observador y lo observado, en un círculo indisociable, es decir, en una configuración que hace emerger otras configuraciones de orden superior, extraordinarias, que se expresan y manifiestan en un nivel diferente de complejidad (puede ser más o menos complejo).

Desde esta mirada, las configuraciones emergentes de los procesos circulares no necesariamente son más complejas que dichos procesos, pueden tener un nivel de complejidad menor. En esta epistemología el todo no siempre es más que la suma de sus partes, sencillamente el todo es diferente a la suma de sus partes, el todo puede ser más que la suma de sus partes, pero también el todo puede ser menos que la suma de sus partes. Cuando Varela utiliza el término “hacer emerger” se refiere a esta total circularidad de la acción / interpretación. De esta manera, denomina enacción a este enfoque alternativo sobre la cognición humana, debido a que esta perspectiva analítica enfatiza la acción más que la representación.

La enacción es un neologismo que utiliza Varela para dar cuenta de las biopraxis humanas. Expresa la configuración de la vida humana en cualquiera de sus dimensiones: cognitiva-intelectual, afectiva-emocional o praxiológica. Enacción no es acción del sujeto y tampoco es representación del objeto. En esta concepción el sujeto y el objeto se configuran en un solo proceso, las biopraxis humanas, que es también una configuración conceptual comprensiva. La noción de enacción se inspira en el idioma inglés corriente en vez del griego como lo hace la autopoiesis. Corrientemente, enacción se usa en el sentido de traer a la mano o hacer emerger.

Maurice Merleau-Ponty, Martin Heidegger y Michel Foucault, han explicado con suficiente claridad que el conocimiento es la configuración de un mundo que es inseparable de nuestro cuerpo, nuestro lenguaje y nuestra historia social. El conocimiento es una exégesis permanente que no se puede aprehender de manera adecuada como un algoritmo o conjunto de reglas y supuestos, por cuanto es una cuestión de acción e historia. Comprendemos por imitación, y esta nueva comprensión se configura con una comprensión ya existente. La enacción es la configuración del mundo en la acción y en la historia. Las biopraxis constituyen una configuración vital de acción e historia. Distinguimos el mundo que nos rodea, y creamos configuraciones conceptuales comprensivas, pero al distinguir el mundo lo configuramos en nuestra acción y en nuestra historia. Es por ello que el conocimiento no puede ser atrapado en una representación, porque no tiene una realidad ontológica. Podemos considerar el mundo como un sistema, que no es más que la distinción entre sistema y entorno. El proceso, evento, situación, persona, cosa o acontecimiento que distinguimos es el sistema, y lo que excluimos es el entorno, en el entendido que un sistema es una distinción entre sistema y entorno, en la mirada de Niklas Luhmann.

Es imposible observar desde afuera el mundo en el que estamos para analizar la coincidencia con las representaciones que tenemos de él. Por eso en esta epistemología no existe ni el sujeto ni el objeto, porque estamos siempre inmersos en nuestro mundo, somos arrojados a él desde que nacemos, y comenzamos a configurarlo con la aparición del lenguaje en nuestra vida. No existe una representación del mundo, existe una configuración del mundo.

La comprensión científica del fenómeno del conocimiento implica asociarlo a la ontología del ser humano como observador. Debemos reconocer que el fenómeno del conocimiento está relacionado con nuestra experiencia cotidiana, por la cual sabemos que el conocedor, el observador, es un ser vivo.

Esta orientación epistemológica cuestiona el supuesto epistémico que visiona un mundo independiente del observador. Para Francisco Varela, el conocimiento es ontológico. Afirma que la cognición no se puede comprender de manera adecuada sin sentido común, entendiéndolo como nuestra historia corporal y social. En este sentido, observador y observado, conocedor y conocido, sujeto y objeto, se configuran el uno al otro, se crean mutuamente, surgen de manera simultánea. El conocimiento no surge de la representación de una aparente exterioridad. Lo externo y lo interno surgen de manera emergente a partir de las distinciones y configuraciones conceptuales comprensivas.

La cognición está estrechamente interconectada con la historia que está viviendo el ser humano en sus biopraxis, en el camino que configura al andar. La cognición no es un instrumento para la solución de problemas mediante representaciones. Es una configuración que emerge y hace emerger un mundo. El requisito para que el mundo emerja es que la acción sea efectiva. Si las biopraxis generan continuidad y afluencia de la acción configurada entonces emerge una nueva biopraxis mediante las demás biopraxis. El mundo emerge de la acción efectiva, entendiéndola como “la historia del acoplamiento estructural que enactúa, a través de una red de elementos interconectados capaces de cambios estructurales durante una historia ininterrumpida” (Francisco Varela).

Ahora bien, nosotros siempre determinamos el conocimiento observando la conducta del otro, o de nosotros mismos. Si esa conducta es adecuada o efectiva en las circunstancias analizadas, entonces afirmamos que esa persona tiene conocimiento sobre el hecho particular que estemos analizando. “Es el observador el que decide si hay conocimiento o no hay conocimiento en el otro, no tienes que tener el supuesto de la objetividad como punto de partida” (Humberto Maturana).

La cognición es correcta y funciona de manera adecuada cuando se conserva, consolida y configura con el mundo humano significativo que existe previamente a la enacción (biopraxis cognitiva) o cuando configura un nuevo mundo. Este nuevo mundo es un proceso de dimensiones culturales, que se genera significativamente mediante el discurso, en el conversar, mediante el entrelazamiento entre el lenguajear y el emocionar (diálogo y amor).

Las configuraciones del ser humano con el mundo o entorno no se pueden evitar ni soslayar. Las biopraxis configurativas son inevitables. El ser humano es único en el reino de los seres vivos precisamente por las biopraxis plena de sentido y significado. El ser humano configura el mundo generando sentido y significado. Francisco Varela invierte esta descripción afirmando que “lo que hace único al ser cognitivo es su falta constitutiva de significación, que debe ser resuelta en el enfrentamiento permanente con las perturbaciones y rupturas propias de la vida perceptual y motora. La cognición es acción referida a aquello que falta, visto desde la perspectiva de un ser cognitivo que siente aquella falta”. La cognición no emerge de lo que tenemos sino de lo que carecemos, de las contradicciones, conflictos, paradojas y tensiones de la vida cotidiana, al percatarnos de que nos falta algo que necesitamos.

Francisco Varela define algunos contrastes que crean esas tensiones cotidianas: de tareas específicas hacia conducta creativa; de la resolución de problemas hacia la definición de problemas; de lo abstracto y simbólico hacia lo ligado a la historia, al cuerpo; de lo universal hacia lo contextual; de lo centralizado hacia lo distribuido; de lo secuencial y jerárquico hacia lo paralelo; de un mundo predefinido a un mundo enactuado (configurado), de la representación hacia la acción efectiva (configuración), y del desarrollo por diseño hacia el desarrollo por estrategias evolutivas.

Humberto Maturana piensa que “la comprensión de algo, el entendimiento de un fenómeno ciertamente cambia las conductas de uno, cualquieras que sean las circunstancias, porque eso es conocer y conocer es hacer, de modo que el conocimiento significa un hacer; siempre distinto a aquel en ausencia del conocimiento”. De ahí que conocer significa tener en la mano las operaciones afectivas, intelectuales o praxiológicas para configurar algo, y tener conciencia de ese algo y de las operaciones para configurarlo.

NOTA DE REDACCIÓN: La Web del Maestro CMF publica los textos originales de su autor, no necesariamente coincide con lo expuesto en el tema, no se hace responsable de las opiniones expresadas, y no promociona ningún producto, servicio, marca o empresa. Sugerimos a nuestros lectores conocer la identidad de la fuente o de su autor.


Autor:
Alexander Ortiz Ocaña, ciudadano cubano-colombiano.
Universidad del Magdalena Santa Marta, Colombia
Doctor en Ciencias Pedagógicas, Universidad Pedagógica de Holguín, Cuba. Doctor Honoris Causa en Iberoamérica, Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa (CIHCE), Lima. Perú. Magíster en Gestión Educativa en Iberoamérica, CIHCE, Lima, Perú. Magíster en Pedagogía Profesional, Universidad Pedagógica y Tecnológica de la Habana. Licenciado en Educación.
Correo electrónico: [email protected] / [email protected]

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