[Alexander Ortiz] Influencia de las emociones en el aprendizaje humano

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Las emociones a veces se confunden con los sentimientos, existe una emoción muy controvertida que algunos autores la ubican en la categoría de sentimiento: la pasión. En este proceso afectivo se combinan características de la emoción, con otras que forman parte de los sentimientos.
Al tratar sobre las emociones observamos que aunque son situacionales, ellas implican ya una cierta generalización, consistiendo esta última en una generalización entre los objetos y sujetos. Es así como encontramos la manifestación de un mismo tipo de emoción vinculada a objetos o sujetos diferentes. Por ejemplo, un estudiante puede tener emociones agradables con diferentes compañeros de clase en ciertas circunstancias que conforman una situación satisfactoria o gratificante para él, a pesar de no existir una relación afectiva sostenida con esos compañeros.

Cuando el vínculo emocional con un objeto o sujeto se consolida, se fortalece y se sistematiza, por circunstancias objetivas y subjetivas, entonces se forma un proceso afectivo mucho más estable y generalizado con respecto a ese objeto o sujeto: un sentimiento. En el ejemplo anterior, si por determinados motivos las emociones agradables del estudiante se inclinan de manera suficiente sobre un compañero, se fortalece la relación afectiva positiva con él y de esta manera puede surgir un sentimiento, ya sea de amor, de amistad u otro similar. 

Diferencias:
  • Los sentimientos son generalizados, pero generalizados en un objeto o sujeto y no entre ellos como ocurre en las emociones.
  • Una emoción puede producirse en relación con los más variados objetos o sujetos, pero un sentimiento siempre lo es hacia algo o alguien que lo hace distintivamente peculiar.
  • Podemos hablar de una emoción de placer referida a distintos contenidos, pero no podemos referirnos al sentimiento de amor a la pareja, por ejemplo, si no lo hacemos con respecto a ese contenido, en este caso, una persona.
  • Los sentimientos transcienden la situación, no son situacionales como las emociones; ellos son más estables. Por ejemplo, cuando desaparecen las situaciones que hicieron surgir en un estudiante emociones agradables con distintos compañeros, con los cuales no tiene un vínculo afectivo sostenido, en él no se conservan estos procesos afectivos hacia dichos compañeros.
  • Si en el estudiante aparece un sentimiento (de amor, de amistad, etc.) hacia determinados compañeros, este proceso afectivo con respecto a esos compañeros puede mantenerse en él aunque ya no se encuentren en una situación de interacción con ellos.
  • Las emociones son pocas, elementales, situacionales e intensas. Por ejemplo, la furia, el miedo o el placer son fáciles de reconocer, porque son intensas, de lo contrario no serían emociones.
  • Reconocer los sentimientos sí es una labor ardua, extremadamente compleja, por ejemplo, la ternura, el temor, la pena, la vergüenza, la satisfacción o la alegría, son muy difíciles de reconocer y bien complejo diferenciar desde el punto de vista cognitivo qué sentimiento experimentamos en un momento determinado, ya que no se advierte de una manera muy asequible la diferencia entre la alegría, el entusiasmo, el optimismo y la felicidad, entre otros.
Semejanzas:
  • Los sentimientos se forman sobre la base de las emociones, si se fortalecen las relaciones emocionales con determinado objeto o sujeto, esto puede conducir a su cristalización en un sentimiento.
  • Los sentimientos encuentran en las emociones una vía de expresión. Por ejemplo, el sentimiento de amor hacia el estudio puede manifestarse emocionalmente de forma diferente (positiva o negativa), lo que depende de la situación.
¿Cuál es la significación didáctica de las emociones en el aprendizaje humano?

Existe una estrecha relación entre las emociones y el aprendizaje humano. El hemisferio derecho del cerebro es el motor impulsor del hemisferio izquierdo. La motivación conduce a la acción, y sin actuación no hay aprendizaje, de ahí que la motivación es la base del aprendizaje, y ésta se logra impactando en las emociones de nuestros estudiantes, preguntándonos qué es lo que verdaderamente les impacta, qué les llama la atención y desempeñarnos en correspondencia con estas motivaciones.

Al separar las emociones del ámbito del aula, de la lógica del proceso de enseñanza – aprendizaje, se simplifica el direccionamiento de la organización educativa, la pedagogía, la didáctica, el currículo y la evaluación, pero también se separan los dos lados de una misma moneda y por lo tanto perdemos algo muy importante en el proceso. Es imposible separar la emoción de cualquier otra actividad importante en la vida. ¡No trate de hacerlo!

Es importante que los estudiantes desarrollen procesos metafectivos[1] por cuanto el conocimiento está mediado por la afectividad, sin afectos no se aprende.

Cuando el docente le imprime a su desempeño pedagógico una alta carga afectiva y emocional, los estudiantes muestran un mayor ritmo de aprendizaje, de manera que el proceso de construcción, asimilación y apropiación de conocimientos, desarrollo de habilidades y destrezas, fortalecimiento de valores, y apropiación de la cultura, se sustenta en los resortes afectivos, y es por ello que la afectividad es el principal mediador del aprendizaje humano.

Ya el notable psicólogo suizo Jean Piaget lo había reconocido en el único curso que desarrolló en la Soborna, cuando dijo que “¡No hay conocimiento sin amor!”

El sistema afectivo gobierna al sistema cognitivo, lo sostiene funcionando, es el motor impulsor. No caben dudas que para el aprendizaje humano son muy importantes las emociones. El cuerpo proporciona de manera continua una infinidad de señales específicas, las cuales son inherentes a cada emoción y, además, son fáciles de percibir. Por ejemplo: enrojecer ante la ira, palidecer frente al miedo y sentir desasosiego ante la ansiedad.

Conocer con claridad las señales físicas de las propias emociones es la clave para manejarlas, ya que se podrá alcanzar un máximo rendimiento, aprovechar de manera consciente la energía extra que proporcionan, moderar voluntariamente las respuestas emocionales, facilitar la calma ante el miedo o la ira y repetir experiencias positivas que contribuyan a experimentar emociones agradables, tales como la alegría y el amor, entre otras

Una conciencia emocional desarrollada identifica cada señal enviada por el cuerpo al reconocer y asignar el nombre a cada emoción; esta habilidad es fundamental en la consolidación de las emociones inteligentes y constituye la base sobre la cual se construyen las otras competencias emocionales.

A medida que se practica la conciencia emocional, esta aumenta y luego se convierte en un hábito natural, que genera un cambio de actitud y de transformación individual, el cual mejora y aporta a las relaciones personales e interpersonales: motivación, autonomía, entusiasmo, autocontrol, persistencia y, por lo mismo, valorar la propia vida y la de los demás.

Después de conocer las emociones es necesario aceptarlas. Con la aceptación de las emociones se desarrolla la capacidad de tomar decisiones adecuadas y oportunas, de tal manera que se aprende a conocer cuando se originan o qué situación fue el detonante para evocarlas; además, se acepta cada una de los sentimientos que produce la emoción, incluso, el miedo, la ira, entre otros, como algo natural e intrínseco.

Las personas que desarrollan  la conciencia y aceptación emocional se impresionan con la fuerza adicional y positiva que encuentran a su disposición, la cual les permite enfrentarse de cara al mundo.

La no aceptación de las emociones o el inadecuado manejo emocional conducen a la represión de dicha emoción o a una acumulación extra de emociones en el cerebro que dejan recuerdos traumáticos, desalentadores y negativos, los cuales llevan a comportamientos autodestructivos, tanto físicos como psicológicos. Por ejemplo, la depresión, el estrés, fumar, consumir alucinógenos, o bebidas alcohólicas, la bulimia y la anorexia. Por el contrario, las personas que aceptan sus emociones poseen un control en las situaciones más difíciles y hacen frente a las crisis que se les presenten.

Recuerdo una frase de Martí expresada en 1884: “Se necesita abrir una campaña de ternura y de ciencia”. Yo agregaría con el mayor respeto, una campaña de amor y de conciencia.

A partir de lo anterior podemos sintetizar tres postulados básicos cognitivos (neuropsicopedagógicos): la actividad mental y emocional puede y debe ser desarrollada intencionalmente, aprender no es más que interactuar motivados con los procesos, objetos, sujetos, fenómenos y comunicarse afectivamente; y educar es vincular la ciencia y la ternura. Estos postulados constituyen la base para la aplicación de las emociones inteligentes, en la educación.

Las investigaciones realizadas sobre inteligencia emocional son relativamente recientes. A comienzos de los años noventa, el psicólogo de la universidad de Yale, Peter Salovey y su colega John Mayer dieron el nombre de inteligencia emocional a las inteligencias interpersonal e intrapersonal, las cuales fueron definidas por Howard Gardner. Precisamente este autor clasifica la inteligencia emocional en dos tipos: inteligencia intrapersonal e inteligencia interpersonal. En este sentido, las emociones inteligentes incluyen diversas habilidades, por ejemplo: el conocimiento, la compresión, la potenciación de las propias emociones, la capacidad de ponerse en el lugar de los demás.

Estas competencias se aprenden y desarrollan mediante la percepción y la regulación consciente de las emociones y de los sentimientos, promoviendo respuestas asertivas y eficaces.

Partiendo de todo lo anterior, es necesario hacer estudios neuropsicológicos que nos encaminen hacia el reconocimiento científico de la identificación del centro de procesamiento de las emociones en el cerebro humano, con el fin de que el maestro, el estudiante y el ser humano en general, sean competentes en su direccionamiento, porque en definitiva “los circuitos que presentan actividad eléctrica cuando la mente siente una emoción, y se activan cuando la mente experimenta un proceso cognitivo, bien sea al recordar, pensar, planear o calcular, están ligados de manera tan indisoluble como los hilos de un tejido. Las neuronas asociadas con el pensamiento se conectan con aquellas relacionadas con la emoción y viceversa. Es decir, están configuradas, de ahí la complejidad del funcionamiento de la personalidad.

Como plantea Gabriel García Márquez al final del prólogo literario del libro El cerebro y el mito del yo, de Rodolfo Llinás: “…con la certidumbre de que termine por descubrir algo que existe más allá de nuestros sueños: en qué lugar del cerebro se incuba el amor, y cuál será su duración y su destino”

Los afectos, las emociones y los sentimientos del ser humano van configurando a lo largo de la vida las actitudes y valores, como configuraciones afectivas de orden superior, más complejas, influyentes y determinantes en el comportamiento humano, que se configuran, en el caso de una interpretación positiva, en el amor, que es conocimiento, valoración, práctica y comunicación.

El amor es conocimiento, destrezas, habilidades, sentimientos, emociones, valores y actitudes. La actividad de amar está integrada, configurada por cuatro acciones muy puntuales: valorativa, comunicativa, práctica y cognoscitiva; y tiene mayor peso que el intelecto en la apreciación de un ser humano. Ya lo afirmó hace mucho tiempo San Agustín: “Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama”.

[1] El término “metafectividad” hace referencia al conocimiento, control y autorregulación de los procesos afectivos. La metafectividad es el proceso afectivo y emocional a través del cual el ser humano carga de afectos su interior, direcciona sus emociones, es decir, se ama a sí mismo, para poder amar a los demás. Es un proceso interno que impulsa a la metacognición, consiste en amar el amor, abrazar la ternura y el cariño, querer tus afectos, amar al corazón (que tiene razones que la razón no entiende). Si la metacognición es pensar sobre el pensamiento, entonces la metafectividad es pensar y sentir el sentimiento. No hay metacognición sin metafectividad.

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Autor:
Alexander Ortiz Ocaña, ciudadano cubano-colombiano.
Universidad del Magdalena Santa Marta, Colombia
Doctor en Ciencias Pedagógicas, Universidad Pedagógica de Holguín, Cuba. Doctor Honoris Causa en Iberoamérica, Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa (CIHCE), Lima. Perú. Magíster en Gestión Educativa en Iberoamérica, CIHCE, Lima, Perú. Magíster en Pedagogía Profesional, Universidad Pedagógica y Tecnológica de la Habana. Licenciado en Educación.
Correo electrónico: [email protected] / [email protected]

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