En México, el tiempo que niños, adolescentes y jóvenes pasan frente al teléfono celular ha colocado nuevamente el uso de pantallas en el centro del debate educativo y social. Datos difundidos a partir de mediciones del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran que los jóvenes de 18 a 24 años han registrado promedios de entre 5,7 y 5,9 horas diarias de uso. Llevada a una equivalencia anual, esa exposición supera las 2.150 horas y se aproxima a 90 días completos, una cifra que dimensiona cuánto espacio ocupan los dispositivos móviles en la vida cotidiana de las nuevas generaciones.
La expansión del celular, sin embargo, no se limita a los jóvenes. La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías correspondiente a 2026 reportó que, durante 2025, 103,2 millones de personas utilizaron teléfono celular en México, equivalentes al 84,6 % de la población. Frente a 2015, la cantidad de usuarios aumentó en 26,8 millones. El dato refleja la profundidad de una transformación tecnológica que convirtió al teléfono móvil en una herramienta prácticamente cotidiana para comunicarse, informarse, entretenerse y acceder a redes sociales, pero también plantea interrogantes sobre el tiempo dedicado a las pantallas.
El uso comienza desde edades tempranas
Las referencias por grupos de edad citadas en el reporte permiten observar que la exposición comienza mucho antes de la adultez. Entre los niños de 6 a 11 años se ha registrado un promedio de 2,6 horas diarias frente al teléfono, mientras que entre los adolescentes de 12 a 17 años la cifra asciende a 4,5 horas. En este último grupo, la equivalencia anual alcanza aproximadamente 1.642 horas. Aunque estos promedios no significan necesariamente un uso continuo, permiten visualizar la magnitud acumulada del tiempo que los dispositivos pueden ocupar durante la infancia y la adolescencia.
Los datos por edades requieren, además, una lectura cuidadosa. La encuesta más reciente citada no desglosa las horas de pantalla según cada grupo etario, por lo que los promedios de 5,7 a 5,9 horas entre jóvenes de 18 a 24 años proceden de referencias estadísticas de años anteriores. La comparación sirve para mostrar una tendencia de alto uso, pero no debe interpretarse como una medición específica de 2026 para cada edad. Esta distinción resulta relevante al analizar un fenómeno que evoluciona rápidamente conforme cambian los hábitos digitales, las plataformas disponibles y las formas de acceso a contenidos.
El celular ocupa hoy una posición central dentro del ecosistema digital mexicano. Durante 2024, entre las principales actividades realizadas en internet estuvieron el acceso a redes sociales, el entretenimiento, la búsqueda de información y la comunicación. Esta diversidad explica por qué contabilizar horas de pantalla no basta, por sí solo, para determinar sus consecuencias: no es equivalente utilizar un dispositivo para estudiar, conversar con familiares, consultar información o permanecer durante horas consumiendo contenidos. Aun así, la acumulación de tiempo ha despertado preocupación por sus posibles efectos sobre hábitos, atención, convivencia y desarrollo.
Entre los datos que permiten dimensionar el fenómeno destacan:
- 18 a 24 años: entre 5,7 y 5,9 horas diarias según referencias de años anteriores.
- 12 a 17 años: alrededor de 4,5 horas diarias.
- 6 a 11 años: aproximadamente 2,6 horas diarias.
- Usuarios de celular durante 2025: 103,2 millones de personas, equivalentes al 84,6 % de la población mexicana.
Las escuelas entran en el centro del debate
La discusión ha llegado directamente al sistema educativo. El Gobierno federal anunció una restricción al uso de celulares y tabletas en escuelas primarias y secundarias, prevista para entrar en vigor el 3 de noviembre de 2026. La disposición contempla que los estudiantes no accedan a estos dispositivos durante las clases ni en los recreos, aunque establece excepciones para emergencias y determinadas actividades previamente planificadas. La medida surge después de conversaciones con autoridades, docentes, pedagogos y especialistas, en medio de un debate más amplio sobre la exposición de niños y adolescentes a las pantallas.
Para los estudiantes de preparatoria y universidad, el planteamiento descrito es diferente: la restricción no tendría carácter obligatorio y se buscaría promover una reducción consciente del tiempo frente a los dispositivos. La presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que la medida para los niveles inferiores no pretende presentarse como una “prohibición”, sino como una acción orientada a recuperar espacios de creatividad y reducir posibles impactos asociados al uso excesivo. El enfoque abre una discusión sobre hasta dónde debe intervenir la escuela y qué responsabilidades corresponden también a las familias y a los propios usuarios.
La cuestión no se limita a retirar un teléfono del aula. El desafío incluye enseñar a niños y adolescentes a desarrollar hábitos digitales capaces de distinguir entre el uso funcional de la tecnología y una exposición difícil de controlar. En ese contexto, las medidas escolares pueden reducir interrupciones durante determinadas horas, pero el tiempo de pantalla también se construye fuera de la escuela, especialmente en el hogar y durante los momentos de ocio. Por ello, cualquier respuesta de largo plazo requiere combinar normas claras, educación digital, acompañamiento familiar y criterios razonables sobre cuándo y para qué utilizar los dispositivos.
Un debate que va más allá de contar horas
Convertir las horas acumuladas en casi 90 días al año ofrece una imagen contundente, pero el problema exige más contexto que una sola cifra. El dato relevante no es únicamente cuánto tiempo permanece una persona frente al celular, sino qué hace durante ese tiempo, a qué contenidos accede y qué actividades desplaza. Dormir adecuadamente, realizar actividad física, estudiar, conversar cara a cara y mantener espacios de ocio sin pantallas forman parte de una ecuación que no puede evaluarse únicamente mediante el contador de horas. La discusión pública, por tanto, apunta tanto a la cantidad como a la calidad del consumo digital.
La penetración del celular en México confirma que estos dispositivos ya forman parte estructural de la vida cotidiana y difícilmente desaparecerán de la educación, el trabajo o las relaciones sociales. El reto consiste en evitar que su utilidad termine convirtiéndose en dependencia o desplazando experiencias necesarias para el desarrollo. Los 103,2 millones de usuarios registrados durante 2025 muestran la dimensión nacional del fenómeno, mientras que los elevados promedios observados entre menores y jóvenes refuerzan la necesidad de educación digital. Más que enfrentar tecnología y aprendizaje, el desafío será establecer límites que permitan aprovechar sus beneficios sin entregarles una parte desproporcionada del tiempo diario.
Redacción: Web del Maestro CMF