En el ejercicio de la docencia, no solo se transmite conocimiento. También se forma carácter, se cultivan valores y se protege la integridad de quienes aún están en desarrollo. Por ello, es fundamental que toda acción del maestro esté guiada por la ética, la responsabilidad profesional y el respeto absoluto por los derechos de niñas, niños y adolescentes. Ser docente no implica únicamente enseñar contenidos, sino ejercer un liderazgo pedagógico basado en el cuidado, la empatía y el ejemplo.
Cuando un maestro olvida su rol y se aleja de estos principios, su figura se desdibuja y su influencia, lejos de ser positiva, puede volverse perjudicial. A continuación, se presentan una serie de prácticas que nunca deben ser realizadas por un docente. Todas ellas atentan contra la dignidad de los estudiantes y vulneran derechos fundamentales, además de contradecir los códigos de ética y conducta establecidos por las autoridades educativas.
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Maltrato físico y psicológico
Bajo ninguna circunstancia un maestro debe recurrir a la violencia física o verbal para “corregir” o controlar a sus estudiantes. El uso de la fuerza o del miedo nunca está justificado en un ambiente educativo. Estas prácticas no solo dañan emocionalmente, sino que constituyen actos sancionables y, en muchos casos, delitos.
No debe:
Golpear a los alumnos, ya sea con el cuerpo o con objetos.
Sentarlos a la fuerza.
Sacarlos del salón de forma violenta o humillante.
Impedirles ir al baño.
Amenazarlos o agredirlos con objetos.
Dejar sin recreo o sin comida como forma de castigo.
Quitarles su comida, incluso si se trata de comida chatarra.
Estas acciones, además de violentar la integridad física de los menores, afectan su percepción del aula como un espacio seguro. El miedo y la humillación no educan; destruyen la confianza y el vínculo pedagógico.
Tampoco debe:
Poner apodos ofensivos o permitir que otros lo hagan (como “Rotoplas”).
Aplicar la llamada “ley del hielo”, es decir, ignorar o aislar a un alumno deliberadamente.
Insultar o utilizar calificativos denigrantes (por ejemplo: “gordota”, “obesa”).
Comparar de forma humillante a los alumnos con otros compañeros o personas externas.
Hablar con tono autoritario, imponiendo sin diálogo frases como “lo que yo diga, y punto”.
Rechazar, ignorar, asustar, aterrorizar o corromper emocionalmente al estudiante.
Dirigirse a los alumnos mediante patrones de maltrato verbal o psicológico.
Estas conductas vulneran la autoestima, el derecho a la igualdad y el bienestar emocional del menor. La humillación no es pedagogía, y la autoridad del docente no se fortalece con gritos o desprecios, sino con respeto, coherencia y ejemplo.
Negligencia
El descuido o la omisión también son formas de maltrato. La negligencia ocurre cuando un maestro, pudiendo actuar para proteger o ayudar a sus estudiantes, decide no hacerlo. Esta actitud es especialmente grave, pues contradice la función básica del docente: cuidar y orientar.
No debe:
Permanecer al margen ante una pelea escolar, incluso si la escucha y está cerca.
Omitir la vigilancia de los estudiantes durante su estancia en la escuela.
Prolongar el recreo sin supervisión.
Ignorar quejas o peticiones de alumnos y padres de familia.
Evadir su responsabilidad en las guardias escolares bajo el argumento de que “no le toca”.
Dejar de registrar incidentes relevantes en su bitácora docente.
Negarse a capacitarse y a aplicar los protocolos de prevención y atención de la violencia escolar.
Cuando el maestro no actúa ante una situación de riesgo, está fallando a su deber de protección. El silencio o la indiferencia también hieren, y pueden agravar problemas que, con intervención oportuna, se habrían resuelto.
Conductas inapropiadas
Existen gestos y actitudes que, aunque normalizadas en el pasado, hoy se consideran inadecuadas o incluso riesgosas. El maestro debe mantener siempre una relación profesional con sus estudiantes, sin invadir su privacidad ni confundir cercanía con confianza excesiva.
No debe:
Saludar de beso a las alumnas, especialmente en secundaria o niveles superiores.
Actuar como si fuera “uno más” del grupo, justificando apodos o juegos ofensivos con frases como “yo también tengo apodo”.
Hacer comentarios ofensivos sobre el cuerpo o los hábitos alimenticios del estudiante.
Imponer decisiones sin considerar la opinión del grupo o sin explicar el porqué (“no les voy a preguntar, lo que yo diga”).
Mostrar favoritismos evidentes o rechazos abiertos hacia determinados estudiantes.
Decir que tiene «palancas» o influencias para intimidar o eludir responsabilidades.
Ejercer su poder desde el miedo, la burla o la humillación.
Estas conductas, lejos de acercar al docente con sus alumnos, deterioran el respeto, fomentan un clima de tensión y exponen al maestro a situaciones que comprometen su integridad profesional.
Violaciones administrativas y legales
Existen también prácticas que, aunque parezcan menores o habituales, están prohibidas por la normativa educativa. La escuela no es un mercado ni un espacio para acuerdos personales que contradigan la ley.
No debe:
Cobrar dinero a los alumnos bajo ningún motivo: ni por copias, ni comida, ni materiales, ni celebraciones. Ni siquiera con autorización de los padres.
Vender productos a los estudiantes dentro de la escuela.
Recibir dinero directamente de los alumnos o de sus familias, aunque sea por algo aparentemente “necesario” o “consensuado”.
Omitir la denuncia de abusos, acosos o agresiones de los que tenga conocimiento.
Ignorar o incumplir el código de ética y conducta establecido por la Secretaría de Educación Pública.
Negarse a garantizar la integridad física, emocional y psicológica de los estudiantes.
Estas acciones, además de ilegales, colocan al docente en una situación vulnerable y contradicen su rol como servidor público. Todo acuerdo entre padres y maestro debe subordinarse a las normas que regulan la actividad educativa.
Conclusión
Ser maestro es un privilegio, pero también una enorme responsabilidad. No basta con enseñar asignaturas: es necesario ser ejemplo de trato justo, de conducta ética y de sensibilidad humana. La escuela debe ser un espacio seguro, donde todos los niños y niñas se sientan protegidos, valorados y respetados.
Conocer y evitar estas malas prácticas no solo protege a los estudiantes, sino que también resguarda la dignidad profesional del docente. La formación continua, el compromiso ético y el trabajo colaborativo entre colegas y familias son clave para construir comunidades escolares libres de violencia.
El cambio no depende solo de las leyes ni de las autoridades. Empieza por cada maestro, en cada aula, todos los días.
REDACCIÓN WEB DEL MAESTRO CMF