Pilar Sordo es una reconocida psicóloga, escritora e investigadora chilena, con más de dos décadas de trayectoria en estudios sobre familia, educación, vínculos afectivos y conducta social. Sus libros —como Viva la diferencia, No quiero envejecer y Oídos sordos— han sido best sellers en América Latina, y sus conferencias convocan a miles de personas por su estilo directo, humano y profundamente crítico de los hábitos socioculturales que moldean la infancia y la adolescencia.
Sordo se caracteriza por cuestionar de manera frontal la pérdida de límites, la confusión entre autoridad y autoritarismo, y la fragilidad emocional que se instala cuando los adultos renuncian a su responsabilidad formativa.
El error cultural de confundir autoridad con amistad
“Yo no sé qué psicólogo desubicado dijo que los papás tenían que ser amigos de sus hijos, porque yo a ese gallo lo mataría en la plaza pública”. Con esta frase, Pilar Sordo no busca escándalo; busca despertar. Señala un problema que, según ella, está en el corazón de gran parte de las dificultades que hoy viven niños y adolescentes: la renuncia de los adultos a ejercer autoridad real.
Para Sordo, la crisis no está en los jóvenes, sino en los adultos que han perdido certezas. Padres y madres que educan desde la culpa, desde el cansancio, desde el miedo a decir que no, o desde el deseo —equivocado— de ser agradables y aceptados por sus propios hijos. “Somos la única generación que le tuvo miedo a sus padres y hoy le tiene miedo a sus hijos”, afirma. Esa inversión de roles ha generado niños inseguros, adolescentes sin referentes claros y jóvenes que no saben tolerar frustraciones mínimas.
Los adolescentes no son el problema: somos nosotros
En sus conferencias, Sordo insiste en que los adolescentes actúan de acuerdo con “la cancha” que los adultos les van ampliando o deformando. No nacen insolentes, distraídos, frágiles o dependientes de la tecnología: los moldeamos así cuando renunciamos a guiar, corregir, ordenar y sostener.
Para ella, muchos de los conflictos actuales están determinados por inconsistencias adultas:
- Padres que exigen responsabilidad pero hacen las tareas por sus hijos.
- Familias que sancionan la mentira, pero enseñan a “hacer cosas mientras nadie los pille”.
- Hogares donde se reclama falta de diálogo, pero se come frente a pantallas que ocupan el lugar de la conversación.
- Adultos que quieren niños creativos, pero eliminan el aburrimiento, origen del pensamiento original.
- Madres y padres que hablan de esfuerzo, pero compran celulares de alto costo a niños que no han hecho nada para merecerlos.
Sordo sostiene que cada inconsistencia se convierte en un mensaje educativo, y que esos mensajes son más potentes que cualquier sermón.
La pérdida de la conversación y el silencio emocional
Uno de los diagnósticos más duros de Sordo es la desaparición de la sobremesa familiar. Con ella se fueron los relatos, la escucha, la expresión emocional y la capacidad de disentir con respeto. Los jóvenes —dice— no saben hablar, porque todo lo dicen a través de un teclado. No saben leer gestos, no toleran miradas directas y no identifican el impacto emocional de lo que dicen.
La comunicación digital ha reemplazado a la comunicación humana, y al hacerlo, ha empobrecido la empatía. Los emoticones han reemplazado la gestualidad; las pantallas han reemplazado el encuentro.
Para Sordo, este silencio emocional es una bomba de tiempo: adolescentes incapaces de tramitar emociones que nunca aprendieron a expresar, adultos esclavos de la prisa y niños sin testigos que validen sus historias.
La responsabilidad de formar y no de agradar
Cuando Sordo dice que los padres no pueden ser amigos, lo que está subrayando es esto:
Educar implica decir no, poner límites, asumir consecuencias y sostener decisiones aunque generen molestia.
La amistad tiene simetría; la crianza no.
Un padre o madre que evita el conflicto para “no pelear” crea hijos que no saben enfrentar la vida.
Un adulto que cede después de cuatro negociaciones enseña que siempre se puede manipular la realidad.
Un hogar donde todo se consulta —“¿qué quieres comer?”, “¿te bañas ahora?”— forma niños que creen que la vida es una democracia doméstica que debe adaptarse a sus deseos.
Para Sordo, la educación es siempre una apuesta a largo plazo: lo que hoy se rechaza, mañana se agradece. Lo que hoy molesta, mañana protege.
La cultura del esfuerzo y el sentido del límite
Sordo recuerda que todo aprendizaje significativo proviene de dificultades. Facilitando la vida, dice, no formamos jóvenes fuertes sino adultos frágiles.
Ejemplos simples lo ilustran:
- Si a una niña se le queda la colación, debe experimentar el hambre y aprender a resolver pidiendo ayuda.
- Si un niño olvida la cartulina, debe enfrentar la consecuencia natural, no recibir un rescate inmediato.
- Si se ofrece un castigo, debe cumplirse, no levantarse por culpa o cansancio.
Sin consecuencias no hay aprendizaje moral.
Sin esfuerzo no hay autoestima.
Sin límite no hay seguridad.
La felicidad adulta como modelo de vida
Sordo afirma que los niños aprenden más por lo que ven que por lo que escuchan. Y lo que ven hoy es adultos agotados, ingratos, que viven atrapados en el pasado o paralizados por un futuro que nunca llega.
La incapacidad de disfrutar lo simple —el sol en la cara, el olor del pan tostado, la risa de un niño— es, para Sordo, una forma moderna de ceguera emocional. Una ceguera que se transmite culturalmente y que hace imposible educar en gratitud, entusiasmo o resiliencia.
No se puede pedir a un niño que agradezca, si nunca escucha un “gracias”.
No se puede pedir a un joven que sonría, si nunca ve a un adulto reírse con ganas.
No se puede pedir esfuerzo, si el adulto vive quejándose de su vida.
Escuela y familia: corresponsabilidad olvidada
Sordo también critica la transformación del apoderado en “cliente”. Cuando los padres exigen servicios, reclaman notas o defienden lo indefendible, rompen el principio más básico de la educación: todos educan juntos.
En su propia infancia —relata— jamás habría imaginado que su padre la defendería si un profesor la llamaba. Hoy, los adultos discuten entre ellos delante del niño, lo que destruye cualquier posibilidad de autoridad coherente.
Según Sordo, el resultado es obvio: niños que manipulan, padres que se rinden y docentes que trabajan bajo amenaza permanente.
El desafío: volver a ser adultos
El mensaje final de Sordo es profundamente esperanzador, aunque incómodo:
basta con que un adulto cambie, para que cambie todo lo que lo rodea.
Ser padre o madre no es ser amigo, ni animador, ni proveedor de objetos:
es ser guía, sostén, referente, modelo.
Es decir “no” cuando corresponde, aunque duela.
Es ser firme sin violencia, y tierno sin debilidad.
Es enseñar que la vida tiene consecuencias, que el esfuerzo vale y que la felicidad se construye desde la gratitud cotidiana.
La crisis no está en los adolescentes; está en los adultos que deben reencontrar su rol.
Porque, como afirma Pilar Sordo, “los hijos valen por lo que son, no por lo que tienen; y nosotros debemos enseñarles a ser, no a poseer”.
Redacción | Web del Maestro CMF






