La educación latinoamericana enfrenta un desafío estructural que combina desigualdad histórica y una creciente presión social derivada del avance del crimen organizado. El sociólogo y académico chileno José Joaquín Brunner advierte que “la competencia de las escuelas son el crimen organizado y el narco”, una afirmación que resume la gravedad del escenario actual. La entrevista fue realizada por la periodista Noor Mahtani y publicada en El País el 30 de mayo de 2024.
Desigualdad estructural: el problema comienza en la primera infancia
Brunner sostiene que la desigualdad educativa no se corrige en la universidad, sino en los primeros años de vida. A los tres años ya es posible predecir qué porcentaje de niños no llegará a la educación superior, dependiendo de su contexto social y familiar.
El académico insiste en que sin una inversión sólida en educación temprana de alta calidad, la desigualdad se reproduce generación tras generación. Salas cuna y jardines infantiles con estándares exigentes, grupos reducidos y profesionales altamente formadas son, a su juicio, la herramienta más eficaz para romper el ciclo de exclusión.
Además, cuestiona la distribución del gasto educativo en la región. No basta con invertir más del 4% del PIB si los recursos no se orientan estratégicamente hacia los sectores más vulnerables y los tramos más decisivos del desarrollo infantil.
Privatización: el desafío no es el modelo, sino la calidad
Frente a la crítica frecuente sobre la alta privatización en América Latina, Brunner plantea una mirada matizada. El sistema mixto no es en sí mismo un problema; el verdadero desafío es asegurar calidad y regulación rigurosa en todas las instituciones, sean públicas o privadas.
La expansión de la matrícula, especialmente en educación superior, ha permitido ampliar el acceso, pero también ha generado heterogeneidad en estándares académicos. Sin sistemas de acreditación exigentes y supervisión estatal efectiva, el crecimiento puede convertirse en precarización educativa.
Pandemia y déficits persistentes
La crisis sanitaria profundizó las brechas existentes. Entre un 10% y un 50% de estudiantes no tuvo procesos de aprendizaje relevantes durante la pandemia. Para Brunner, el impacto tendrá efectos prolongados y algunos déficits podrían ser irreversibles.
La falta de conectividad y las condiciones desiguales de acceso a educación remota dejaron una generación con rezagos académicos y emocionales significativos. La desigualdad se volvió más visible, pero también más compleja de revertir.
El crimen organizado como nuevo polo de atracción
El punto más alarmante del diagnóstico es el avance del narcotráfico en comunidades vulnerables. La escuela compite hoy con organizaciones que ofrecen ingresos inmediatos, pertenencia y reconocimiento social a adolescentes de 11 o 12 años.
Brunner advierte que los gobiernos han reaccionado tarde. Existían precedentes en otros países de la región, pero la prevención no fue suficiente. Ya no se trata solo de abandono escolar por pobreza, sino de una disputa directa por el proyecto de vida de los jóvenes.
Estas organizaciones no solo reclutan, también construyen redes comunitarias paralelas. Ese fenómeno debilita el rol formativo de la escuela y pone en riesgo la cohesión social.
Una vitalidad que aún persiste
Pese al diagnóstico crítico, Brunner reconoce que existe energía y compromiso en el sistema educativo latinoamericano. Las escuelas no están vacías de capacidades; lo que falta es una estrategia coherente y sostenida para combatir la desigualdad desde su origen.
El desafío central es decidir si la educación será realmente el instrumento principal de movilidad social o si continuará reflejando y ampliando las brechas estructurales de la región.
Redacción | Web del Maestro CMF | Fuente: El País






