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La OMS llama la atención a los padres y advierte: los malos hábitos alimentarios en la infancia pueden tener consecuencias para toda la vida

Los padres desempeñan un papel fundamental en la prevención. La OMS advierte que una alimentación inadecuada durante la infancia puede afectar la salud y aumentar riesgos de enfermedades futuras.
La obesidad infantil ha mostrado un aumento preocupante, alcanzando una prevalencia del 18%. Actualmente, 160 millones de niños viven con obesidad, y se proyecta que para 2030 esta cifra podría superar los 250 millones.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha situado la obesidad infantil y adolescente entre los desafíos más importantes de la salud pública internacional. Desde su sede en Ginebra, Suiza, el organismo impulsa una respuesta mundial que combina prevención, atención sanitaria y políticas destinadas a transformar los entornos donde crecen los menores. La publicación de nuevas orientaciones sobre obesidad infantil, el 7 de octubre de 2026, se enmarca en una estrategia que busca frenar una enfermedad crónica y compleja. La preocupación no se limita al aumento del peso corporal, sino a sus consecuencias para la salud, el bienestar y la calidad de vida.

La dimensión del problema explica la urgencia de las medidas. En su plan de aceleración para detener la obesidad, publicado en 2023, la OMS recogió una proyección según la cual la obesidad entre personas de 5 a 19 años podría aumentar un 60 % durante la década y alcanzar los 250 millones de afectados en 2030. Se trata de una estimación, no de una cifra definitiva de casos actuales. El organismo también advierte que la obesidad ha dejado de ser un problema asociado exclusivamente con los países de ingresos altos y afecta cada vez más a poblaciones con recursos económicos limitados.

La OMS advierte sobre los riesgos de la obesidad infantil y destaca la importancia de una alimentación equilibrada, la actividad física y el compromiso familiar para prevenir enfermedades y proteger la salud de los niños a largo plazo.

La obesidad infantil no depende únicamente de los hábitos individuales

Uno de los aspectos centrales del enfoque de la OMS es reconocer que la obesidad constituye una enfermedad crónica y multifactorial, relacionada con factores biológicos, genéticos, psicológicos, sociales y ambientales. Aunque la alimentación y la actividad física influyen en su desarrollo, las decisiones individuales están condicionadas por las circunstancias en las que viven las familias. La disponibilidad de alimentos saludables, sus precios, la publicidad comercial y las oportunidades para realizar ejercicio pueden favorecer o dificultar una vida saludable. Por ello, responsabilizar exclusivamente a los niños o a sus padres simplifica un problema que exige intervenciones mucho más amplias.

La OMS identifica los llamados entornos obesogénicos como una de las principales dificultades para prevenir el aumento de peso perjudicial para la salud. Estos entornos se caracterizan por condiciones que favorecen el consumo de productos poco saludables y dificultan la actividad física cotidiana. La exposición constante a la publicidad alimentaria, las limitaciones económicas y la falta de espacios seguros para jugar o desplazarse activamente forman parte de los factores que deben abordarse mediante políticas públicas. El organismo sostiene que una respuesta efectiva requiere la participación coordinada de gobiernos, sistemas sanitarios, instituciones educativas, comunidades y sectores relacionados con la producción y comercialización de alimentos.

Las escuelas tienen un papel decisivo en la prevención

Las instituciones educativas ocupan un lugar importante dentro de las estrategias propuestas por la OMS. El organismo recomienda desarrollar políticas de alimentación y nutrición escolar que incluyan estándares para los alimentos ofrecidos, educación nutricional y condiciones que faciliten elecciones saludables. También plantea fortalecer las oportunidades de actividad física durante la jornada escolar y proteger a los estudiantes frente a prácticas comerciales que promuevan productos perjudiciales para su salud. La escuela puede contribuir a prevenir la obesidad desde edades tempranas, pero esta responsabilidad no debe convertirse en una carga exclusiva para los docentes ni sustituir las obligaciones de las autoridades sanitarias.

La prevención escolar necesita continuidad entre las políticas institucionales y las condiciones de vida de las familias. Una alimentación saludable resulta difícil de sostener cuando los productos nutritivos son costosos o poco accesibles. Del mismo modo, promover el movimiento requiere instalaciones adecuadas, espacios públicos seguros y oportunidades reales para practicar actividades físicas. La OMS propone que las autoridades educativas y sanitarias trabajen conjuntamente para promover hábitos saludables e identificar oportunamente a los niños que puedan necesitar atención profesional. Este enfoque también exige evitar la estigmatización del alumnado por su peso, respetar su dignidad y reconocer que cada estudiante presenta necesidades diferentes.

Las nuevas directrices establecen diferencias según la edad

Las orientaciones publicadas en octubre de 2026 incorporan recomendaciones específicas para la atención de niños y adolescentes que viven con obesidad. La OMS recomienda intervenciones estructuradas que integren alimentación, actividad física y cambios sostenibles de comportamiento, adaptadas a las necesidades individuales. Para menores de 10 años no recomienda medicamentos contra la obesidad, cirugía bariátrica ni dispositivos destinados a perder peso. En adolescentes de 10 a 19 años, determinados tratamientos farmacológicos pueden considerarse cuando los programas supervisados de modificación del estilo de vida no alcanzan los resultados esperados. La cirugía queda reservada para circunstancias estrictas de obesidad grave.

La magnitud de la situación también aparece reflejada en las cifras más recientes difundidas por la organización. En 2024, aproximadamente 170 millones de niños y adolescentes de entre 5 y 19 años vivían con obesidad, incluidos 70 millones de niños de 5 a 9 años y 100 millones de adolescentes de 10 a 19 años. La prevalencia mundial en este grupo pasó del 2 % en 1990 al 8 % en 2024, lo que representa una cuadruplicación. Estos datos confirman que el problema exige una respuesta sanitaria sostenida, con capacidad para ofrecer prevención, diagnóstico, tratamiento y seguimiento a largo plazo.

La salud emocional también forma parte del tratamiento

Las consecuencias de la obesidad infantil no se limitan a las complicaciones metabólicas o cardiovasculares. La OMS advierte que los menores afectados pueden experimentar discriminación, estigmatización y acoso escolar, situaciones capaces de deteriorar su autoestima y bienestar emocional. La ansiedad, la depresión y otras dificultades psicológicas también pueden relacionarse con comportamientos alimentarios perjudiciales, aislamiento social y menor actividad física. El tratamiento debe contemplar simultáneamente la salud física y mental, mediante estrategias respetuosas, inclusivas y apropiadas para cada etapa del desarrollo. La participación familiar y el acompañamiento profesional resultan fundamentales para evitar intervenciones que provoquen culpabilidad o sufrimiento adicional.

El plan internacional de la OMS plantea que los gobiernos deben intervenir sobre las condiciones que favorecen la obesidad y no limitarse a recomendar cambios individuales. Entre las principales medidas contempladas se encuentran:

  • Regular la publicidad de alimentos y bebidas dirigida a niños y adolescentes.
  • Promover políticas fiscales que favorezcan una alimentación saludable.
  • Mejorar el etiquetado nutricional y la información disponible para los consumidores.
  • Establecer estándares de alimentación saludable en los centros educativos.
  • Ampliar las oportunidades de actividad física y movilidad segura.
  • Fortalecer los servicios de prevención, diagnóstico y tratamiento desde la atención primaria.

Estas intervenciones buscan facilitar decisiones saludables y reducir desigualdades, especialmente entre las poblaciones con mayores dificultades económicas.

La respuesta internacional también requiere compromisos políticos, recursos suficientes y mecanismos para evaluar resultados. El plan de aceleración de la OMS contempla la colaboración de 28 países inicialmente seleccionados para impulsar intervenciones prioritarias, entre ellos Chile, Perú, Argentina, Brasil y México. La estrategia establece objetivos de seguimiento hasta 2030 y promueve la cooperación entre autoridades sanitarias, educativas y otros sectores. La obesidad infantil no puede abordarse únicamente desde los consultorios médicos ni mediante recomendaciones dirigidas a las familias. Su prevención y tratamiento exigen transformar las condiciones sociales que influyen en la salud, garantizar atención oportuna y proteger el bienestar integral de las nuevas generaciones.

Redacción: Web del Maestro CMF

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