El filósofo y pedagogo español José Antonio Marina ha lanzado una advertencia sobre los riesgos de delegar nuestras capacidades intelectuales en la inteligencia artificial. Durante una entrevista para Tercer Acto, espacio de El País Semanal, el pensador reflexionó sobre el futuro de la educación, la transformación cultural y la creciente dependencia de las tecnologías digitales. Su preocupación no se centra únicamente en los avances de las máquinas, sino en lo que puede ocurrir con las personas cuando dejan de ejercitar su propia inteligencia. Marina considera que la humanidad podría encontrarse ante una nueva forma de dependencia, en la que los dispositivos realicen funciones mentales que antes exigían esfuerzo, conocimiento y reflexión.
La reflexión del filósofo parte de una preocupación más amplia: la posibilidad de que las nuevas generaciones pierdan una parte importante del patrimonio intelectual acumulado durante siglos. Marina reconoce que los jóvenes poseen numerosos conocimientos y están familiarizados con las innovaciones tecnológicas, pero advierte que esa preparación puede resultar insuficiente cuando se desconoce la historia de las ideas y de los descubrimientos. En su opinión, la insistencia en innovar, reformar y adaptarse a las últimas herramientas no debería desplazar el estudio de los conocimientos que hicieron posibles los avances actuales. El progreso tecnológico, sostiene su planteamiento, necesita una comprensión profunda de sus propios fundamentos.
El riesgo de perder la sabiduría acumulada durante generaciones
Uno de los aspectos más significativos de su intervención es la distinción entre disponer de información y comprender verdaderamente el conocimiento. Marina señala que la humanidad ha construido, durante un extenso proceso histórico, una sabiduría que no debería considerarse prescindible por la aparición de nuevas tecnologías. Para ilustrarlo, menciona el estudio de la historia de la ciencia, una disciplina que permite comprender cómo surgieron las teorías, qué problemas intentaron resolver y por qué determinados descubrimientos transformaron nuestra interpretación del mundo. Conocer únicamente los resultados más recientes no equivale a comprender los procesos intelectuales que los hicieron posibles, una diferencia especialmente relevante para la formación de las nuevas generaciones.
«En el caso de la inteligencia artificial es no importa que tu inteligencia no funcione, porque vas a estar conectado a un aparato de diálisis mental que va a hacer las funciones mentales por ti».
Esta preocupación adquiere especial importancia en los sistemas educativos, donde la incorporación de herramientas digitales suele presentarse como una condición necesaria para modernizar la enseñanza. Aunque la tecnología puede facilitar el acceso a materiales, ampliar las posibilidades de investigación y apoyar determinadas actividades, su presencia no garantiza por sí misma una mejora del aprendizaje. La innovación educativa necesita estar acompañada de conocimientos sólidos, pensamiento crítico y capacidad de análisis. Desde esta perspectiva, enseñar a utilizar aplicaciones inteligentes resulta insuficiente si los estudiantes no desarrollan las habilidades necesarias para evaluar sus respuestas, detectar errores y comprender los principios que explican aquello que están aprendiendo.
La cuestión también afecta al papel de la memoria, la lectura y el esfuerzo intelectual en la formación humana. Cuando una persona recurre permanentemente a sistemas automatizados para obtener respuestas, resumir información o resolver problemas, puede reducir las oportunidades de practicar determinadas habilidades cognitivas. Esto no significa que toda asistencia tecnológica provoque un deterioro intelectual, sino que sus consecuencias dependen de cómo se utilice. La diferencia fundamental está entre emplear una herramienta para ampliar el razonamiento y utilizarla para evitarlo. En educación, esa distinción obliga a reconsiderar actividades, evaluaciones y métodos de enseñanza para que la comodidad tecnológica no sustituya el aprendizaje auténtico.

La inteligencia artificial como una forma de dependencia mental
El momento más contundente de la intervención llega cuando Marina compara la dependencia de la inteligencia artificial con el funcionamiento de un tratamiento médico que sustituye temporalmente una función orgánica. El filósofo utiliza la diálisis como metáfora para explicar una situación en la que una persona continúa realizando actividades gracias a un sistema externo, aunque haya dejado de ejercer determinadas capacidades por sí misma. Su comparación no pretende establecer una equivalencia médica, sino advertir sobre el peligro de delegar completamente el pensamiento. La preocupación central es que los usuarios puedan acostumbrarse a recibir soluciones sin comprenderlas y, progresivamente, pierdan autonomía para enfrentarse a problemas nuevos.
«Creo que mi generación es posiblemente la última de las últimas que domina un tipo de cultura que se va a perder».
Marina resume esa advertencia mediante una expresión especialmente significativa: “Con la inteligencia artificial, no importa que tu inteligencia no funcione, porque vas a estar conectado a un aparato que va a hacer las funciones mentales por ti”. La afirmación forma parte de su reflexión sobre una posible dependencia tecnológica extrema. El filósofo no describe una consecuencia inevitable ni demuestra que utilizar inteligencia artificial produzca necesariamente una pérdida de capacidades. Su planteamiento presenta un riesgo que considera importante anticipar: cuando las decisiones, los razonamientos y las soluciones dependen exclusivamente de sistemas externos, la persona puede quedar en una posición de creciente subordinación intelectual.
Esta advertencia se relaciona con un debate más amplio sobre las adicciones digitales y los hábitos de consumo tecnológico. Aunque utilizar inteligencia artificial con frecuencia no constituye, por sí mismo, una adicción, el uso compulsivo de determinadas plataformas puede interferir con otras actividades y dificultar la autorregulación. En el ámbito educativo, resulta especialmente importante distinguir entre la utilización habitual de una herramienta y una relación problemática con ella. La dependencia intelectual y la adicción digital son fenómenos diferentes, aunque pueden compartir dificultades relacionadas con la autonomía y el control del comportamiento. Por ello, cualquier evaluación de sus efectos necesita considerar las circunstancias personales y los patrones concretos de utilización.
El desafío educativo: aprender a pensar sin renunciar a la tecnología
Las reflexiones de Marina sitúan a docentes, estudiantes y familias ante un desafío que va más allá de aprender a manejar nuevas aplicaciones. La inteligencia artificial puede contribuir a explicar conceptos, ofrecer ejercicios adaptados y facilitar la búsqueda de información, pero esas posibilidades requieren una orientación pedagógica adecuada. El objetivo educativo no debería limitarse a conseguir respuestas correctas, sino garantizar que los alumnos comprendan cómo se construyen y justifican esas respuestas. Esto supone conservar espacios para la lectura profunda, la argumentación, la resolución autónoma de problemas y la discusión razonada, incluso cuando existen herramientas capaces de producir resultados de manera inmediata.
El debate también alcanza a las decisiones que deberán adoptar las instituciones educativas sobre la integración de estos sistemas. Prohibir indiscriminadamente la inteligencia artificial puede impedir el aprovechamiento de recursos valiosos, mientras que incorporarla sin criterios pedagógicos puede favorecer prácticas superficiales de aprendizaje. Entre ambos extremos, resulta necesario establecer orientaciones claras sobre cuándo utilizarla, cómo verificar sus resultados y qué tareas deben realizarse mediante razonamiento propio. La alfabetización digital debe incluir la capacidad de cuestionar las respuestas de los algoritmos y reconocer sus limitaciones. Formar estudiantes tecnológicamente competentes exige, al mismo tiempo, fortalecer su independencia intelectual y su responsabilidad ante las decisiones que toman.
La advertencia de José Antonio Marina deja una reflexión de fondo sobre el futuro de la educación y de la sociedad: el verdadero progreso no consiste únicamente en desarrollar máquinas cada vez más inteligentes, sino en evitar que las personas renuncien a pensar por sí mismas. La inteligencia artificial representa una oportunidad para ampliar las capacidades humanas, siempre que su utilización no desplace la comprensión, el juicio crítico y la autonomía personal. Su intervención recuerda que la sabiduría acumulada por generaciones continúa siendo relevante en una época dominada por la innovación. El desafío consiste en aprovechar las posibilidades tecnológicas sin convertir la comodidad de obtener respuestas en una renuncia al ejercicio de la inteligencia.
Redacción: Web del Maestro CMF