Padre de familia de una niña con TEA agredió a una profesora frente a los alumnos

El hecho ocurrió cuando una niña con TEA quiso tomar un objeto durante una actividad escolar y la negativa momentánea de la docente desató una reacción violenta del padre; como consecuencia, otros alumnos no quieren regresar al jardín por miedo.

Un episodio ocurrido durante una celebración escolar por el Día de la Familia expone una problemática cada vez más frecuente y preocupante en las instituciones educativas: la violencia ejercida por adultos dentro de espacios destinados al cuidado, el aprendizaje y la contención de niños.

La actividad se desarrollaba con normalidad. Los estudiantes participaban en una propuesta artística y recreativa guiada por docentes, que incluía un truco de magia como cierre. En ese contexto, una niña con trastorno del espectro autista (TEA) se acercó con interés a un objeto utilizado por la docente. La maestra, procurando mantener el desarrollo de la actividad para todas las salas presentes, le explicó que podría entregárselo más adelante. La respuesta fue el llanto de la niña, situación que fue abordada inicialmente con la intervención del acompañante terapéutico, quien intentó retirarla momentáneamente para permitir que la actividad continuara de forma ordenada.

Lejos de excluirla, la docente volvió a buscar a la niña e intentó integrarla nuevamente, incluyendo su participación de manera cuidadosa. Sin embargo, al comenzar una segunda actividad que implicaba el uso de vasos y agua —materiales que podían resultar riesgosos—, los docentes decidieron reorganizar a los niños para garantizar la seguridad de todos.

Fue en ese momento cuando la situación escaló de forma alarmante. Uno de los padres comenzó a gritar e insultar, acusando a la docente de no haber entregado el objeto a la niña. A pesar de que la maestra continuaba cumpliendo su rol pedagógico y de cuidado, el adulto reaccionó con violencia verbal y física, increpando a la docente, empujándola y generando un clima de extrema tensión dentro del salón.

Otros padres intentaron intervenir para frenar la situación y retirar al agresor, lo que derivó en un forcejeo severo. Todo ocurrió frente a niños de distintas salas, quienes fueron testigos directos de gritos, insultos y violencia física. El impacto emocional fue inmediato: miedo, angustia y un profundo estrés tanto en los niños como en los adultos presentes.

Las consecuencias no tardaron en aparecer. Al día siguiente, varios niños manifestaron temor de regresar al jardín, un espacio que hasta entonces amaban y donde se sentían seguros. Las familias expresaron preocupación, y se puso en evidencia una realidad dolorosa: no fue la escuela la que falló en inclusión, sino la incapacidad de algunos adultos para aceptar límites, normas y decisiones pedagógicas pensadas para el bienestar colectivo.

La inclusión no implica la ausencia de normas, ni la imposición de la voluntad individual por sobre el cuidado del grupo. Implica acompañamiento profesional, respeto por los procesos y confianza en los equipos docentes. Cuando los adultos no aceptan el “no” y reaccionan con violencia ante la frustración, quienes más sufren son los niños: todos, sin excepción.

Este tipo de hechos no tiene justificación. La escuela debe seguir siendo un espacio seguro, protegido y respetado. Defender a los docentes, establecer límites claros y resguardar a la infancia no es una opción: es una responsabilidad ética y social que no puede seguir postergándose.

Redacción | Web del Maestro CMF


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