[Jorge López – Guzmán] Catarsis de un estudiante precoz a quien se inicia en la docencia

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Para mi amiga Yuliana B.
(Para que edifiques sueños donde los han abolido)
Si realizará una introspección con el objetivo de evocar alguna de mis clases del colegio o de la universidad, llegarían a mi memoria malas experiencias, regaños antipáticos, parciales memorísticos, o trabajos descontextualizados, pero si me preguntan por los recuerdos de mis profesores, con total lucidez vendrían a mi mente cada uno de sus rostros desde el prescolar hasta mi formación posgradual -incluso aquellos que no fueron docentes por vocación –.

Aunque con mayor precisión, mis remembranzas se detienen con aquellos que se atrevieron a enseñarme algo para la vida, esas lecciones no se encuentran en un libro, ni se aprenden en la universidad, porque esas enseñanzas son aquellas en las cuales la vocación se desborda en un consejo cobijado de regaño, en una historia de vida fantasiosa o en una anécdota atemporal; es en ese momento cuando agradeces esa correlación entre la enseñanza y las emociones, porque bienaventurados los docentes, de ellos será el reino de enseñar a soñar.

A la docencia se llega por vocación o por sorpresa, por eso a todas y todos lo que se encuentran en este proceso, no pierdan la noción de responsabilidad con sus estudiantes, fomenten la curiosidad y la capacidad de asombro, deconstruyan la ortodoxia y la magistralidad que ostenta la academia, conciban al estudiante como un universo colmado de sueños y, sobre todo, no actúen como ese docente que les castro sus ilusiones, sino que reivindiquen a aquellos que les enseñaron a amar el conocimiento.

Recuerden sus años de estudiantes, sus miedos, sugestiones o alicientes, porque ahora deben tratar con la confluencia de incertidumbres, angustias y euforias que ostentan sus aprendices, por eso el mayor redito que se puede generar en un aula, es hacer clases únicas e irrepetibles, esas donde aprendes lo disciplinar, pero también cuestionas lo cotidiano, donde exploras lo científico y debates con el sentido común, donde te sorprendes de las obviedades, pero te alegras de lo aprendido, donde dejas de lado tus problemas, mientras te percibes a futuro.

No olviden que como docentes son esa luz que puede transformar la vida de un estudiante, utilicen cada clase para incitarlos a cambiar el mundo, a arriesgarse a derrumbar las barreras que el destino les ha impuesto y a proyectar el aprendizaje como una forma de vida. A todas y a todos los que se inician en la docencia, no se olviden que la humanidad esta por encima de una calificación, la sensibilidad es más importante que un parcial y la empatía es el derrotero para enseñar a soñar.

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Autor: Jorge A. López-Guzmán, ciudadano colombiano, nacido en Popayán (Cauca).
Es Antropólogo, Politólogo, Especialista y Magíster en Gobierno y Políticas Públicas, actualmente Doctorando en Antropología. La mayoría de sus publicaciones han sido de orden académico en las que se encuentran artículos publicados en revistas de Colombia, Ecuador, Chile, México, Perú y Estados Unidos, también ha incursionado en la escritura creativa a través de cuentos, ensayos y poesía en prosa por los cuales ha recibido distintos reconocimientos.
E-mail: [email protected]



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