[Alexander Ortiz] Hacia un nuevo paradigma psicológico en el siglo XXI

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Humberto Maturana indica que somos humanos en el lenguajear, no usamos el lenguaje para ser humanos, sino que podemos decir que lo usamos porque operamos en el lenguaje, es nuestra forma de ser humanos, un modo de vivir. De hecho, el lenguaje no es un sistema de signos y códigos, es nuestra forma de vida. La conversación es la actividad praxiológica que nos hace humanos, sólo existimos en el conversar, esa es nuestra forma de vivir. Sin el conversar no existe lo humano, este proceso nos diferencia de los animales no humanos. Lo que nos hace humanos no es la corporalidad en sí, sino la forma en que convivimos con nuestra corporalidad, a pesar de que ésta forma parte de lo humano, no es lo que nos hace humanos.
Ni el lenguaje por sí solo, ni la corporalidad por sí sola, nos hace humanos. El carácter humano emerge de la configuración dinámica recursiva entre la corporalidad y la conversación, a partir del entrelazamiento entre el lenguajear y el emocionar. Sin embargo, si eliminamos el lenguaje, lo humano no emerge o desaparece. De hecho, en la historia que nos dio origen, lo humano comienza con el vivir en el lenguaje y, en el proceso evolutivo que siguió, la corporalidad ancestral cambió en torno a la conservación de ese modo de vivir.

En nuestras biopraxis, a través del diálogo, que es una manifestación de nuestra conducta, surgimos de manera espontánea ante el otro que conversa con nosotros y nos trae a dicha conversación, de manera espontánea, nos materializa, nos da vida, nos hace visibles. Es a través del lenguaje que existimos y emergemos como humanos colaboradores, solidarios y respetuosos hacia los demás y hacia nosotros mismos, sin temor a quedar ignorados en la interacción afectiva y emocional. No es el cerebro ni los genes, los que determinan nuestra conducta, es el proceso de conversar, mediante la interacción entre el lenguaje y las emociones.

En la actualidad, se configura una controversia que cuestiona la génesis de la conducta humana. La mayoría de neurocientíficos, incluso los más prestigiosos, como Antonio Damasio, Rodolfo Llinás o John Medina, afirman que el comportamiento humano está determinado por el funcionamiento genético y neuronal. Basta con leer el título de uno de los libros de Rodolfo Llinás, célebre neurocientífico colombiano: El cerebro y el mito del yo, el papel de las neuronas en el pensamiento y el comportamiento humanos.

Este determinismo genético y neuronal, enfoque reduccionista, es muy nocivo para la comprensión holística del ser humano, por cuanto reduce su conducta a la configuración de los genes y al funcionamiento de las neuronas. Si lugar a dudas, los genes y las neuronas participan en la dinámica comportamental del ser humano, pero según Humberto Maturana, las transformaciones estructurales que constituyen el vivir del ser vivo surgen como una epigénesis en el entrejuego de esa estructura dinámica inicial y el fluir de sus interacciones en un medio cambiante.

Los seres humanos no estamos determinados genéticamente, de ahí que podemos afirmar que no estamos atrapados en un destino predeterminado y en un curso inexorable de nuestras vidas, sino que podemos modificar nuestro presente a través del lenguaje, del diálogo respetuoso y fraternal. Es por ello que, ontológicamente hablando, podemos decir que el ser o identidad de la persona, no es una propiedad o atributo invariable, es más bien un modo relacional de vivir que se conserva en la biopraxis humana, básicamente en las relaciones interpersonales, mediante el entrelazamiento del emocionar y el lenguajear, que es lo que Maturana denomina el conversar.

El “entrelazamiento” es una configuración, una red de relaciones lingüísticas, de manera que el concepto de “lenguaje” no debe reducirse al concepto de “conversación”. Maturana define el concepto “lenguaje” en términos de dominio de coordinación de coordinaciones conductuales consensuales. El “entrelazar” es una coordinación de coordinaciones conductuales consensuales, en el sentido de que la acción lingüística que el ser humano configura en su biopraxis, se entrelaza no sólo con sus emociones sino con las emociones y el lenguajear de otros seres humanos con los cuales interactuamos. La verbalización o las palabras son, o pueden ser, sólo parte del lenguaje en esta perspectiva, de ahí que esta concepción del lenguaje alude no sólo a conversaciones que entrelazan ‘el hablar’ y el emocionar, sino a cualquier acción comunicativa del ser humano, no sólo a las acciones habladas. Lo mismo ocurre con la concepción de ‘mente’, en la que se asume que la mente no puede existir sin lenguaje, ni la reflexión tampoco.

En una ocasión, Maturana estando en Alemania, visitó la Facultad de Teología de la Universidad de Passau (diócesis católica) y desarrolló una conferencia en la Escuela de Teología, en la que afirmaba que el ser humano es un animal, y el decano teólogo le dijo: “es bueno que le recuerden a uno de vez en cuando que es un animal”

Los seres humanos somos animales que maniobramos en nuestras biopraxis en diversas y disímiles actividades de nuestro proceso de vivir, las cuales como diferentes configuraciones lingüísticas o redes de conversaciones, argumentaciones y explicaciones, se intersectan en nuestra identidad corporal. Pero como la identi­dad de cada ser humano, como miembro de una configuración par­ticular de conversaciones, se configura en la medida en que espontáneamente se formaliza o materializa en su participación en esa red lingüística, entonces cada ser humano existe en el flujo de sus biopraxis como una configuración particular de identidades que se intersectan en su identidad corporal.

Los seres humanos vivimos en un espacio psíquico relacional e interaccional en el que vivenciamos interacciones y relaciones de las cuales somos conscientes al vivirlas, así como otras interacciones de las cuales somos conscientes sólo posteriormente al reflexio­nar sobre lo que hemos vivido.

En nuestra cultura connotamos estos dos tipos de relaciones e interacciones como relaciones cons­cientes e inconscientes. Para Maturana, el espacio psíquico es el es­pacio relacional e interaccional en el que vivimos, con todas sus dimensiones conscientes e inconscientes. Es en este espacio relacional/interaccional, en donde vivimos las dimensiones psicológicas de nuestra vida humana, y en donde nos tornamos seres humanos como sistemas vivos en acoplamiento estructural con un medio que contribuimos a crear con otros al crear nuestra dimensión. Por tanto, en lo que se refiere al devenir configuracional de un ser humano, no existe interacción o experiencia trivial. Para un ser humano todas sus interacciones son fundamentales porque en su se­cuencia aparece a posteriori seleccionando el curso de sus configuraciones en un proceso que tiene un carácter histórico-concreto, y es irreversible, por su carácter acumulativo-configuracional, al generarse cada transformación como reconfiguración del estado previo. Esto nos pasa, según Maturana, desde nuestro origen individual en una célula inicial, el zigoto, y es válido para todos los aspectos de nuestra existencia.

Según Maturana, todo ser humano es indispensable, tan pronto un ser humano muere, cambia el mundo humano. El que a nosotros a veces eso no nos importe, es otra cosa, es ceguera, y con estas actitudes mostramos nuestras emociones enmascaradas en una actitud racional.

Finalmente, podemos afirmar que el ser humano se muestra ante los demás mediante sus tres configuraciones trascendentales: la configuración expresiva-praxiológica, la configuración cognitiva-intelectual y la configuración afectiva-emocional. Veamos pues la concepción de Humberto Maturana acerca de estas tres configuraciones de la condición humana, que Hannah Arendt caracteriza como la vida del espíritu: pensamiento, voluntad y juicio. Sin lugar a duda, estos aspectos deben contribuir a configurar un nuevo paradigma psicológico en el siglo XXI.

NOTA DE REDACCIÓN: La Web del Maestro CMF publica los textos originales de su autor, no necesariamente coincide con lo expuesto en el tema, no se hace responsable de las opiniones expresadas, y no promociona ningún producto, servicio, marca o empresa. Sugerimos a nuestros lectores conocer la identidad de la fuente o de su autor o autores, para tener mayores elementos de juicio y la pertinencia a su realidad educativa.


Autor:
Alexander Ortiz Ocaña, ciudadano cubano-colombiano.
Universidad del Magdalena Santa Marta, Colombia
Doctor en Ciencias Pedagógicas, Universidad Pedagógica de Holguín, Cuba. Doctor Honoris Causa en Iberoamérica, Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa (CIHCE), Lima. Perú. Magíster en Gestión Educativa en Iberoamérica, CIHCE, Lima, Perú. Magíster en Pedagogía Profesional, Universidad Pedagógica y Tecnológica de la Habana. Licenciado en Educación.
Correo electrónico: [email protected] / [email protected]

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