En España, el debate sobre el impacto de las pantallas en la infancia ha cobrado nuevamente fuerza tras las declaraciones del médico Manuel Sans Segarra durante una entrevista concedida a Radio Nacional de España. Manuel Sans Segarra es un médico cirujano español, exjefe de Cirugía General y Digestiva del Hospital Universitario de Bellvitge y pionero de la cirugía laparoscópica en España.
El especialista en cirugía general y digestiva advirtió sobre las consecuencias que podría tener el uso excesivo de dispositivos digitales durante las primeras etapas del desarrollo. Sans Segarra aseguró que investigaciones mediante resonancia magnética funcional han permitido observar alteraciones morfológicas en menores que abusan de las pantallas, una afirmación que sitúa la discusión más allá del tiempo frente al móvil o la tableta y la relaciona con el desarrollo cerebral, familiar y emocional.
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La advertencia fue realizada durante una conversación relacionada con su libro La humanidad en crisis, en la que Sans Segarra abordó los efectos que determinados hábitos contemporáneos pueden tener sobre niños y familias. “Estamos haciendo ya estudios con resonancia magnética funcional y hemos visto que los críos que abusan de las pantallas tienen trastornos morfológicos visibles en la resonancia magnética”, afirmó. Según explicó, entre los cambios observados estaría una disminución de la masa gris del lóbulo frontal. La declaración plantea una cuestión especialmente sensible, aunque debe entenderse como una afirmación realizada por el médico durante la entrevista y no como una conclusión científica universal derivada únicamente de sus palabras.
“Estamos haciendo ya estudios con resonancia magnética funcional y hemos visto que los críos que abusan de las pantallas tienen trastornos morfológicos visibles en la resonancia magnética”.
El desarrollo infantil frente al uso intensivo de pantallas
El lóbulo frontal participa en funciones complejas relacionadas con la planificación, la toma de decisiones, el control de la conducta y otros procesos cognitivos. Por ello, las declaraciones del especialista adquieren relevancia dentro de una discusión que desde hace años analiza cómo la exposición prolongada a dispositivos digitales puede relacionarse con diferentes dimensiones del desarrollo infantil. Sin embargo, el planteamiento de Sans Segarra no se limita al funcionamiento cerebral. Su reflexión incorpora elementos cotidianos como el descanso, el juego, la comunicación y la convivencia, actividades que pueden perder espacio cuando teléfonos, tabletas y otros dispositivos ocupan una parte excesiva del tiempo disponible de los menores.
La preocupación expuesta durante la entrevista alcanza también a las relaciones que los niños construyen con las personas que los rodean. El problema no estaría solamente en mirar una pantalla durante demasiado tiempo, sino en aquello que deja de ocurrir mientras la atención permanece concentrada en ella. Conversar con los padres, jugar, escuchar, expresar emociones y compartir experiencias forman parte de interacciones que contribuyen al desarrollo personal. Desde esta perspectiva, la tecnología no aparece necesariamente como un elemento que deba desaparecer de la vida cotidiana, sino como una herramienta cuyo uso requiere límites capaces de preservar experiencias fundamentales durante la infancia.
Entre las actividades y experiencias que adquieren especial importancia cuando se analiza el equilibrio entre tecnología y desarrollo infantil se encuentran:
- El juego y la exploración del entorno.
- La conversación directa entre niños y adultos.
- El descanso adecuado y los momentos sin dispositivos.
- La convivencia y las actividades compartidas en familia.
- Las muestras de afecto y el contacto personal.
Estos elementos ayudan a comprender por qué la discusión sobre las pantallas no puede reducirse únicamente a contar minutos u horas de exposición. El contexto en el que se utilizan los dispositivos y las experiencias que terminan desplazando también forman parte del problema planteado por Sans Segarra.
Los adultos también forman parte del problema
Uno de los puntos más significativos de la reflexión del médico coloca directamente a los padres dentro del debate. Sans Segarra recurrió a una escena habitual en algunos restaurantes para describir familias que comparten físicamente una mesa mientras cada integrante permanece concentrado en su propio dispositivo. “El padre con el teléfono, la madre con el teléfono, el niño con la tablet”, señaló. La imagen permite trasladar la discusión desde el comportamiento exclusivo de los menores hacia los hábitos digitales del conjunto familiar. Exigir a un niño que abandone constantemente una pantalla resulta contradictorio cuando los adultos convierten sus propios teléfonos en protagonistas permanentes de los momentos compartidos.
La escena descrita por Sans Segarra plantea una diferencia fundamental entre proximidad física y verdadera convivencia. Padres e hijos pueden encontrarse juntos en una habitación, durante una comida o en una actividad familiar y, sin embargo, mantener escasa comunicación cuando cada uno dirige su atención hacia una pantalla. Compartir un espacio no garantiza escuchar, conversar ni construir vínculos, especialmente cuando las interrupciones digitales se vuelven permanentes. En ese contexto, el médico reivindica una presencia adulta activa, capaz de reservar momentos para hablar con los menores y prestar atención a sus experiencias, preocupaciones y emociones sin que el teléfono se convierta continuamente en un intermediario.
Esta mirada introduce además el concepto de autoestima infantil. Para Sans Segarra, acompañar el crecimiento de un niño implica ayudarlo a desarrollar seguridad personal mediante la cercanía y el afecto, en lugar de recurrir exclusivamente a la imposición. Su planteamiento concede importancia a acciones aparentemente sencillas que pueden quedar relegadas por la dinámica tecnológica cotidiana. Entre ellas destacan hablar, escuchar, abrazar, besar y compartir tiempo con atención real. No se trata únicamente de establecer prohibiciones sobre teléfonos o tabletas, sino de ofrecer alternativas humanas suficientemente significativas para que la relación familiar conserve un espacio propio frente a la presencia constante de los dispositivos digitales.
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Recuperar espacios de convivencia en la familia
La reflexión también obliga a distinguir entre el uso tecnológico y el abuso. Los dispositivos forman parte de la educación, el entretenimiento y la comunicación contemporánea, pero su presencia no debería desplazar sistemáticamente actividades necesarias para el desarrollo de los menores. El planteamiento expuesto por Sans Segarra apunta hacia una organización familiar en la que existan momentos reservados para conversar, jugar, descansar y compartir sin interrupciones digitales. La mesa familiar representa uno de esos espacios, aunque no es el único. El objetivo no consiste simplemente en retirar un aparato, sino en recuperar oportunidades de interacción que permitan a niños y adultos relacionarse directamente y mantener vínculos cotidianos más sólidos.
El debate adquiere especial importancia porque la relación de los niños con la tecnología comienza cada vez más integrada en la vida cotidiana. Frente a esa realidad, la responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre los menores, ya que los adultos establecen hábitos, rutinas y modelos de comportamiento dentro del hogar. Si teléfonos y tabletas ocupan comidas, conversaciones y tiempos de descanso, limitar su utilización infantil sin revisar las prácticas familiares puede resultar insuficiente. La reflexión de Sans Segarra pone así el foco en la coherencia: acompañar a los niños requiere que los adultos también examinen cuánto espacio conceden a las pantallas y cuánto reservan para una convivencia auténticamente compartida.
Las declaraciones del médico abren una discusión que combina desarrollo cerebral, crianza, hábitos tecnológicos y vínculos familiares. La advertencia sobre posibles alteraciones morfológicas asociadas al abuso de pantallas es el elemento más contundente de su intervención, pero su mensaje final alcanza un terreno mucho más cotidiano: la necesidad de preservar el contacto humano. En una época marcada por dispositivos disponibles durante prácticamente todo el día, el desafío para las familias no consiste únicamente en controlar el tiempo de conexión de los niños. También supone proteger espacios para conversar, jugar, descansar y expresar afecto, recordando que ninguna pantalla puede sustituir completamente la experiencia de sentirse escuchado y acompañado.
Redacción: Web del Maestro CMF