[Carlos de la Hoz] El guardián del tesoro

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Fruto del Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI, presidida por Jacques Delors, La educación encierra un tesoro se puede leer como una fábula — y de hecho su solo título fue inspirada en una, «El labrador y sus hijos», de Jean de La Fontaine — en tanto que deja una lección moral, pero también como una carta de navegación que brinda claves y pistas a quienes, ya en un papel, ya en otro, nos movemos en el campo de la actividad que mayor cantidad de aportes puede hacerle al desarrollo humano: la educación.

Para decirlo con una fórmula tal vez gastada, es una obra de obligatoria lectura para el educador de este tiempo, ya que parte de la certeza de que “Frente a los numerosos desafíos del porvenir, la educación constituye un instrumento indispensable para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz, libertad y justicia social” (Jacques Delors y otros, 1994). Pero también, en las muchas lecturas posibles que de ella se puede hacer, nos ofrece una metáfora: los educadores somos los guardianes de ese tesoro. Demostrar la validez de esa bella imagen y la responsabilidad que ello entraña es el propósito de esto que escribo en la víspera de la celebración de otro Día del Maestro en nuestro país.

Empecemos diciendo que resultan muy significativas las palabras o expresiones con que se equipara la educación en este compendio: “utopía necesaria”, “vía”, “clamor de amor”, “noble tarea”, entre otros. Éstas comportan, a todas luces, una visión laudatoria de nuestra labor y, de paso, le confieren una alta categoría entre las opciones que tiene el mundo para enderezar su rumbo y dirigirse hacia un destino más justo e igualitario. No obstante, las páginas de La educación encierra un tesoro evitan verla como una panacea que cura los múltiples y cada vez más crónicos males del universo. No: la educación no es remedio milagroso, tampoco «Ábrete Sésamo» que se pronuncia y nos pone de frente a deslumbrantes soluciones. Más bien camino que, como dijera el poeta, se hace al andar.

Pero lo que sí está claro a lo largo de los diferentes capítulos que conforman este libro esperanzador, es el alcance que puede tener la tarea a la que estamos consagrados muchos hombres y mujeres, y que se puede leer como una recomendación: “La utopía orientadora que debe guiar nuestros pasos consiste en lograr que el mundo converja hacia una mayor comprensión mutua, hacia una intensificación del sentido de la responsabilidad y de la solidaridad, sobre la base de aceptar nuestras diferencias espirituales y culturales. Al permitir que todos tengan acceso al conocimiento, la educación tiene un papel muy concreto que desempeñar en la realización de esta tarea universal: ayudar a comprender el mundo y a comprender al otro, para así comprenderse mejor a sí mismo”.

Hay que subrayar que no es, de ningún modo, caprichoso el valor que se le atribuye a la educación en estas páginas reconfortantes, máxime si a través de ellas se incorpora el concepto de ésta “a lo largo de la vida”, lo cual la libera de la circunscripción de la escuela en la que alguna visión distorsionada la ha querido confinar y de la tiranía del tiempo con la consabida segmentación por niveles a la que los técnicos y su frío lenguaje de estadísticas reduce con pasmosa facilidad. La educación es sin duda más desde la óptica de Delors y sus compañeros en esta Comisión. No en vano la levantan sobre cuatro sólidos pilares: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser.

Guardián de ese tesoro que nos proponen en este informe pertinente y asimismo iluminador, el educador debe asumir con responsabilidad y coherencia esa misión y debe reclamar el protagonismo social que de ella se deriva. Para ello no basta levantar la voz de manera ocasional y con palabras gastadas por el uso. Debe hacerlo desde la apropiación de un discurso en que el interés por transformar el estado actual de cosas sea la seña más recurrente. De ahí que todo tiempo nos sea propicio para la búsqueda sin descanso de luces que nos permitan ejercer con más claridad y coherencia la actividad que posibilitó para nosotros el encuentro de la vocación, la profesión y la ocupación.

En ese orden de ideas, no nos viene mal empezar por hacer nuestra la vehemente declaración de Bertrand Rusell en su Autobiografía: “Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad”. La otra cara de la moneda, es decir, un educador sin pasión o gobernado por unas más bien bajas y mezquinas tergiversarían su papel de centinela y, en consecuencia, para seguir el hilo conductor de nuestra tesis, pondrían en riesgo el tesoro que le ha encomendado la sociedad.

Sin pretender ser exhaustivos, ni mucho menos movidos por el interés de agotar un tema que ofrece en sí mismo un sinnúmero de interpretaciones, podríamos mencionar algunas circunstancias que abocarían al educador de los tiempos actuales a una situación como ésta. La primera, y tal vez más grave, es el desconocimiento de su valía y trascendencia en la sociedad. La segunda, la reducción de su papel a simple dispensador de información justamente en un momento de la historia en que sobreabunda la información. Y la tercera, incurrir en el vicio arraigado de que los árboles no lo dejen ver el bosque. Esto es, permitir que detalles irrelevantes de su labor (y en este punto, el lector que sea educador puede hacer su propia lista) le impidan ver el conjunto de esta y le imposibiliten para reconocerle su papel de garante de supervivencia de la humanidad, tal como concluye la Comisión “midiendo sus palabras”.

Visionarios como Gabriel García Márquez, ya tenían claro ese riesgo en décadas pasadas y por eso clamaron por cambios en nuestra manera hacer la tarea de educar. En este momento en que sombras amenazantes rodean la educación de la mayoría, estas palabras, tomadas de su proclama Por un país al alcance de los niños, son ciertamente esclarecedoras con respecto al tipo de formación por la que se debe propender: “Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quienes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma”. Más cercano aún entre nosotros, tiene también fama una frase que acuñó un maestro ejemplar, fundador de instituciones educativas e impulsor de actividades de esa misma índole, Alberto Assa Anavi, y que de tanto citarla ya se volvió sentencia: “No habrá desarrollo sin educación, ni progreso sin cultura”.

Para finalizar, sobra decir que lo insinuado por el uno y por el otro en sus declaraciones dejará de ser un ideal el día que los educadores de todas las latitudes sintamos que nuestra profesión es decisiva para el mundo que nos tocó en suerte y que, en consecuencia, en el aula, en la calle y en las páginas que escribamos, nos asiste el insoslayable deber de velar el tesoro que ella guarda, con el que sin duda se puede enriquecer y hacer más grato este opulento mundo de pobres en el que nos debatimos.



Autor:
Carlos de la Hoz Albor, educador y escritor colombiano, nacido en Barranquilla.
Experiencia laboral: Lic. en Ciencias de la Educación, especialidad en Lenguas Modernas, Especialista en Estudios Pedagógicos. 30 años de experiencia de servicio docente en los niveles de educación básica y media y como directivo docente. Ha publicado Una mosca que no deja dormir (Letra por Letra, 2006), Cuaderno de apuntes (Letra por Letra, 2014) y tiene en preparación Un par de zapatos viejos en el techo de la escuela, libro sobre reflexiones y vivencias escolares. Artículos suyos han sido publicados en los diarios El Heraldo y El Espectador y en las revistas Luna y Sol, Actual, La Lira, de Colombia, y en el portal web Letralia.
Correo electrónico: [email protected]
Cuenta de twitter: @cdelaha

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