Brasil alerta que cerca de 13.000 estudiantes de Medicina, próximos a titularse, no alcanzan los conocimientos básicos necesarios para ejercer la profesión

Brasil enfrenta una alarma educativa y sanitaria: miles de futuros médicos podrían ejercer sin formación mínima ni garantías para pacientes.

Brasil enfrenta una de las alertas más graves de su historia reciente en materia de formación médica. La primera edición del Examen Nacional de Evaluación de la Enseñanza Médica (Enamed), impulsado por el Ministerio de Educación, ha revelado una realidad inquietante: 13.000 estudiantes que están a punto de terminar la carrera de Medicina no demostraron poseer los conocimientos mínimos necesarios para ejercer. El dato no solo expone deficiencias individuales, sino que pone en cuestión la calidad estructural de una parte significativa del sistema universitario brasileño.

El Enamed evaluó por primera vez a casi 90.000 estudiantes pertenecientes a 350 cursos de Medicina, tanto públicos como privados. Los criterios fueron claros: las universidades en las que menos del 40% del alumnado logró acreditar competencias básicas para ejercer la profesión fueron consideradas insuficientes. El resultado fue contundente: un tercio de las carreras de Medicina suspendió y uno de cada cuatro estudiantes no superó la evaluación, incluyendo miles que ya se encuentran en su último semestre académico.

La alarma social no tardó en instalarse. En un país de 212 millones de habitantes, con un territorio tan extenso como Estados Unidos sin Alaska y con profundas desigualdades regionales, la formación de médicos no es un asunto menor. Brasil sostiene el Sistema Único de Salud (SUS), la mayor red de sanidad pública del mundo, creada en 1988 tras el fin de la dictadura. Se trata de un proyecto ambicioso que garantiza atención sanitaria básica incluso en las regiones más remotas, pero que depende críticamente de contar con profesionales bien formados y comprometidos.

Uno de los aspectos más preocupantes del Enamed es el perfil de las instituciones con peores resultados. Las facultades municipales y las privadas con fines de lucro concentran la mayoría de las notas más bajas, mientras que las universidades públicas federales —reconocidas históricamente por su calidad— obtuvieron los mejores desempeños. El examen también dejó en evidencia una paradoja inquietante: las matrículas más caras no garantizan mejor formación. Según datos de la revista Veja, las facultades peor evaluadas cobran entre 1.100 y 2.600 dólares mensuales, en un país donde el salario mínimo ronda los 313 dólares.

Lejos de sancionar a los estudiantes, el Gobierno decidió actuar sobre las instituciones. Las universidades con malos resultados no podrán ampliar sus plazas y, en algunos casos, deberán reducir su oferta, como medida correctiva. Sin embargo, el problema inmediato persiste: miles de jóvenes que no aprobaron el examen oficial podrían comenzar a ejercer en breve. Ante este escenario, el Consejo Federal de Medicina busca mecanismos legales para impedir que profesionales sin la formación mínima atiendan pacientes.

Las consecuencias de una mala formación médica van mucho más allá del prestigio académico. Según Francisco Balestrin, presidente del sindicato de hospitales privados de São Paulo, un médico mal preparado solicita pruebas innecesarias, prescribe de forma incorrecta y recomienda procedimientos inadecuados, lo que no solo perjudica al paciente, sino que incrementa el gasto sanitario y el riesgo de demandas judiciales. El impacto, por tanto, es clínico, económico y ético.

Este debate se inscribe en un contexto histórico complejo. Brasil ha sufrido durante décadas una escasez crónica de médicos, especialmente en zonas rurales y empobrecidas. Esa carencia llevó en 2013 a la creación del programa Mais Médicos, impulsado por Dilma Rousseff, que incorporó miles de profesionales cubanos dispuestos a trabajar donde los médicos locales no querían ir. El programa fue desmantelado durante el gobierno de Jair Bolsonaro y retomado en 2023 por Luiz Inácio Lula da Silva, quien logró duplicar el número de médicos desplegados hasta superar los 27.000 profesionales, priorizando ahora a médicos brasileños.

El ministro de Educación, Camilo Santana, defendió el Enamed como una herramienta necesaria. Reconoció que entre 2016 y 2022 casi se duplicaron las plazas en universidades privadas de Medicina, muchas de ellas sin el control ni la infraestructura adecuados. Según Santana, el objetivo del examen no es castigar, sino forzar a las universidades a revisar la calidad de sus laboratorios, docentes y planes de estudio, para garantizar profesionales competentes al servicio del país.

El caso brasileño deja una advertencia clara: expandir la educación superior sin controles rigurosos puede generar una ilusión de acceso que termina poniendo en riesgo a toda la sociedad. En el ámbito de la salud, donde los errores se pagan con vidas, la calidad no es negociable. El Enamed ha abierto una herida incómoda, pero necesaria: la de preguntarse si el mercado educativo puede crecer sin límites cuando lo que está en juego es el derecho a una atención médica segura y digna.

Redacción | Web del Maestro CMF


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