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Christopher Day: cómo ser un buen director de escuela

Un docente efectivo impulsa el aprendizaje real; uno empobrecido lo limita. La diferencia puede equivaler a un año de progreso o retraso, evidenciando que la calidad docente impacta directamente en los resultados.

Christopher Day es un destacado académico y profesor de educación británico, reconocido internacionalmente por sus investigaciones sobre el liderazgo escolar, la formación docente, el desarrollo profesional y el compromiso de los profesores, especialmente en contextos vulnerables. Es profesor emérito de la Universidad de Nottingham.

Fue invitado a la Facultad de Educación por los profesores Daniela Véliz y Paulo Volante, el académico de la Universidad de Nottingham se reunió con directores de escuelas de todo el país que cursan el Programa de Liderazgo Escolar UC. 

Christopher Day, profesor de Educación de la Universidad de Nottingham, Reino Unido, y coordinador del Centro de Investigación sobre Liderazgo y Gestión de la Educación (CRELM), se reunió con los alumnos del programa de Liderazgo Escolar de la Facultad de Educación UC y repasó con ellos las claves para ser un buen director de escuela y lo que la investigación internacional sostiene al respecto.


Day, invitado a la UC por los profesores Daniela Véliz y Paulo Volante, recordó que el liderazgo es el segundo efecto en importancia en el aprendizaje del alumno.  “El efecto es indirecto hacia los estudiantes, pero directo hacia el profesor”, precisó. Además explicó que los directores se desempeñan en contextos desafiantes. “Tienen que mantener estándares de aprendizaje y aumentar la equidad entre todos los alumnos, y todo esto en un contexto cambiante, donde no hay estabilidad económica ni social. (…) Ser director de escuela es un desafío permanente, un compromiso a ayudar a todos los alumnos a ser lo mejor que puedan llegar a ser”, sostuvo.


El experto afirmó que las escuelas deben lograr los mejores aprendizajes para todos. “No importa cuán desigual sea el mundo allá afuera, en tu escuela debe haber igualdad de oportunidades de aprendizaje para todos”, sentenció. Dey definió al director exitoso como aquel que logra el mejoramiento académico no sólo en las pruebas, exámenes y mediciones estandarizadas, sino también en los valores y en la formación ciudadana de los alumnos. “Que la escuela le entregue al estudiante un valor agregado en estas variables, que sea mayor a que si no hubiera asistido a ese establecimiento”, señaló.

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El profesor de la Universidad de Nottingham también enfatizó que la mejora escolar no sucede de la noche a la mañana, sino que tarda entre 5 a 7 años en cristalizar y mostrar todo su potencial.
Además señaló que la confianza es esencial para la distribución progresiva y efectiva del liderazgo y que delegar no es lo mismo que distribuir el liderazgo. “Quien delega siempre mantiene el control y la rendición de cuentas. Pero un buen director distribuye, ya que confía en su equipo y entorno humano. Un buen director promueve una actitud positiva hacia el cambio, la innovación y el riesgo controlado”, precisó.

Pasos de la mejora escolar


Más adelante, Christopher Day enumeró los pasos o fases de la mejora escolar.  La fase uno es la fundacional, cuando el director y la comunidad escolar perciben el desafío, y deciden enfrentarlo. El paso dos consiste en el desarrollo del proyecto de innovación y mejora. El tres es el enriquecimiento del proyecto, generalmente a través de la retroalimentación. Y el paso cuarto o final consiste en la renovación de las prácticas al interior del sistema. “Por lo general, toda intervención parte con dos factores: hacer que el ambiente de la escuela sea seguro, más seguro que en el entorno social al menos, y mejorar la asistencia de los alumnos. No se puede mejorar el aprendizaje si no se mejora la asistencia”. explicó.

Es importante identificar a los profesores que lo hacen bien de aquellos que necesitan apoyos especiales para su aula.

Un buen director debe saber construir las capacidades que su comunidad requiere o carece, agregó. “Es importante identificar a los profesores que lo hacen bien de aquellos que necesitan apoyos especiales para su aula. La diferencia entre un profesor efectivo versus uno empobrecido es que el estudiante aprende la mitad en el lapso de un año. La diferencia es de un año de progreso o retraso entre los estudiantes, y de allí su importancia”, declaró.

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La diferencia que define el aprendizaje: el impacto real del docente en el progreso estudiantil

Hablar de calidad educativa sin abordar el rol del docente es, sencillamente, incompleto. Existe una realidad incómoda pero ineludible: la diferencia entre un profesor efectivo y uno empobrecido puede representar hasta un año completo de aprendizaje en un estudiante. Esta afirmación no es una exageración, sino una evidencia que obliga a replantear el enfoque sobre la enseñanza y su impacto acumulativo.

Un profesor efectivo no solo transmite contenidos, sino que genera progreso real, sostenido y significativo. Sus estudiantes avanzan conforme a lo esperado, e incluso pueden superar los niveles proyectados. En contraste, un docente con prácticas empobrecidas provoca un avance limitado, fragmentado o superficial, lo que deriva en un rezago que se acumula con el tiempo. Este desfase no es menor: equivale a perder oportunidades de aprendizaje que difícilmente se recuperan en etapas posteriores.

El efecto acumulativo del rezago educativo

El aprendizaje no es un proceso aislado por años, sino una construcción progresiva. Cada contenido nuevo se apoya en conocimientos previos, por lo que cuando un estudiante no consolida bases sólidas, arrastra debilidades que se amplifican con el tiempo. Un año de retraso no se queda en ese año, sino que condiciona el rendimiento futuro, afecta la motivación y limita la comprensión de contenidos más complejos.

En este contexto, el impacto del docente se vuelve determinante. No todos los estudiantes parten desde el mismo punto, pero la calidad de la enseñanza puede acortar o ampliar esas brechas. Un profesor efectivo identifica dificultades, ajusta estrategias y acompaña el proceso de aprendizaje, mientras que uno empobrecido tiende a reproducir prácticas sin considerar las necesidades reales del grupo.

Qué caracteriza a un docente efectivo

La efectividad docente no depende únicamente del dominio del contenido, sino de una combinación de competencias pedagógicas que se traducen en resultados concretos. Un docente efectivo se distingue por la claridad en sus explicaciones, la organización de sus clases y la capacidad de hacer comprensible lo complejo. No improvisa sin sentido, sino que estructura el aprendizaje de manera progresiva y coherente.

Además, la retroalimentación oportuna y específica es una de sus herramientas clave. No se limita a evaluar, sino que orienta, corrige y guía al estudiante hacia la mejora. Este tipo de intervención permite que el error se convierta en una oportunidad de aprendizaje y no en un obstáculo.

Otro elemento fundamental es la gestión del aula. Un ambiente ordenado, respetuoso y enfocado en el aprendizaje maximiza el tiempo efectivo de trabajo. El docente efectivo entiende que enseñar no es solo explicar, sino también crear condiciones para que el aprendizaje ocurra.

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El rol de las expectativas en el rendimiento estudiantil

Uno de los factores menos visibles, pero más influyentes, es la expectativa del docente sobre sus estudiantes. Cuando un profesor cree en la capacidad de sus alumnos, actúa en consecuencia y eleva el nivel de exigencia con sentido pedagógico. Esto impacta directamente en el rendimiento, ya que los estudiantes responden a las expectativas que perciben.

Por el contrario, las bajas expectativas generan prácticas simplificadas, menor desafío cognitivo y una enseñanza limitada, lo que termina confirmando el bajo rendimiento esperado. Así, el problema no es solo de capacidad del estudiante, sino de la calidad de las oportunidades de aprendizaje que se le ofrecen.

De la práctica empobrecida a la enseñanza transformadora

Un docente empobrecido no necesariamente carece de intención, pero sí presenta limitaciones en su práctica. La repetición mecánica, la falta de adaptación, la escasa retroalimentación y la débil gestión del aula son señales claras de una enseñanza que no logra generar impacto. Estas prácticas no solo reducen el aprendizaje, sino que desmotivan y desconectan al estudiante del proceso educativo.

Superar esta condición implica un cambio profundo. La mejora docente no pasa por acumular recursos, sino por transformar la forma de enseñar. Esto exige reflexión constante, actualización pedagógica y una disposición real a cuestionar las propias prácticas.

Una responsabilidad que no puede relativizarse

Reconocer el impacto del docente no busca culpabilizar, sino visibilizar una responsabilidad central en el sistema educativo. El profesor es un agente clave en la equidad educativa, ya que puede compensar desigualdades o, por el contrario, profundizarlas.

La idea de que un estudiante puede avanzar o retroceder un año completo según el docente que tenga no debe interpretarse como una amenaza, sino como una oportunidad. Invertir en la mejora de la práctica docente es una de las decisiones más efectivas para elevar la calidad educativa.

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Reflexión final para la práctica docente

Aceptar esta realidad implica asumir un compromiso profesional más exigente. Cada clase tiene un impacto real en el progreso del estudiante, y cada decisión pedagógica suma o resta en su trayectoria. No se trata de ser perfecto, sino de ser consciente del efecto que se genera en el aula.

La diferencia entre enseñar y transformar está en la calidad de la práctica. Y en educación, esa diferencia puede equivaler a un año completo en la vida de un estudiante.

Redacción | Web del Maestro CMF | Fuente: UC



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