[Alexander Ortiz] El lenguaje no es un sistema de signos sino el modo de vivir humano

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Adquirir conciencia de algo implica reflejar la realidad objetiva por medio de significados generalizados que se han objetivado en la palabra. El vínculo entre pensamiento y lenguaje es, por tanto, íntimo y necesario, ya que la expresión semántica, de significados del pensamiento, está dada en el lenguaje.
Debido al carácter semántico de la cognición, se pueden designar a través de la palabra los pensamientos y sentimientos del ser humano en su proceso de comunicación. Las relaciones humanas de orden superior sólo son posibles porque el pensamiento humano es conceptual y configura la realidad circundante mediante categorías que luego permiten reflejar y transmitir dicha realidad a través del lenguaje. Es decir, el lenguaje humano es el puente, el viaducto mediador para que se produzca la comunicación intencional de la experiencia humana. El lenguaje nace del amor, de la necesidad de comunicación entre los seres humanos originarios durante el trabajo y sobre todo de la relación afectiva entre ellos.

La generalización del conocimiento que se logra gracias a la unidad entre pensamiento y lenguaje, es la base para su mediación. Es decir, el conocimiento de los vínculos generales entre los fenómenos permite al ser humano llegar a conocer aquello que no le es posible percibir. Es por ello que el pensamiento y el lenguaje han permitido determinar la velocidad del sonido, a pesar de que el ojo humano no es capaz de percibir esta magnitud. Además, el pensamiento y el lenguaje nos posibilitan rectificar errores de nuestra apreciación de los fenómenos que tienen su origen en el propio proceso sensorial. Por ejemplo, sabemos que el Sol aparece por un punto del horizonte y se oculta por otro punto, sin embargo, guiándonos por nuestra sensopercepción, tendríamos que concluir, que el Planeta Tierra es plano y que el Sol gira alrededor de nuestro planeta (y así fue concebido originalmente por los astrónomos en la antigüedad); sin embargo, el pensamiento humano, rebasando los marcos del proceso sensorial y perceptual, ha logrado descubrir lo que hoy nos parece bastante sencillo: nuestro planeta es redondo, gira alrededor del Sol, y rota sobre su propio eje.

El lenguaje es la configuración psíquica que caracteriza a los seres humanos para comunicarnos con nuestros semejantes. A diferencia de nosotros, los animales no humanos, en el sentido estricto de la palabra, no hablan, es decir, no conversan, y por lo tanto, no muestran un lenguaje tal y como lo mostramos los seres humanos.

El lenguaje y el pensamiento surgen como respuesta del cerebro humano a los cambios complejos, impredecibles y constantes que se producen en la realidad con la que interactuamos los seres humanos.

Todos los procesos cognitivos, los sensoriales, los representativos y los racionales, pero especialmente la memoria, la imaginación, el pensamiento y el lenguaje, utilizados de manera creativa, armónica y coherente en la actividad y en la comunicación del ser humano con sus semejantes y con el medio que le rodea, contribuyen a estimular y potenciar el desarrollo de la inteligencia humana.

Humberto Maturana cree que el vivir en lenguaje pudo comenzar y ser conservado “en la conservación de la tendencia neoténica (expansión de la niñez) que pudo surgir un vivir juntos en intimidad en pequeños grupos a través de la expansión de la sexualidad femenina, consti­tuyendo el espacio relacional/interaccional en el cual apareció el lenguaje a partir de la interacción afectiva”.

Maturana considera que en el lenguaje no hay separación entre sintaxis y semántica como fenómenos constitutivos de éste, por cuanto es un fluir en la recursión de las coordinaciones conductuales consensuales. De hecho, en la proposición de Maturana, semántica y sin­taxis surgen como reflexiones del observador ante las regularidades del fluir de las coordinaciones conductuales de las personas en el lenguaje.

Los seres humanos vivimos en la configuración lingüística, somos una fluencia configuracional, en nuestra biopraxis, mediante las interconexiones entre el lenguajear y el emocionar que configuran el conversar. O sea, al vivir en la configuración lingüística, las coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales que lo configuran se entrelazan con nuestro emocionar, configurándose lo que llamamos, conversar.

Nuestras biopraxis nos configuran como seres humanos. Estamos configurados por nuestra manera particular y específica de ser en la acción relacional, en la cual se con­figura nuestra personalidad en el diálogo, en nuestras conversaciones, en la configuración de las emociones y el lenguaje. Traemos a nuestro entorno el mundo en que vivimos, lo creamos y configuramos en nuestro conversar, que es precisamente donde nos configuramos como humanos.

Sin embargo, no es una limitación el hecho de que sólo existimos en el lenguaje y el hecho de que al existir sólo en el lenguaje, únicamente generamos experiencias en el lenguaje. Es cierto que desde una mirada holística y configuracional no podemos existir fuera del lenguaje porque estamos configurados dentro de él, es más, “el hecho que al existir el lenguaje nuestro dominio de experiencia deba ser el dominio cerrado del cual no salimos, ni podemos salir, parece ser una limitación sólo si pensamos que deberíamos de poder referirnos a una realidad independiente” (Humberto Maturana), pero esto es imposible porque ¿de qué manera podemos nombrar o referirnos a una realidad independiente de nosotros si no es mediante el lenguaje que nos configura?.

Humberto Maturana designan como dominio lingüista de un organismo el dominio de todas sus conductas lingüísticas. “Los dominios lingüísticos son, en general, variables y cambian a lo largo de las ontogenias de los organismos que los generen”. Por otro lado, en palabras de Maturana, “nuestra existencia ocurre en el lenguajear, y en tanto vivimos en el lenguajear podemos distinguirnos en la reflexión, y desde allí usar al lenguaje como un instrumento, al constituirlo como punto de partida o fundamento existencial para más recursiones en las coordinaciones conductuales”. Es decir, lo que nos sucede en nuestra corporalidad fuera del lenguaje no nos sucede como seres humanos, aunque afecte nuestro vivir humano.

El lenguajear no es una manera de transmitir conocimientos o información. Los seres humanos no podemos existir fuera del lenguaje y, desde esa óptica, ser humano es ser proceso, función, sentido y significado de una configuración de conver­saciones, es decir, formas de fluir juntos en el lenguaje, que se experimenta y vivencia como un fluir en este instante, momento a momento, en una interconexión de distintas configuraciones recurrentes de coordinacio­nes consensuales recursivas de comportamiento consensuales que configuran en nosotros todo lo que somos y hacemos en nuestra acción de existencia. De esta manera, según Maturana, hemos crecido creyendo en mitos tales como: el cuerpo tiene una estructura fija que explica la constancia de sus propie­dades; las entidades abstractas tales como símbolos, códigos, ideas o información son manejadas por el lenguaje como sistema de comunicación; las palabras no nos tocan corporalmente; como individuos tenemos identidades propias autónomas; los demás nos hacen cosas y la mente está en la cabeza.

El mundo en que vivimos es configurado por nosotros mismos a medida que lo lenguajeamos, es decir, alumbramos nuestro propio mundo, damos a luz a nuestro mundo cotidiano a través del lenguaje y las emociones, mediante nuestras conversaciones cotidianas.

El lenguajear es el fluir humano en coordinaciones conductuales consensuales de coordinaciones consensuales, que se genera mediante las con­tinuas transformaciones configuracionales coherentes que ocurren en las interacciones re­currentes, y sucede en el simple suceder del vivir cotidiano en la conservación de nuestra identidad corporal, momento a momento, instante a instante, en nuestra biopraxis, de la única mane­ra que puede ocurrir según nuestra configuración en cada momento de nuestras vidas. Maturana reitera que “incluso para referimos a nosotros mismos como entidades no lenguajeantes debemos estar dentro del lenguaje. En efecto, la operación de referencia existe sólo en el lenguaje y estar fuera del lenguaje es, para nosotros los observadores, algo sin sentido”. Es por ello que Niklas Luhmann identifica a la comunicación como la operación reproductora y recurrente que caracteriza a los sistemas sociales.

Para Maturana, “la mente, el ego, la psique y lo espiritual son algunas de las distinciones que un observador, u observadora, puede hacer de las diferentes clases de redes de conversaciones en las cuales podemos vivir en acoplamiento recursivo (del comportamiento y fisiológico), sin importar si operamos en un dominio social o no social”.

“Como cambia el cuerpo así cambia el lenguaje, y como cambia la expresión mediante el lenguaje así cambia el cuerpo. Aquí reside el poder de las palabras. Las palabras son entidades abstractas en el lenguajear e interaccio­nes estructurales en el lenguaje” (Humberto Maturana), y es a través de esto que el mundo que configuramos en el lenguajear pasa a formar parte del dominio en el cual tienen lugar nuestras derivas configuracionales ontogené­ticas y filogenéticas.

Todo lo que existe en las acciones humanas son descripciones en la biopraxis lingüística que, como eventos de vivir en el lenguaje, pa­san a ser objetos de las descripciones lingüísticas. Las des­cripciones, sin embargo, no reemplazan la biopraxis que configuran como descripciones; sólo la expanden en fór­mulas recursivas que fluyen a través de sus coherencias configuracionales operativas.

De acuerdo con lo anterior, las explicaciones y comprensiones científicas, en tanto que configuraciones de descripciones, no reemplazan las situaciones problémicas que ex­plican en la acción de la biopraxis del observador, pero generan coherencias configuracionales operativas en esa acción, que permiten otras descripciones en la biopraxis humana. Es decir, no podemos confundir el mapa con el territorio, pero para comprender al territorio construimos y diseñamos mapas. No podemos confundir la comida en el restaurante con la carta donde aparece el menú que se oferta, pero comprendemos y decidimos lo que vamos a consumir a partir de leer la carta.

Según Maturana, cuando discutimos con una persona un argumento que aún no ha aceptado de manera implícita como válido, no deberíamos obligar a esa persona racionalmente para que acepte como valido dicho argumento. “Todo lo que podemos hacer en una conversa­ción en la cual no existe un acuerdo previo implícito, es seducir a nuestro interlocutor a aceptar como válidas las premisas básicas que definen el dominio en el cual nues­tro argumento es operacionalmente válido”.

La operación de referencia existe sólo en el lenguaje, y estar fuera de éste es un sin sentido, si lo analizamos desde la óptica de nosotros como observado­res. Por estas razones es esencial explicar el len­guaje como un fenómeno biológico para poder en­tender al observador como ser humano.

Como consecuencia de lo anterior, e independientemente de que tengamos o no con­ciencia y claridad de esto, fluimos en nuestra biopraxis cotidiana mediante una configuración de conversaciones, integrando o abandonan­do configuraciones sociales, en dependencia de la aceptación o rechazo involucrada por nuestra conducta, en la afluencia de nues­tro lenguaje y nuestras emociones, entrelazados en nuestras conversaciones. Es por ello que usualmente tenemos di­ficultades para aceptar e imaginar que fuera del lengua­je nada (ninguna cosa) existe, porque la existencia está estrechamente vinculada a nuestras distinciones y descripciones en el lenguaje. “No hay duda que un físico moderno puede decir que la física cuántica afirma que las categorías de la vida diaria no se aplican en el espacio de las partículas elementales” (Maturana). Sin embargo, Maturana está diciendo mucho más que eso. Está di­ciendo que todo fenómeno, incluyendo, por supuesto, aquellos de la física cuántica, como también aquellos del observador y del observar, son fenómenos cognitivos que surgen en el observar en tanto el observador opera en el lenguaje, explicando, describiendo y argumentando su biopraxis, y por tanto el observar sólo puede ser entendido como un resultado de la biolo­gía del lenguaje, y el observar no revela una reali­dad independiente, sino que configura lo observado como una configuración de configuraciones conceptuales sólo comprensibles mediante el lenguaje.

Precisamente, Maturana aclara que para vivir en el lenguaje se necesita del cerebro, especifica que los seres humanos tenemos un cerebro potente, capaz de desarrollarse en el lenguaje, pero el lenguaje no surge en el cerebro, por cuanto es un modo de vivir del ser humano, es un fenómeno humano que no se genera en la cabeza, ni es un conjunto de reglas, sino que surge y se genera en las relaciones humanas y, ontológicamente hablando, existe en la configuración de las coordinaciones de acción humana, pero no como una cosa que existe en ellas sino como un modo de fluir en dichas coordinaciones, ya que “lo que uno connota cuando habla de lenguaje es que a través de las interacciones de los participantes en esto que uno está llamando el operar en el lenguaje, hay coordinaciones de acción” (Humberto Maturana), como resultado de interacciones recurrentes.

Maturana habla de consenso, o de conductas consensuales, cada vez que hace referencia a conductas o coordinaciones conductuales que se establecen como resultado de estar juntas en interacciones recurrentes. En este sentido, las interacciones o las coordinaciones conductuales consensuales no son instintivas. “El lenguaje como fenómeno consiste en el operar en coordinaciones conductuales consensuales de coordinaciones conductuales consensuales”. Las coordinaciones conductuales consensuales de coordinaciones conductuales consensuales constituyen una recursión. Y para poder decir que hay recursión, uno tiene que poder hacer una referencia histórica. No hay recursión sin historia, y no hay historia sin recursión. “Ninguna conducta sola, ningún gesto, ningún movimiento, ningún sonido, ninguna postura corporal, por sí sola, es parte del lenguaje. Pero si está inserta en el fluir de coordinaciones consensuales, de coordinaciones consensuales de acción, es parte del lenguaje”.

“En el momento en que en esa historia se ve una recursión en las coordinaciones conductuales (es decir, hay coordinaciones conductuales consensuales de coordinaciones conductuales consensuales), en ese instante surge el lenguaje. […..] Para que se de esa historia de interacciones recurrentes tiene que haber una emoción, es decir, una disposición estructural inicial que hace posible la recurrencia de la interacciones. Y esa disposición estructural inicial o está, o no está” (Humberto Maturana).

Para Maturana, las palabras son nodos en el fluir de las coordinaciones de acción y no hay símbolos, los símbolos no entran, el lenguaje no está hecho de símbolos, porque el lenguaje es una recursión de las coordinaciones de acción. “El símbolo es una reflexión que un observador hace sobre relaciones en el curso del operar en el lenguaje. El lenguaje tiene que ver con las coordinaciones de acción; ocurre en el espacio de interacciones, por eso es que las palabras tienen que ver con las acciones” (Humberto Maturana) y no con símbolos.

Es importante destacar, siguiendo con Maturana, que el lenguaje no son las verbalizaciones, sino que es el fluir en la recursión de las coordinaciones conductuales consensuales. Sin embargo, en la conversación con otro es donde surgen los objetos, donde surgen todas las entidades que podemos señalar y manejar. Antes del lenguaje no hay objeto. Esto suena terrible porque Maturana dice: “antes del origen del lenguaje de los seres vivos no hay objeto; no hay árboles, no hay plantas, no hay células, no hay moléculas, no hay átomos. Nada existe porque la existencia es traída a la mano por el observador. En el momento en que surge el lenguaje, surgen los objetos y surgen los objetos como nodos en el espacio de coordinaciones de acción” (Humberto Maturana).

Los niños crecen y se desarrollan como seres humanos en su vida cotidiana, o sea en su biopraxis, entrelazando emociones y lenguaje. Entendemos por conversaciones, siguiendo a Maturana, a las interconexiones continuas entre lenguaje (coordinaciones de conducta) y emociones (acciones relacionales). De ahí que no existe otra forma de vivir siendo humanos que no sea vivir en conversaciones.

El lenguaje se configura cuando se incorpora a la biopraxis humana. El lenguaje no se pro­duce a través de símbolos. Los símbolos son configuraciones lingüísticas de la afluencia de configuraciones reiterativas de la biopraxis concertada por los seres humanos mediante el lenguaje, “que son distinguidos por el observador como abstracciones de regularidades en ese flujo y como tal con secun­darios al lenguaje” (Humberto Maturana). Según esto, el lenguaje no es un proceso neurofisiológico sino una relación entre los seres humanos, por cuanto se genera en la afluencia de su biopraxis cotidiana, que no existe sin sistema nervioso, pero el lenguaje no es un proceso neuronal sino relacional.

Finalmente, quiero significar, como hemos apreciado, que Maturana usa la palabra lenguajear con el fin de puntualizar el carácter dinámico relacional del lenguaje en tanto coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales, y cuando usa el término conversación hace referencia al entrelazamiento entre las emociones y el lenguaje. Sin lugar a dudas, esta nueva concepción sobre el ser humano impone nuevas lecturas a la Educación.

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Autor:
Alexander Ortiz Ocaña, ciudadano cubano-colombiano.
Universidad del Magdalena Santa Marta, Colombia
Doctor en Ciencias Pedagógicas, Universidad Pedagógica de Holguín, Cuba. Doctor Honoris Causa en Iberoamérica, Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa (CIHCE), Lima. Perú. Magíster en Gestión Educativa en Iberoamérica, CIHCE, Lima, Perú. Magíster en Pedagogía Profesional, Universidad Pedagógica y Tecnológica de la Habana. Licenciado en Educación.
Correo electrónico: [email protected] / [email protected]

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