Una docente de San Luis Potosí, México, expresó públicamente su inconformidad ante la manera en que algunos padres celebraron que sus hijos aprobaran el ciclo escolar 2020-2021 con una calificación mínima, incluso en casos donde no habían entregado tareas o evidencias suficientes. La maestra cuestionó que obtener un 6 o simplemente pasar de grado fuera considerado un triunfo cuando el estudiante no había demostrado el compromiso esperado con su aprendizaje. Su mensaje puso en discusión la responsabilidad de las familias, el esfuerzo de los alumnos y el valor real de las calificaciones, advirtiendo sobre las consecuencias de convertir el mínimo cumplimiento académico en un logro digno de celebración.
El planteamiento de la maestra se concentró especialmente en aquellos mensajes de padres y estudiantes que festejaban haber conseguido una calificación de 6 o haber avanzado de grado sin cumplir con las actividades escolares. “No celebren ese 6, ni la falta de evidencias”, sostuvo al referirse a una situación que, desde su perspectiva, iba mucho más allá de una cifra registrada en una boleta. Su preocupación central estaba en el mensaje educativo que podía transmitirse al estudiante cuando el mínimo esfuerzo terminaba siendo celebrado como un éxito, especialmente después de un ciclo en el que las condiciones excepcionales obligaron a flexibilizar diferentes procesos escolares.
La aprobación no siempre significa aprendizaje
La intervención puso sobre la mesa una diferencia fundamental que suele perderse cuando la discusión educativa se reduce exclusivamente a las calificaciones: aprobar un curso y aprender no son necesariamente equivalentes. Una nota permite registrar administrativamente el desempeño de un estudiante dentro de determinados criterios, pero no puede convertirse por sí sola en la única medida de su formación. La docente advirtió sobre el riesgo de normalizar el incumplimiento de tareas, la ausencia de evidencias y la escasa participación. Su crítica no estaba dirigida simplemente contra quienes obtenían bajas calificaciones, sino contra la celebración de resultados académicos desvinculados del compromiso y del aprendizaje alcanzado.
La situación debe entenderse además dentro del contexto excepcional de la educación remota durante la pandemia. Miles de familias tuvieron que enfrentar problemas económicos, tecnológicos y organizativos mientras las escuelas intentaban mantener el vínculo pedagógico a distancia. La propia maestra reconoció las dificultades existentes y explicó que algunos padres argumentaban no disponer de datos móviles suficientes para conectarse. Sin embargo, también cuestionó situaciones en las que observaba actividad en redes sociales mientras las actividades escolares quedaban pendientes. El acceso tecnológico fue una dificultad real, pero la docente consideraba que también existieron casos de falta de compromiso que no podían atribuirse únicamente a la conectividad.
En su mensaje también destacó que numerosos maestros tuvieron que asumir personalmente parte de los costos necesarios para mantener funcionando las clases virtuales. Internet, computadoras, teléfonos y otros recursos tecnológicos se convirtieron en herramientas indispensables para enseñar desde casa. La profesora relató incluso que su computadora sufrió una avería y que tuvo que buscar alternativas para continuar trabajando. La emergencia trasladó una parte importante de la infraestructura educativa al hogar de docentes y estudiantes, generando gastos y exigencias que no siempre estuvieron acompañados por los recursos institucionales necesarios. Para muchos profesores, enseñar dejó temporalmente de estar limitado por las paredes y los horarios tradicionales de la escuela.
Entre las principales situaciones señaladas por la docente durante aquel ciclo escolar estuvieron:
- Las extensas jornadas dedicadas a preparar clases, revisar actividades y atender consultas.
- El uso de internet y equipos tecnológicos personales para sostener la educación a distancia.
- La falta de entrega de tareas y evidencias por parte de determinados estudiantes.
- La necesidad de una mayor participación de las familias durante el proceso educativo.
- La preocupación por convertir una aprobación mínima, sin aprendizaje suficiente, en motivo de celebración.
Docentes que reclamaban reconocimiento y mejores condiciones
Otro de los puntos centrales fue la carga laboral que, según su testimonio, enfrentaron los educadores durante ese periodo. La profesora aseguró que llegó a trabajar entre 12 y 16 horas diarias y señaló que percibía cuatro mil pesos por quincena. Más allá de su situación particular, utilizó su experiencia para reclamar que las autoridades prestaran mayor atención a las condiciones en las que trabajaban los docentes. Preparar materiales digitales, impartir sesiones virtuales, responder mensajes, recibir evidencias y acompañar individualmente a los estudiantes convirtió la jornada escolar en una actividad que podía extenderse durante buena parte del día, especialmente mientras escuelas y familias aprendían a desenvolverse dentro de la educación remota.
La maestra también rechazó la idea de que toda la responsabilidad por los resultados académicos pudiera depositarse exclusivamente sobre los profesores. Desde su perspectiva, la educación requiere una participación conjunta de estudiantes, familias y docentes, cada uno con obligaciones diferentes pero complementarias. Los profesores pueden planificar, enseñar, acompañar y evaluar, pero el aprendizaje también necesita participación del estudiante y respaldo desde el hogar. “El proceso educativo es un trabajo tripartito entre padres, alumnos y maestros”, afirmó al pedir mayor congruencia entre las expectativas depositadas en la escuela y el compromiso que cada integrante de la comunidad educativa asume durante el proceso formativo.
Una discusión que va más allá de una calificación
El cuestionamiento de la docente permite ampliar la discusión hacia el significado que familias y escuelas otorgan a las notas. Una calificación baja no define por sí misma la capacidad de un estudiante, del mismo modo que avanzar de grado tampoco garantiza automáticamente que haya adquirido los conocimientos esperados. El verdadero desafío consiste en identificar qué aprendió, qué dificultades encontró y qué apoyos necesita para continuar progresando. En ese sentido, exigir responsabilidad académica no significa desconocer las circunstancias personales, económicas o emocionales que pueden afectar el desempeño, sino evitar que las dificultades terminen convirtiéndose en una aceptación permanente del incumplimiento o en una reducción de las expectativas educativas.
El mensaje difundido desde San Luis Potosí terminó convirtiendo una calificación de 6 en el símbolo de una discusión mucho más profunda sobre esfuerzo, responsabilidad, acompañamiento familiar y valoración del trabajo docente. La experiencia del ciclo 2020-2021 ocurrió bajo circunstancias extraordinarias y, por ello, cualquier análisis requiere reconocer tanto las dificultades de las familias como las de estudiantes y profesores. Sin embargo, la advertencia de la maestra conserva un punto central: el objetivo de la educación no debería limitarse a conseguir una nota que permita avanzar de grado. La prioridad debe ser que detrás de cada aprobación exista un proceso auténtico de aprendizaje, participación y crecimiento del estudiante.
Redacción: Web del Maestro CMF