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Equilibrio emocional y la salud mental de los docentes (Parte I)

La experiencia de la educación a distancia, adoptada como alternativa a la enseñanza presencial, puso a prueba no solo las competencias pedagógicas, sino también la salud mental y emocional de los profesores. La necesidad de reinventar la enseñanza en tiempo real exigió imaginación, creatividad, paciencia, autocontrol y una fortaleza emocional poco visibilizada. Profesores y familias fueron protagonistas directos de una transformación abrupta que impactó profundamente en la calidad de vida y en el equilibrio personal, social y familiar. Esta vivencia no puede quedar solo como un episodio superado, sino como un punto de análisis para comprender que el bienestar docente es un pilar estructural del sistema educativo.

La pandemia alteró radicalmente las condiciones de enseñanza: los hogares se convirtieron en aulas, el aislamiento reemplazó la interacción social y la virtualidad sustituyó -muchas veces sin preparación previa- a la presencialidad. Este tránsito obligó a los profesores a adaptarse a entornos digitales para los cuales buen número de ellos no estaban formados. En ese contexto, se desarrolló una notable capacidad de innovación pedagógica, rescatando saberes previos y construyendo nuevas competencias. Y este esfuerzo tuvo un costo emocional significativo que aún requiere ser reconocido y atendido.

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Nos dimos cuenta -unos más que otros- que la educación a distancia no cambia la realidad psico-social de nuestros estudiantes, y lo que sí cambió fue nuestra necesidad de contar  con nuevos recursos tecnológicos, de cámaras, de micrófonos, de luces, de espacios para grabar, el aprender a hacer fondos para la exposición, crear audiovisuales, el usar con mayor familiaridad el la tecnología digital. Los laboratorios, de  la escuela están bien, pero no todos teníamos acceso óptimo a internet, de electricidad permanente, ni los todos los recursos digitales… y se nos planteó el cómo acortar la brechas digitales.

De otra parte, algunos continuamos (una vez pasada la pandemia) sufriendo solitariamente en la búsqueda de soluciones a las dificultades en la preparación y diseño de las lecciones sincrónicas y asincrónicas; la soledad (“orfandad académica”) para resolver los diferentes problemas que se presentan sesión tras sesión; el cómo atender las consultas de padres de familia y estudiantes; luchar contra las limitaciones de las plataformas puestas en marcha sin previa evaluación de efectividad, y los escasos recursos tecnológicos de nuestros estudiantes, de nosotros y de algunas escuelas, entre otros. Estos factores causaron, por lo menos una desorientación y un desgaste emocional y mental a los profesores, y que no es asunto menor, pues repercute en nuestra salud emocional.

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A ello se sumó la presión constante de responder a estudiantes y familias, muchas veces sin horarios definidos, generando una sobrecarga laboral sostenida. Esta situación produjo desgaste emocional, desorientación y, en numerosos casos, una sensación de soledad profesional que impactó directamente en la salud mental del profesorado.

Tanto el cuerpo como la mente han sufrido las consecuencias del agotamiento por los factores que acompañaron la educación a distancia asumidas en circunstancias de la emergencia sanitaria. Más de un especialista ya nos advirtió sobre las consecuencias emocionales y mentales que tendría la responsabilidad laboral, la incertidumbre de la duración, el pánico y la ansiedad social, los problemas familiares propios, la alteración de sus costumbres relacionales, las carencias económicas, la sobresaturación de mensajes en las redes sociales, el compartir su espacio intrafamiliar con sus estudiantes, el abuso de consultas sin horario de atención, el confinamiento, … cambios que nos deben obligar a evaluar el estado psicológico, la salud emocional y mental de los profesores. Es bueno saber que  “la salud mental consiste en ser resistentes, en estar familiarizados con todo el abanico de emociones y en no tener miedo ante la incertidumbre y la inquietud.

Secuelas persistentes y “orfandad académica”
Incluso después de la etapa más crítica de la pandemia, algunos profesores continúan enfrentando secuelas: dificultades en la planificación, exigencias de modelos híbridos, incertidumbre institucional y escaso acompañamiento. Esta “orfandad académica” ha obligado a resolver problemas complejos de manera individual, incrementando el estrés y la fatiga emocional. Recordamos nuestras primeras lecciones de psicología pedagógica y gestión, sobre la importancia de aprender a aprender, y regular nuestras emociones, debido al alto riesgo de ansiedad, depresión y sentimientos encontrados entre la responsabilidad y los límites.

Salud Mental de los docentes – Las Buenas Prácticas

La pandemia no nos permitió planificar con esa anterioridad y cuidado con las que debe hacerse toda acción educativa. En no pocos lugares se continúa cumpliendo la tarea docente en condiciones de gran incertidumbre y en medio de una crisis que afecta a los tres agentes del proceso educativo. Los desafíos de la educación híbrida, en estas condiciones, plantea al docente la indagación de nuevos conocimientos, dominio técnico (casi perfecto) de los recursos tecnológicos digitales y las herramientas pedagógicas. Y ésta búsqueda, realizada a veces sin el apoyo de las autoridades y la comunidad, involucra necesariamente un impacto en su salud emocional y mental.

La salud mental como competencia profesional
En este contexto, debemos tener muy en claro que la salud mental es una competencia profesional clave. Lisa Damour lo expresa con claridad: “La salud mental consiste en sentir la emoción adecuada en el momento adecuado y en ser capaz de gestionarla”. Esto implica desarrollar habilidades de autorregulación, resiliencia y afrontamiento frente a la incertidumbre. Reconocer el malestar emocional y buscar apoyo especializado cuando sea necesario no es una debilidad, sino una práctica responsable y ética.

El bienestar docente no puede recaer únicamente en el esfuerzo individual. Es imprescindible que el Estado y las instituciones educativas garanticen condiciones laborales saludables, con políticas de acompañamiento psicológico, reducción de la sobrecarga y reconocimiento efectivo de la labor docente.  Del bienestar del profesorado depende la calidad del aprendizaje y el clima educativo. Cuidar al profesor es, por tanto, una inversión estratégica en educación. Si deseamos seguir en esta gran tarea de ser profesores debemos tener muy claro que “la salud mental consiste en sentir la emoción adecuada en el momento adecuado y en ser capaz de gestionarla” (Lisa Damour). 

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Los límites y la corresponsabilidad del entorno

A nivel personal, el docente necesita establecer límites claros que le permitan equilibrar su vida laboral y familiar. La adecuada distribución del tiempo, el descanso efectivo y la atención a sus relaciones personales son condiciones indispensables para sostener una práctica educativa saludable. Como afirmaba Aristóteles: “Educar la mente sin educar el corazón no es educación en absoluto”. El cuidado emocional no es accesorio, sino parte esencial de la tarea docente.

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Los profesores (responsables) nos convertimos en buscadores de nuevos conocimientos y mejores recursos didácticos, así como canalizadores autodidactas de nuestras emociones. Más de uno, con nuestros propios recursos, entusiasmo, creatividad, imaginación, … sabemos muy bien que seguiremos afrontando el desafío de continuar las lecciones mientras las escuelas no sean prioridad de las autoridades educativas.

Esta responsabilidad, realizada con tantos y tan notables esfuerzos, puede dejar una secuela negativa en la vida de algunos profesores Y deesto debe preocupar al Estado que, en no pocos lugares, “lo ha dejado a su suerte”.

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“Cuidar la salud mental de los docentes es una responsabilidad crucial de las autoridades  y del equipo directivo, ya que el bienestar de los mismos no solo influye en su propia calidad de vida, sino también en la experiencia de aprendizaje del alumnado. ¿Cómo crear un ambiente laboral saludable y promover la salud mental entre el equipo docente?

El estrés, la sobrecarga laboral, las demandas emocionales y las presiones de la vida cotidiana, pueden afectar significativamente la salud mental de los educadores. Por ende, es fundamental que las instituciones educativas y las autoridades pertinentes reconozcan la importancia de implementar estrategias efectivas para apoyar el bienestar psicológico de los docentes. (cf Instituto Raimon Gaja).

Debemos promover un entorno de trabajo que fomente la autonomía, el apoyo mutuo y el equilibrio entre vida laboral y personal es esencial para garantizar que todos los profesores puedan desempeñarse efectivamente, lo cual es un factor determinante, ya que el estado en el que se encuentran los docentes influirá en el alumnado. Por ello, le presentamos esta información para comprender de qué formas se puede cuidar la salud mental de los profesores. (IBIDEM)

Mirando al futuro

Quizá es preciso renunciar al paradigma de la eficiencia y la efectividad, para analizar el desempeño docente pasado el “encierro” y las clases virtuales luego de la pandemia. Es necesario revisar el bienestar emocional y mental de los profesores.

La pasada emergencia sanitaria, de confinamiento, de angustia, de miedos, de inseguridades, de indefiniciones de tiempo, de educación a distancia, … algo habrá dejado en la psiqué de cada uno de nosotros. Por eso consideramos que se hace necesario, no solo revisar los nuevos instrumentos tecnológicos, la IA y el ChatGPT, que hemos aprendido a manejar con mayor familiaridad, sino revisar también cómo está nuestro equilibrio emocional y salud mental, para darle el debido acompañamiento profesional y tratamiento, si fuera necesario.

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Necesitamos mantener relaciones positivas con los colegas, sentirse valorado en el entorno laboral y seguir con la formarse permanente, para fortalecer el compromiso profesional. En palabras de Antonio Rodríguez: “Somos lo que somos no por haber aprendido la tabla de multiplicar, sino por cómo hemos construido nuestro corazón emocional”. El profesor que se siente llamado a educar y desea hacerlo bien transmite sentido, motivación y humanidad en su enseñanza.

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Hemos demostrado una gran capacidad de adaptación y resiliencia, pero esta fortaleza no debe invisibilizar nuestras necesidades. Evaluemos periódicamente nuestra salud mental, para identificar señales de alerta y promover estrategias de prevención.

Un profesor emocionalmente sano no solo mejora su calidad de vida, sino que crea entornos educativos más positivos y efectivos. Y esta tarea no es una opción secundaria: es una condición indispensable para garantizar una educación de calidad y una sociedad más humana.

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Un profesor sano emocional y físicamente no solo se beneficia a sí mismo y su familia, sino también sus alumnos y la comunidad donde se realiza vocacionalmente. “Un docente con una salud mental fortalecida está en mejor posición para fomentar un ambiente educativo positivo, estimulante y compasivo, lo que repercute en un mejor aprendizaje y en el bienestar general de todos los involucrados en el proceso educativo.” (cit IRG).

Valoremos que hasta ahora, la inmensa mayoría de profesores, ha respondido cognitiva, creativa y “estoicamente” más allá de lo que se pensaba. La prevención necesita estar en los planes post pandémicos y saber que necesitamos profesores intelectualmente lúcidos y emocionalmente sanos.  

CONTINÚA EN LA PARTE II

Equilibrio emocional y la salud mental de los docentes (Parte II)

REDACCIÓN WEB DEL MAESTRO CMF

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