María Jesús y José Miguel nunca imaginaron que un desacuerdo con la escuela de su hija terminaría en una expulsión. Todo comenzó con una mala contestación. Su hija, estudiante de un centro educativo, tuvo una actitud irrespetuosa hacia un docente. La respuesta del colegio fue clara: la menor debía pasar varias tardes ayudando al equipo de limpieza, como castigo por su conducta.
Lo que parecía una medida correctiva se convirtió en una controversia. Los padres, al enterarse del castigo por boca de su hija —y no del propio centro—, decidieron negarse rotundamente. “Hablaron directamente con la niña. Nosotros no sabíamos nada”, señalan. Consideran que el castigo fue desproporcionado y poco pedagógico.
“No nos oponemos a que haya consecuencias cuando un alumno se equivoca, pero creemos que el castigo tiene que estar intrínsecamente relacionado con el hecho causante”, explica José Miguel. A su juicio, limpiar las instalaciones del centro no guarda una relación directa con lo sucedido en el aula, y temen que pueda entenderse como un acto de humillación más que de aprendizaje.
La negativa de la familia a que su hija cumpliera la sanción derivó en una drástica decisión por parte del colegio: la expulsión de la alumna. Desde entonces, María Jesús y José Miguel han emprendido una lucha por lo que consideran un acto injusto y desproporcionado, que no solo castiga a su hija, sino también a una familia que reclama su derecho a participar en las decisiones educativas que afectan a su menor.
Una llamada a la reflexión
Este caso no es solo una disputa entre padres y una institución educativa. Es un reflejo de algo más profundo: la necesidad urgente de revisar cómo se entienden hoy en día la autoridad, la disciplina y la colaboración entre familia y escuela.
¿Puede un castigo ser educativo si no involucra ni a la familia ni al alumno en una reflexión real sobre lo ocurrido? ¿Qué papel tiene el diálogo en los procesos disciplinarios escolares? ¿Se está educando o simplemente sancionando?
Más allá de quién tenga la razón, este caso debería servir para replantearnos una pregunta esencial: ¿Queremos castigos que solo busquen obediencia, o consecuencias que inviten a la responsabilidad y al aprendizaje?
Porque si de verdad buscamos formar personas íntegras, quizás haya que empezar por dejar de actuar unos sobre otros… y comenzar a trabajar unos con otros.
REDACCIÓN WEB DEL MAESTRO CMF