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Paola de la Cruz: «Hemos pasado de la vocación como motor de la educación al abuso de esa vocación.»

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Paola de la Cruz: «Hemos pasado de la vocación como motor de la educación al abuso de esa vocación.»

La sobrecarga laboral, la burocracia y la falta de apoyo están llevando a numerosos profesores al límite, afectando su salud mental y la atención emocional que necesitan sus estudiantes diariamente.
De niña descubrió que la educación podía vencer la pobreza y transformar destinos. Hoy, como maestra, defiende una escuela donde enseñar significa amar, escuchar y ofrecer oportunidades para cumplir sueños.

Hay días en los que un profesor llega al aula después de haber dormido mal, con la cabeza en otra parte o sin fuerzas para afrontar una nueva jornada. Aun así, tiene que estar pendiente de sus alumnos, atender sus necesidades, resolver conflictos y encontrar la paciencia y la empatía necesarias para explicar una vez más lo que no se ha entendido. Es una escena que podría ocurrir —y ocurre— en cualquier escuela de casi cualquier lugar del mundo. Porque, aunque cambien los sistemas educativos y las condiciones de trabajo, quienes se dedican a enseñar comparten una misma responsabilidad: estar ahí para sus alumnos, incluso cuando ellos mismos no están bien.

En España, las cifras ayudan a poner rostro a ese desgaste. La encuesta TALIS 2024 de la OCDE revela que uno de cada seis docentes de los primeros cursos de Secundaria afirma sufrir mucho estrés en el trabajo, y apunta a la excesiva carga administrativa como uno de los factores más determinantes: el 64% señala la burocracia como un motivo de estrés. Por su parte, el informe El estado de la salud mental en el aula 2025, elaborado por Fundación MAPFRE y Siena Educación, identifica el estrés como el principal signo de desgaste emocional entre los docentes consultados, por delante de la falta de motivación y la irritabilidad. Un malestar que no solo afecta a quienes lo sufren, sino que puede repercutir en su relación con los alumnos y en su capacidad para atender sus necesidades emocionales.

Paola de la Cruz, maestra y asesora educativa especializada en infancia, está muy familiarizada con esta realidad. Reconocida como Mejor Docente de España en Educación Infantil en 2020, defiende que el bienestar de quienes educan no puede separarse del de los niños y niñas a su cargo. Y advierte de un problema que a menudo queda en segundo plano: la vocación puede llevar a muchos docentes a seguir adelante incluso cuando necesitan parar.

Paola de la Cruz, maestra y asesora educativa especializada en la infancia. Foto cedida por la autora

La preocupación por el bienestar emocional en los centros educativos es patente, aunque se suele centrar en el alumnado. Usted ha trabajado con docentes y conoce de cerca la realidad de las escuelas. ¿Cómo los encuentra emocionalmente?

Respuesta. Un docente es una persona más. Es madre o padre, tiene una familia, puede tener un hijo enfermo o un familiar al que atender. Tiene las mismas responsabilidades que cualquier otra persona y, además, está educando y acompañando a los hijos de los demás. Sin embargo, parece que nos hemos olvidado de que también tiene sus propios límites.

Hemos avanzado muchísimo en tecnología, en pedagogía y en metodologías educativas, pero hemos sobrecargado tanto al profesorado que hemos pasado de la vocación al abuso de esa vocación. La burocracia es abismal y se le pide cada vez más, como si su compromiso con los niños y las niñas significara que siempre puede dar un poco más.

El problema es que el docente se encuentra solo ante una tarea tan importante como educar. No es un mal profesional por no poder con todo. Es una persona a la que hemos dejado sola en una responsabilidad que debería ser compartida.

A veces, no es fácil reconocer ese malestar desde fuera. Un profesor puede seguir entrando en clase y haciendo su trabajo aunque emocionalmente no se encuentre bien. ¿Cómo se manifiesta ese desgaste en su día a día?

Respuesta. Yo siempre pongo un ejemplo muy sencillo: cuando un docente tiene fiebre, se queda en casa y nadie le pide que entre en clase. Sin embargo, cuando tiene ansiedad, entra en el aula, porque esa enfermedad no se ve de la misma manera.

¿Cómo se nota? En que está cansado, no ha dormido, le duele la cabeza o la espalda, le cuesta concentrarse y pierde la paciencia. Ya no tiene las mismas ganas de jugar con los niños, de escucharlos o de responder a sus preguntas. A veces, incluso, tiene que salir corriendo al baño a llorar. Y, mientras tanto, sigue trabajando.

Si un docente está agotado emocionalmente, ¿cómo lo notan sus alumnos? ¿De qué manera puede afectar ese malestar a la relación con ellos y a su capacidad para acompañarlos?

Respuesta. Los niños lo notan, aunque nadie les diga nada. Cuando estás cansada, no has dormido y llevas todo encima, tienes menos paciencia y te cambia hasta el tono de voz. Te cuesta escuchar y no te apetece que los niños te pregunten, jueguen o reclamen tu atención. Y puede llegar un momento en el que dejes de acompañarlos para empezar, simplemente, a aguantarlos.

A veces vemos a unos niños inquietos, decimos que están insoportables y nos preguntamos qué les pasa a ellos, pero no nos paramos a pensar cómo está la persona que tienen delante. Quizá esa profesora está agotada, está triste o no tiene fuerzas para responder como le gustaría. Y los niños no solo perciben que su maestra no está bien, es que además pueden llegar a sentirse culpables porque piensan que la culpa es suya. Cuidar y respetar a quien educa es también proteger los derechos de nuestros hijos.

Más allá de la burocracia, ¿qué combinación de factores está desgastando a los docentes? ¿Qué peso tienen la carga de trabajo, las necesidades del alumnado y la falta de recursos?

Respuesta. Directamente, todo eso afecta a tu salud emocional, porque tú tienes vocación, pero el sistema no te acompaña y te pide más de lo que puedes dar. Y es que muchas veces hablamos desde el desconocimiento de lo que supone gestionar un aula, acompañar a un niño o sacar adelante un centro educativo.

Si yo, como madre y maestra, llego a casa y tengo tres hijos, hay días en los que no puedo con mi vida. Pero un docente tiene que poder con 25 o 30 niños por aula, cada uno con sus necesidades, y además asumir toda la sobrecarga que implica su trabajo. Y a eso se suman el poco reconocimiento y lo mal pagada que está la profesión. Creemos que los docentes son superhéroes, y lo son en el sentido de que hacen una de las cosas más importantes de una sociedad: educar a nuestros niños y niñas. Pero no podemos exigirles que puedan con todo.

Por eso, hay que actuar sobre las condiciones en las que trabajan: reducir la burocracia, revisar las ratios y darles más tiempo para atender a los niños. ¿Dónde acaba afectando? En su salud emocional, en su estado de ánimo, en las ganas de ir a trabajar. Hay docentes que lloran antes de entrar en el colegio, que pierden la ilusión o que terminan hablando mal a un niño. Y todo eso también repercute en el ambiente laboral. No podemos pedir resultados sin mirar en qué condiciones se están consiguiendo.

Usted insiste especialmente en la situación de quienes trabajan con niños de cero a tres años. ¿Qué tiene de particular esta etapa y por qué cree que el desgaste emocional de quienes trabajan en ella recibe tan poca atención?

Respuesta. En la primera infancia, los niños necesitan especialmente que haya un adulto disponible para atenderlos y darles seguridad. Un bebé que llega por primera vez a una escuela, un niño de dos años que va al colegio, no se adapta a un proyecto educativo ni a una metodología: se adapta a los brazos que le reciben, a la persona que le da seguridad, que le pregunta qué necesita, cómo está y cómo puede acompañarle.

Sin embargo, echamos en falta datos sobre la salud emocional del profesorado en las distintas etapas educativas. Necesitamos conocer cada año las bajas por problemas de salud mental y desglosar los datos por etapas, prestando especial atención al tramo de cero a tres años, que, en mi opinión, está muy poco visibilizado. Si no conocemos el problema, difícilmente vamos a poder abordarlo.

Usted señala que la formación inicial del profesorado es una de las carencias del sistema educativo. ¿Qué echa en falta en la preparación de quienes empiezan a dar clase?

Respuesta. Hay una carencia importante de práctica. Puedes estudiar pedagogía, conocer distintas metodologías y salir de la carrera con muchísima ilusión, pero después tienes que entrar en un aula y saber gestionar lo que ocurre allí. ¿Cómo aprendes a acompañar a un grupo de 8, 12, 15 o 25 niños si apenas has tenido ocasión de enfrentarte a situaciones reales durante tu formación?

Un docente que empieza puede tener muchas ganas, pero la predisposición no significa que esté preparado para todo lo que le va a exigir el aula. Aprendes a ser docente en el día a día. Salir de la carrera no significa que ya sepas gestionar un grupo de niños con necesidades diferentes.

El Defensor del Profesor de ANPE señala que el 71,3% de los docentes atendidos durante el curso 2024-2025 padecía ansiedad. ¿Sigue habiendo estigma en torno a la salud mental del profesorado? ¿Qué dificultades encuentra un docente cuando necesita reconocer que no está bien y pedir ayuda?

Respuesta. Sin duda. Es una cuestión de la que se habla poco en el ámbito docente. Cualquier profesor puede acudir al médico y decir que emocionalmente no está bien, pero después tiene que afrontar las consecuencias de parar. Quien está realmente enfermo puede sentir que no se lo puede permitir porque el mes siguiente va a cobrar menos. Y, como cualquier otra persona, tiene una familia, una casa que pagar y necesita comer.

No hablamos solo de reconocer que uno está mal, sino de que existan condiciones que permitan pedir ayuda y recuperarse. Socialmente, no hay suficientes medidas que acompañen la labor del docente. Falta conciencia de lo que supone esta profesión y de que, cuando alguien necesita parar por motivos de salud mental, no debería verse obligado a seguir trabajando por miedo a las consecuencias económicas.

¿Qué debería ocurrir cuando un docente vuelve al trabajo después de una baja por salud mental? ¿Basta con reincorporarse a las mismas responsabilidades de antes?

Respuesta. Por lógica, debería existir un proceso de acompañamiento para ese docente, pero no es la realidad que yo veo. Puede llegar el día en que le dan el alta y tiene que volver a trabajar en las mismas condiciones, con las mismas exigencias y la misma carga.

Además, cuando una persona está de baja, su trabajo no desaparece. Muchas veces son los compañeros quienes tienen que asumirlo, y eso puede aumentar también su propio desgaste. No podemos fijarnos únicamente en los resultados sin mirar en qué condiciones se consiguen.

Redacción: El País | Nacho Meneses

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