[Pablo Muñoz] Educar a distancia. Volver a lo esencial (I Parte)

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Educar en circunstancias de incertidumbre: La incertidumbre es una condición habitual de la vida, cuya percepción humana se acentúa cuando atravesamos momentos críticos como los de la actual pandemia de la COVID-19. Pero es una constante existencial, es decir, que todo el tiempo habitamos en la incertidumbre. No es cómoda, pero es la condición que paradójicamente, a la vez que ha jalonado el desarrollo científico, resulta más desafiante para la ciencia, que todo lo pretende saber y controlar… y para todos, pues a nadie le agrada la incertidumbre en ninguna circunstancia. En el fondo de la resistencia al cambio, a lo novedoso, a lo desconocido, a salir de la zona de confort, está el miedo a la incertidumbre.

De ahí que el primer llamado es a la comprensión de esa situación existencial de miedo a la incertidumbre, pues en relación con lo educativo, difícilmente los gobernantes, las directivas, los maestros, los padres de familia y los estudiantes sabemos las dimensiones reales de la pandemia, su duración, sus consecuencias en todo nivel y también desconocemos  cómo enfrentarla, cómo reaccionar educativamente ante ella y ante las nuevas condiciones que nos impone; entre otras y por ejemplo, la de liderar procesos educativos a distancia.

¿Qué hacer? En primera instancia, comprender y asumir que no estábamos preparados para abordar con competencia previa el desafío de educar y educarnos sin presencialidad ni contacto físico. Luego, seguramente, a partir de esa constatación y aceptación de tal realidad, entenderemos que no vendrán soluciones definitivas de las autoridades ni de algún miembro en particular de las comunidades educativas. Esa solución definitiva no está prefabricada, no la tienen, no la tenemos y nos arroja nuevamente a los brazos de la incómoda incertidumbre.

Desde diferentes perspectivas, algunos han tratado de hacer catarsis ante la propuesta de virtualizar la educación, enumerando además circunstancias como: si todos tuviéramos los equipos, sería incierta la capacidad de manejarlos para ese propósito; si tuviésemos los equipos y la capacidad para manejarlos, podría faltar la conectividad; si tuviésemos equipos, capacidad de manejo y conectividad, probablemente nos harían falta la disponibilidad, la disciplina y la responsabilidad para sacar adelante el proceso, con éxito. Lo más acuciante del asunto es que no parece ser una descripción subjuntiva, sino que tristemente es una descripción de lo que se está viviendo en las instituciones educativas con variaciones de tiempo, modo, intensidad y circunstancias, que reflejan las realidades de las personas y de las organizaciones a cargo de los procesos educativos que ahora se ven tan duramente retados.

Una pedagogía del potencial

¿Qué hacer? Partiendo de asumir que no estábamos preparados, que la solución no está hecha y que enfrentamos enormes deficiencias para resolver situaciones pedagógicas a través de la virtualidad, luego de hacer un inventario de carencias es importante que también hagamos un elenco de posibilidades. Quiero decir, que dejando de lado el mal hábito de hacer una educación basada en la carencia, aprovechemos la coyuntura para hacer una pedagogía del potencial. Esto implica pasar de una educación centrada en lo que le falta al estudiante, al maestro, a la familia, a la institución o al sistema, a una que se fije en todas las posibilidades que tienen los estudiantes y sus familias, los maestros y las escuelas para lograr exitosamente los objetivos educativos.

Explico la vieja perspectiva: como una especie de vicio, la educación viene siendo rotuladora, pone etiquetas y categoriza de acuerdo con lo que considera falencias. Entonces con facilidad en los entornos educativos se suelen escuchar expresiones como: este es descoordinado, aquel es negado para los números, esta no sabe leer, aquella pelea contra todos, este es ladrón, a aquella le queda grande la tecnología o la atropella, este es repitente, aquella es chismosa, este es un viejo amargado, en esta escuela faltan baños y computadores decentes, en mi colegio no funciona el internet, a mi sede no va el rector, etcétera. Seguramente que nos quedamos cortos en esos ejemplos que denuncian con justicia y buena intención, una parte de las cosas negativas que se perciben en las instituciones educativas. Pero planteamos que, aunque el diagnóstico da buena cuenta de la sintomatología que se traduce en una enfermedad llamada baja calidad de la educación, cuyas causas están aquí y allá en diferentes proporciones, existen otras posibilidades de mirar con la misma agudeza crítica ese tipo de realidades, pero que posibilitan pensar en prospectiva, esto es, de manera propositiva, estimulante para la aparición de soluciones. Insisto en que no se trata de tapar el sol con un dedo ni de alcahuetear la deficiente gestión de quienes están llamados a liderar los procesos educativos, sino de reconocer las condiciones de posibilidad útiles para generar las soluciones a las que estamos retados en esta circunstancia.

Tenemos el reto de hacer que la educación escolar no pare y, por tanto, más allá de los condicionamientos e ineficiencia de maestros, directivos, estructuras y sistemas educativos, lejos de ocultar los factores que limitan nuestra capacidad de respuesta a la crisis, estamos llamados a impedir que los mismos determinen negativamente el sentido de los procesos educativos. Tenemos que ser sabios para superar el falso dilema que plantea que debemos escoger entre: no hacer nada porque nada es realmente posible en estas condiciones o asumir por nuestra cuenta y riesgo las responsabilidades que no asumieron quienes ostentan el poder y la autoridad para hacerlo. Tampoco es favorable quedarnos sentados esperando que alguien aparezca mágicamente con una solución que a todos nos genere conformidad y comodidad. De afuera pueden venir algunos medios y mediaciones favorables, pueden venir tanto oportunidades como limitantes, pero no vendrá con pertinencia la solución específica que cada comunidad necesita, dadas las circunstancias que la hacen particular. Esa solo puede venir del trabajo en equipo en cada institución educativa, con base en lo que para efectos de este escrito llamaremos la nueva perspectiva, en contraposición a “la vieja perspectiva”, ya descrita en el párrafo anterior.

Suponemos que, al llamarla nueva, ya estamos generando cierta ansiedad, cierta resistencia al lector ante lo novedoso y posiblemente desconocido, lo que produce una sensación más de incertidumbre, como se ha venido explicando. Pero está en las intenciones del texto mismo, pues desde el principio hemos querido presentar la incertidumbre como connatural a la existencia.

De ese modo, justificamos también la necesidad de la perspectiva que proponemos: determinar y trabajar con las posibilidades de las personas y los medios que tenemos disponibles, con su potencial, con lo que sí cuentan, con lo que sí pueden hacer, con lo que pueden llegar a ser. Esto, por ejemplo, implica que más que a un descoordinado, vemos a una persona con otras posibilidades de movilidad y, así mismo, vemos: en vez de personas que no aprenden matemáticas con facilidad, personas con posibilidades diversas para aprender matemáticas; en vez de personas que no leen bien, personas con distintos recursos para hacer lectura del mundo a través de la palabra y del arte; en vez de personas que pelean o roban, personas con más oportunidades de aprender a convivir o a respetar los bienes ajenos; en vez de personas a las que la tecnología atropella, personas con quienes puedo aprender más de tecnología al dedicarme a la tarea de enseñarles; en vez de chismosas, personas ricas en posibilidades comunicativas; en vez de un viejo amargado podríamos ver a una persona de la que podemos aprender compromiso con su labor, seriedad y respeto con su oficio o incluso una oportunidad para su crecimiento y nuestro crecimiento personal en empatía. En una escuela carente de baños y computadores decentes o sin internet, puedo ver una oportunidad de educar en la beligerancia por la obtención de recursos para la educación, más que para la guerra y la corrupción; ante la situación del rector que no visita nuestra sede, tenemos oportunidades para educarlo y educarnos en el trabajo en equipo, pero también tenemos oportunidades para crecer en la autonomía, la responsabilidad y el liderazgo que le debe ser propio a cualquier educador.

No se trata de idealizar, de romantizar o de matizar las carencias o la ineficiencia de la educación y sus actores. Se trata de reconocer que existen otras perspectivas más propias de la mirada esperanzada y esperanzadora de un educador, que se alejan tanto de cohonestar una injusticia que es estructural como de la ingenuidad.

Currículos que vuelven a lo esencial

Y es justamente porque los maestros nos distanciamos de los discursos etéreos o abstractos, de los que prescinden de las mínimas condiciones de realidad para proponer enfoques y modelos pedagógicos, que se hace necesario traducir cómo este discurso de una pedagogía basada en el potencial puede aterrizar en unas prácticas pedagógicas esperanzadas y esperanzadoras, tan necesarias y pertinentes en los tiempos más críticos que la humanidad ha conocido en la contemporaneidad.

En ese orden de ideas, para esta encrucijada plagada tanto de exigencias y novedades como de incertidumbre, proponemos volver a lo esencial para sacar adelante procesos educativos a distancia, a través de los siguientes dispositivos e ideas: Diseño curricular, Desarrollo curricular, Evaluación y Liderazgo pedagógico, que desarrollaremos en la Segunda Parte.



Autor:
Pablo Alexander Muñoz García, ciudadano colombiano, bachiller egresado del Instituto Salesiano de Cúcuta, Licenciado en Filosofía de la universidad Santo Tomás de Bogotá y Magíster en Práctica Pedagógica de la Universidad Francisco de Paula Santander de Cúcuta.
Se ha desempeñado como docente y directivo en los niveles de básica, media, pregrado y posgrado, participando también en experiencias de educación popular, promoción social y formación para el trabajo y el desarrollo humano, donde ha liderado procesos de reingeniería curricular y formación de maestros. Funge como asesor pedagógico ocasional en instituciones regionales y nacionales.
Actualmente se desempeña como coordinador en el Colegio Mercedes Ábrego de Cúcuta. Participa como investigador y director de trabajos de investigación en el campo de las ciencias sociales, la educación y la pedagogía.
Como fruto de sus investigaciones sobre educación política y pedagogía para la paz, ha publicado varios artículos en revistas indexadas, algunos libros, capítulos de libros y ha sido ponente en diversos eventos académicos locales, nacionales e internacionales. Es, además, columnista ocasional de publicaciones digitales.
Correo electrónico:
[email protected]
Cuenta de facebook: Pablo Alexander Muñoz García

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