Nayib Bukele, presidente de El Salvador desde 2019, se autodefinió en su cuenta de Twitter como “el dictador más cool del mundo mundial”. La frase, aparentemente irónica, ha sido interpretada como una manera de neutralizar las críticas internacionales y al mismo tiempo reforzar su imagen de líder joven, cercano y popular, distinto de la “vieja política”.
Sin embargo, detrás de este juego de marketing se esconde un proceso sostenido de concentración de poder que ha debilitado la democracia salvadoreña y que alcanza también al ámbito educativo.

De la popularidad al control absoluto
Bukele llegó al poder con un amplio respaldo electoral y en 2021 consiguió que su partido, Nuevas Ideas, junto a su aliado GANA, obtuviera mayoría calificada en la Asamblea Legislativa. Ese poder parlamentario le permitió remover jueces de la Sala de lo Constitucional y al Fiscal General, nombrando en su lugar a figuras afines. Con ello abrió el camino para la reelección presidencial, prohibida por la Constitución pero habilitada por los nuevos magistrados.
A lo largo de estos años, ha enfrentado cuestionamientos por el uso de militares en el Congreso, por ignorar fallos judiciales durante la pandemia, por cerrar la Comisión Internacional contra la Impunidad (CICIES) y por limitar el acceso a la información pública. Todo esto refleja un patrón de centralización del poder en torno a su figura.
Educación bajo el sello Bukele
Uno de los ámbitos más sensibles a estos cambios ha sido la educación, que se ha convertido en un instrumento de consolidación política. Bukele ha impulsado reformas disciplinarias y administrativas que, bajo el argumento de “modernización” y “orden”, refuerzan la imagen de control vertical.
Ejemplo de ello es la reciente imposición de reglas estrictas en las escuelas públicas: uniforme limpio, cortes de cabello adecuados, saludo respetuoso y control de la presentación personal de los estudiantes. Estas medidas, impulsadas por la ministra de Educación Karla Trigueros, han generado debate. Para algunos son una apuesta por la disciplina y los valores, mientras que para otros representan un retroceso hacia un modelo autoritario que prioriza la apariencia sobre el aprendizaje.
En paralelo, la narrativa oficial insiste en que la educación debe alinearse con la idea de “nueva sociedad” que promueve el presidente. Esto se traduce en un discurso que minimiza la necesidad de consensos pedagógicos amplios y prioriza las decisiones centralizadas del Ejecutivo.
El trasfondo político de la disciplina escolar
La pregunta de fondo es si estas reformas educativas buscan realmente mejorar la calidad del sistema o si se enmarcan en una estrategia de control social más amplio. Al igual que en la política general, donde Bukele ha reducido los contrapesos institucionales, en la educación parece consolidar un estilo que privilegia la obediencia y la uniformidad.
Las nuevas disposiciones —como el endurecimiento de la disciplina escolar y la vigilancia del comportamiento estudiantil— se presentan como medidas “eficaces”, pero también pueden leerse como un reflejo del mismo modelo que lo ha llevado a ser considerado un líder carismático con tendencias autoritarias.
El “dictador cool” frente a la comunidad internacional y educativa
La expresión “el dictador más cool del mundo mundial” revela la dualidad de Bukele: por un lado, un presidente que conecta con la juventud, utiliza las redes sociales con soltura y habla en un lenguaje cercano; por el otro, un gobernante que concentra poder, reduce libertades y ahora busca moldear la educación desde un enfoque disciplinario rígido.
En este contexto, la educación se convierte en un espejo de su estilo político: atractivo y popular en apariencia, pero cuestionado por organismos internacionales y por sectores que alertan sobre el debilitamiento de la democracia y la pérdida de autonomía de las instituciones educativas.
Tener en cuenta
La figura de Bukele como “dictador cool” no es solo un apodo irónico; es un signo de cómo el poder puede revestirse de modernidad y cercanía mientras avanza en prácticas autoritarias. En la educación, sus reformas muestran esa misma lógica: orden, control y disciplina por encima de consensos pedagógicos, participación ciudadana o innovación crítica.
En definitiva, lo que parece un gesto simpático en redes sociales encierra una pregunta seria para El Salvador: ¿se está construyendo un sistema educativo que forme ciudadanos libres y críticos, o uno que reproduzca la lógica de obediencia al poder concentrado en una sola figura?
Redacción | Web del Maestro CMF






