En la antesala del inicio del año escolar 2026, el Gobierno de Nayib Bukele inauguró 70 centros educativos completamente renovados dentro del programa “Dos Escuelas por Día”, en un acto realizado en San Salvador y transmitido en cadena nacional. La ceremonia contó con la presencia del presidente electo de Chile, José Antonio Kast, quien viajó para observar la intervención de infraestructura educativa y sus implicancias sociales. El punto más sensible del discurso de Bukele no fue solo la obra física, sino el mensaje de fondo: cuando una escuela se recupera y el entorno se ordena, cambia la vida cotidiana de las familias.
Bukele planteó una idea central con un enfoque directo: hay dos cosas claras que deben garantizarse para que la educación funcione. Primero, “los niños pueden ir tranquilos a estudiar”. Segundo, los padres pueden estar tranquilos de que, al ir a la escuela, dos cosas no van a pasar: no serán víctimas de las pandillas y tampoco terminarán siendo reclutados para convertirse en pandilleros. En su lógica, la infraestructura digna y la recuperación de la seguridad no son temas separados: se refuerzan. Una escuela renovada, con condiciones adecuadas, y un territorio donde la amenaza criminal retrocede, crean un escenario donde la asistencia aumenta y la comunidad vuelve a confiar en el sistema escolar.
El programa “Dos Escuelas por Día”, según el propio Bukele, no se limita a “pintar” o cambiar mobiliario de forma superficial, sino a intervenir de manera integral: aulas, techos, baños, cocinas, áreas recreativas, ventilación, iluminación y condiciones seguras para enseñar y aprender. El discurso insiste en que estas intervenciones “no son cosméticas” y que el objetivo es convertir las escuelas en “verdaderos centros de estudio”. A eso se suma un componente logístico y social: la entrega de paquetes escolares y uniformes a tiempo —un quiebre respecto de demoras históricas— y la participación de personas privadas de libertad en fase de confianza en tareas de construcción, remodelación y fabricación de mobiliario, como parte de un enfoque de reinserción productiva.
En paralelo, José Antonio Kast calificó el proceso como “esperanzador” y destacó elementos concretos: estándares de accesibilidad para estudiantes con discapacidad, mejores condiciones de aprendizaje y el valor simbólico de la escuela como espacio de dignidad. En su intervención, vinculó la educación con desarrollo económico y social, señalando que sostener inversión y calidad puede acercar al país a niveles más altos de competitividad regional.
Pero el núcleo del relato —y lo más potente para la discusión educativa— es la tesis de Bukele: la escuela no compite con la seguridad; la necesita. Cuando una familia percibe que el trayecto y la permanencia en el centro educativo no implican riesgo, la matrícula sube, la asistencia se estabiliza y el aula vuelve a ser una promesa real de futuro. Por eso su frase no apunta solo a “abrir escuelas” o “entregar útiles”, sino a algo más profundo: recuperar la confianza social en la escuela como lugar de protección, disciplina y oportunidad. En ese marco, “dos cosas claras” se convierten en una condición mínima para que lo pedagógico pueda ocurrir: que el estudiante esté a salvo y que la familia crea —de verdad— que la escuela le aleja del crimen, en vez de exponerlo a él.
Redacción | Web del Maestro CMF






