Madre corrige a su hijo por insultar a su profesor y molestar a sus compañeras

Madre admite haber corregido físicamente a su hijo de 12 años tras denuncias de insultos a un profesor: “…prefiere corregirlo ahora antes de que se convierta en un delincuente en el futuro”.

En un hecho que ha generado controversia y expone las complejas dinámicas familiares frente a la disciplina adolescente, una madre ha admitido públicamente haber ejercido castigo físico contra su hijo de 12 años. La situación, lejos de ser un evento aislado, surge como respuesta a una serie de comportamientos alarmantes por parte del menor en su entorno escolar, lo que ha llevado a la mujer a justificar su accionar como una medida preventiva extrema para evitar futuros delitos.

El detonante: Violencia y acoso escolar

El conflicto principal estalló a raíz de los reportes entregados por el colegio, específicamente provenientes del profesor de matemáticas. Según el testimonio de la madre, el docente le informó que el menor no solo lo insultó gravemente —mandándolo «a la m***»— sino que incluso llegó a ofrecerle golpes**.

Sin embargo, la agresión verbal hacia la autoridad no fue el único factor. La madre detalla una lista de conductas inapropiadas y violentas que su hijo ha estado perpetrando contra sus compañeros de clase. Entre las acusaciones más graves se encuentran actos de connotación sexual y acoso, tales como «agarrarle las nalgas a las compañeras» y «subirle las faldas». Además, se reportan agresiones físicas hacia otros estudiantes y la destrucción de propiedad ajena, como romper las hojas de los cuadernos de sus compañeros.

La situación escaló al punto en que un padre de familia se presentó directamente en el domicilio de la madre para denunciar que el cuaderno de su propio hijo había sido hecho «flecos» por el menor. La madre describe este cúmulo de quejas como el «combo de los comos» que agotó su paciencia, sumado a la confirmación de la agresividad del niño por parte del personal docente.

«Fui yo»: La justificación del castigo

Frente a la controversia pública y lo que parece ser la circulación de imágenes o denuncias en redes, la madre ha asumido la responsabilidad total de los hechos, declarando enfáticamente: «Fui yo. Yo corregí». Ella admite haber golpeado a su hijo («le pagó»), argumentando que prefiere corregirlo ahora antes de que se convierta en un delincuente en el futuro.

Su razonamiento se basa en el miedo a que la falta de límites derive en consecuencias penales irreversibles. «Mi hijo no va a ser un violador, no va a ser un pegamujer, no va a ser un maltratador de mujeres», asegura. Para ella, el castigo físico es una herramienta de crianza válida que ella misma experimentó («mi madre me corrigió, me daba aguasta») y que considera necesaria dado que el niño «sabe lo que hizo» y que sus acciones no están bien.

Conflicto familiar y acusaciones políticas

El caso no solo se limita a la relación madre-hijo, sino que ha destapado grietas en la estructura familiar y supuestas interferencias externas. La mujer acusa a su propio padre (el abuelo del menor) de mentir sobre la situación, afirmando: «Yo corregí que mi padre no venga a mentir porque sé que él ha inventado».

Además, la madre sugiere que el incidente está siendo utilizado con fines políticos. Menciona que el alcalde estaría «metido en esto» y cuestiona si se busca hacer «bandera política» con su caso para ganar candidaturas. Ella rechaza tajantemente esta politización de un asunto que considera estrictamente doméstico y de crianza.

Respecto a la dinámica del hogar, se revela que el menor vive con su madre, pero cuando ella viaja, queda al cuidado de su esposo o de su hermana mayor. Actualmente, el padre del niño se encuentra en un vuelo de regreso para tomar conocimiento absoluto de la situación y participar en la corrección del menor, algo que ya habían acordado previamente.

Un llamado a la comunidad escolar

Pese a admitir el castigo, la madre se defiende de quienes la «satanizan» por corregir a su hijo. Argumenta que las mentiras y malas acciones del niño no son justificables, ni siquiera por su edad.

En un giro hacia la comunidad educativa, la mujer ha solicitado el apoyo de otros padres. Específicamente, hace un llamado a los apoderados del «sexto C de secundaria» (posiblemente del colegio Lincoln, mencionado como «Lincón») que han denunciado maltratos y actos obscenos contra sus hijas por parte de su hijo, pidiéndoles que se pronuncien públicamente para validar la gravedad de la conducta que ella está intentando corregir.

La madre cierra su defensa reafirmando el amor por su hijo, pero insistiendo en que «nadie mejor que yo sabe cómo vive» y que la corrección era imperativa ante actitudes que califica de «imperdonables».

Redacción | Web del Maestro CMF


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