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Como docente, ¿sabe qué significa realmente “woke” y qué aporta a la educación?

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Como docente, ¿sabe qué significa realmente “woke” y qué aporta a la educación?

La educación debe analizar críticamente el fenómeno “woke”, valorando sus aportes a la inclusión y equidad, sin imponer ideologías y garantizando que cada estudiante piense, cuestione y construya su propio criterio.

El término “woke” se utiliza actualmente para referirse, según determinados sectores críticos, a una rigidez ideológica percibida en algunos círculos progresistas, particularmente en cuestiones relacionadas con la raza y el género. En el debate público contemporáneo, algunas figuras, entre ellas Elon Musk, han utilizado el término para cuestionar determinadas expresiones de la cultura progresista y advertir sobre sus posibles efectos en la libertad de expresión.

Originalmente, woke aludía a estar «despierto» o consciente frente a las injusticias sociales, especialmente aquellas relacionadas con los sistemas de opresión y las desigualdades presentes en la sociedad. Su significado, sin embargo, ha evolucionado y actualmente puede emplearse con sentidos diferentes, dependiendo del contexto y de la posición de quien lo utiliza.

La BBC News Mundo explica, mediante ejemplos tomados de la cultura norteamericana, la aparición y evolución de distintos usos del término “woke”. Compartimos este material por motivos exclusivamente educativos, con el propósito de conocer un poco más sobre su desarrollo en diferentes medios y contextos sociales, y de facilitar otras fuentes que permitan aproximarnos al tema desde una perspectiva amplia e informada.

En el contexto de la educación, el término “woke” se ha relacionado con enfoques orientados a promover la conciencia crítica sobre cuestiones como la equidad, los derechos humanos, la inclusión y la diversidad. Desde esta perspectiva, implica prestar atención a las injusticias sociales, especialmente aquellas vinculadas con la discriminación racial, de género y otras formas de desigualdad.

En el ámbito educativo, esta perspectiva puede traducirse en una enseñanza que promueva la conciencia social, la equidad y la inclusión. Esto significa que los profesores pueden incorporar perspectivas diversas en sus clases, analizar determinadas estructuras sociales y ayudar a los estudiantes a comprender y examinar las desigualdades. El desafío está en hacerlo sin convertir una determinada interpretación de la realidad en una verdad obligatoria. No se trata de adoctrinar, sino de educar para que los estudiantes puedan conocer, analizar, argumentar y formar su propio criterio.

Hablar hoy de “woke” en educación exige, antes que nada, precisar qué estamos nombrando. ¿Nos referimos a una mayor conciencia frente a la discriminación y las desigualdades?, ¿a una apuesta por la inclusión y la justicia educativa?, ¿a determinadas formas de activismo político?, ¿a la corrección política o, incluso, a la incorporación de determinadas posiciones ideológicas en la escuela?

Distinguir estos conceptos resulta fundamental, porque una misma palabra puede adquirir significados muy diferentes según quién la utilice y desde qué perspectiva. En este sentido, resulta pertinente recordar el pensamiento de Martin Luther King Jr.: «La función de la educación es enseñar a uno a pensar intensamente y a pensar críticamente. Inteligencia más carácter: esa es la meta de la verdadera educación». Esta relación entre inteligencia y carácter adquiere especial importancia frente a los desafíos del siglo XXI: la inteligencia artificial, la infoxicación -el exceso de información y la circulación de noticias falsas-, la desinformación y la necesidad de desarrollar una empatía activa frente a nuevas formas de injusticia digital y social.

Entendemos que, en un contexto educativo auténtico, algunas de las preocupaciones asociadas con “woke” pueden traducirse en una enseñanza crítica que promueva la conciencia social, la equidad y la inclusión. Los profesores pueden integrar perspectivas diversas en sus clases, analizar estructuras sociales y ayudar a los estudiantes a comprender y examinar las desigualdades. No se trata de adoctrinar, sino de educar para formar ciudadanos conscientes, responsables y comprometidos con la dignidad humana y la convivencia democrática.

En este sentido, puede actualizarse el pensamiento atribuido a Aristóteles: «Es la marca de una mente educada ser capaz de entretener un pensamiento sin aceptarlo». La educación necesita precisamente esa capacidad: escuchar una idea, examinarla, contrastarla, argumentarla y decidir libremente si existen razones para aceptarla o rechazarla.

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Sin embargo, existen -en algunos contextos- educadores que se identifican como “woke” porque buscan crear un ambiente de aprendizaje que reconozca y aborde las discriminaciones sistémicas, fomentando la reflexión y la acción frente a las injusticias dentro y fuera del aula. En esta línea pueden relacionarse sus planteamientos con las palabras de Eduardo Galeano: «Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable».

Asimismo, una parte importante del debate educativo entiende “woke” como un compromiso con la creación de un entorno educativo equitativo, inclusivo y respetuoso para todos los estudiantes, preocupación que también puede encontrarse en distintas tradiciones pedagógicas. Paulo Freire expresó una idea relacionada con esta dimensión transformadora de la educación: «La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo».

En educación, una perspectiva “woke”, bastante difundida y también cuestionada, puede entenderse como una mayor sensibilidad frente a las desigualdades, la discriminación y la dignidad de cada persona. Puede relacionarse con una tradición pedagógica que concibe la escuela como un espacio capaz de contribuir a la transformación social.

En ese sentido, el luchador social sudafricano Nelson Mandela subrayó en diversas ocasiones el poder transformador de la educación. Asimismo, Malala Yousafzai, ganadora del Premio Nobel de la Paz, afirmó: «Un niño, un profesor, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo». La afirmación sitúa la transformación educativa en elementos concretos: el estudiante, el profesor y las herramientas que hacen posible el aprendizaje.

Educar, por tanto, supone no permanecer indiferente ante la discriminación, la exclusión o las desigualdades, sino procurar que cada estudiante encuentre oportunidades reales para aprender, participar y desarrollarse. Pero también supone garantizar que pueda pensar, preguntar, discrepar y construir sus propias conclusiones.

El filósofo, psicólogo y reformador educativo estadounidense John Dewey, de acuerdo con la realidad social que vivió, sostuvo que la educación constituye un proceso social y de crecimiento. Desde esta perspectiva, educar no puede reducirse a la transmisión de contenidos: también implica construir relaciones sustentadas en el respeto, la participación y la convivencia.

Precisamente porque la educación posee una profunda dimensión social, el profesor debe cuidar que ninguna corriente de pensamiento -política, cultural o ideológica- sustituya la capacidad del estudiante para preguntar, contrastar, argumentar, disentir y formar un criterio propio.

Por ello, resulta tan importante que los profesores sean una fuente honesta de orientación que no imponga una determinada visión, sino que ayude a los estudiantes a desenvolverse frente al aluvión de información. Es fundamental equiparlos con las herramientas necesarias para analizar y discernir los contenidos a los que acceden. Más importante aún, debemos cultivar su capacidad para ser autónomos intelectualmente y capaces de enfrentar distintos contextos. Cf. https://webdelmaestrocmf.com/portal/como-crear-un-aula-de-pensamiento-critico-y-creativo/

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La educación no es ni debe ser un instrumento de direccionamiento político o ideológico

Para quienes trabajamos en educación en este segundo decenio del siglo XXI, conocer qué significa el término “woke” y cómo ha llegado a incorporarse al debate educativo no es una cuestión menor ni algo que debamos mirar con indiferencia. Tampoco se trata de asumirlo, rechazarlo o interpretarlo desde una determinada posición política o ideológica.

El verdadero desafío consiste en conocer sus significados, examinar sus propuestas y valorar críticamente sus posibles aportes y riesgos dentro de la educación, preservando siempre la libertad de pensamiento que corresponde a cada estudiante.

En este sentido, es fundamental que los educadores impulsen en el aula el desarrollo de competencias clave: la creatividad, el espíritu crítico, el deseo de descubrir y la capacidad para resolver problemas de forma innovadora.», porque «ser creativos, estimular la curiosidad y buscar soluciones alternativas son algunas de las competencias que deben desarrollar los profesores en sus estudiantes». Cf.

Esperamos que el siguiente video de El País aporte nuevas rutas para comprender mejor el uso del término “woke”. Lo compartimos por motivos exclusivamente educativos y consideramos que su discusión en el aula puede resultar útil para analizar la evolución de esta expresión y sus diferentes significados.

La profesora Catherine L’Ecuyer considera que con frecuencia se plantea el debate educativo como una pugna entre una supuesta educación «vieja» -el profesor aburrido, la clase magistral teórica, el estudiante pasivo y la ausencia de aprendizaje significativo- y una educación «nueva», en la que el estudiante ocupa el centro y el profesor corre el riesgo de quedar relegado, dejando cada vez más espacio a la inteligencia artificial y a otros métodos considerados innovadores.

Esta contraposición permite y exige -como educadores- abordar el fenómeno “woke” en educación cuando determinadas propuestas de renovación pedagógica incorporan, junto con legítimas preocupaciones por la inclusión, la equidad y la justicia social, determinadas concepciones culturales o ideológicas que requieren ser analizadas críticamente.

L’Ecuyer advierte, sin embargo, que «la novedad por la novedad no tiene sentido. La novedad es un concepto comercial, no educativo», y considera que presentar la educación tradicional y la innovación como opciones necesariamente enfrentadas constituye «un falso dilema».

Desde esta perspectiva, el desafío para el profesor no consiste en aceptar o rechazar lo “woke”, lo tradicional o lo innovador por su etiqueta, sino en preguntarse qué aporta realmente cada propuesta al aprendizaje. La inclusión no debería estar reñida con el rigor; la innovación no debería desplazar al profesor; y la formación en valores no debería limitar la libertad del estudiante para pensar, cuestionar y construir su propio criterio.

Sugerimos complementar estas ideas con la publicación de este enlace de la Web del Maestro CMF:

Este tema es una exigencia pedagógica actual

Desde estas consideraciones, y salvo mejor parecer, abordar hoy lo “woke” en educación exige superar tanto la aceptación acrítica como el rechazo automático. Puede significar sensibilidad ante las desigualdades, defensa de la inclusión y preocupación por la justicia; pero también requiere preguntarnos dónde termina la legítima formación en valores y dónde podría comenzar el direccionamiento ideológico.

La escuela debe enseñar a pensar, no establecer de antemano qué debe pensar el estudiante. El compromiso con la inclusión y la dignidad humana no debería estar reñido con el pluralismo, la libertad intelectual, el rigor académico y el derecho a cuestionar incluso aquellas ideas que la propia escuela considera valiosas.

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En educación, esta perspectiva puede expresarse en cuatro dimensiones:

  1. Sensibilidad y conciencia. Reconocer las desigualdades, los prejuicios y las distintas formas de discriminación que pueden afectar a los estudiantes, abordándolas con fundamento, respeto y sentido pedagógico.
  2. Inclusión. Construir un ambiente educativo en el que todos los estudiantes sean valorados y respetados y dispongan de oportunidades para aprender y desarrollarse, independientemente de su origen, condición o circunstancias personales.
  3. Pensamiento crítico. Ayudar a los estudiantes a analizar, cuestionar y contrastar las estructuras sociales, las normas, las ideas y las relaciones de poder, sin imponerles una interpretación única de la realidad.
  4. Participación responsable. Favorecer que los estudiantes puedan involucrarse en la búsqueda de soluciones a los problemas de su entorno, aprendiendo a argumentar, dialogar, respetar posiciones diferentes y actuar responsablemente en una sociedad plural.

En definitiva, el reto de la educación contemporánea no es formar estudiantes “woke” ni “anti-woke”, sino estudiantes capaces de comprender el mundo, reconocer las injusticias, defender la dignidad humana y, al mismo tiempo, pensar por sí mismos.

Recordando las palabras de John Dewey, quien afirmaba que «el pensamiento es la herramienta para la acción y no un contenedor para recibir dogmas», se vuelve crucial analizar críticamente el rumbo del mundo educativo en el que vivimos. Nuestro compromiso debe ser siempre el mismo: enseñar cómo estructurar un argumento con lógica propia y rechazar cualquier intento de manipulación o directriz intelectual en el aula.

Para comprender el mundo actual, es necesario analizar con honestidad el movimiento “woke”. Aunque promueva la conciencia sobre las injusticias sociales, sus propuestas deben ser examinadas críticamente. Es aquí donde la labor del profesor se vuelve fundamental: no para dirigir la mente de los estudiantes hacia un relato establecido, sino para enseñarles a razonar con rigor, objetividad y absoluta libertad.

«La educación no debe proteger al estudiante de las ideas con las que discrepa, sino enseñarle a examinarlas, contrastarlas y argumentar frente a ellas». (Robert Maranto)

Redacción | Web del Maestro CMF

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