En una entrevista del programa Rompiendo Límites, conducido por Yuri Mendoza, la psicoterapeuta gestalt Ana María Arizti lanzó una frase que no dejó indiferente a nadie: “Si quieres perder a tu hijo, dale un celular”. La especialista, con más de veinte años de experiencia trabajando con padres de adolescentes, no hablaba desde la exageración mediática, sino desde la práctica clínica y la observación directa de los efectos que el uso desregulado del teléfono móvil puede tener en la vida familiar.
Su planteamiento es claro: el celular no es un simple dispositivo de entretenimiento, sino una puerta abierta a un entorno digital que los padres no controlan completamente. Y esa falta de control —sumada a la sobreexposición temprana— puede afectar la salud emocional, la comunicación familiar y el desarrollo psicológico de los adolescentes.
Pantallas sin supervisión: el riesgo invisible
Arizti advierte que el problema no radica únicamente en el contenido explícitamente dañino, sino en la dinámica que se genera. “Me descuidé cinco minutos”, explica, y en ese lapso el algoritmo puede haber mostrado violencia, pornografía o contenidos inapropiados. Aunque existan controles parentales, ningún filtro es absoluto.
Diversos estudios en psicología del desarrollo han demostrado que los algoritmos de redes sociales priorizan contenido altamente estimulante. Este tipo de estímulo constante activa circuitos dopaminérgicos asociados al placer inmediato, lo que puede favorecer conductas adictivas. La especialista lo describe de manera directa: “Empiezan a volverse muy ansiosos, súper adictos. Lo que antes les emocionaba, ahora ya no”.
La consecuencia no es solo tecnológica, sino emocional: los adolescentes pueden perder interés en actividades presenciales, disminuir su tolerancia a la frustración y aislarse progresivamente.
El aburrimiento como motor de creatividad
Uno de los puntos más relevantes de la reflexión de Arizti es la defensa del aburrimiento. En una cultura donde el silencio y la inactividad parecen intolerables, la especialista sostiene que el aburrimiento es una condición necesaria para el desarrollo creativo.
“Si un adolescente se aburre, va a desarrollar una gran capacidad de inventiva. Es cuando nace la creatividad”, afirma. Desde la neurociencia, esta afirmación tiene sustento: cuando el cerebro no está sobreestimulado, activa redes asociadas a la imaginación y al pensamiento reflexivo (como la llamada red neuronal por defecto).
Sin embargo, cuando cada momento de vacío se llena con una pantalla, esa capacidad disminuye. El adolescente deja de imaginar, explorar o crear, porque el dispositivo provee estímulo constante y recompensa inmediata.
Adolescencia, aislamiento y pantallas
La adolescencia ya es, por naturaleza, una etapa de repliegue interior. Los jóvenes comienzan a cuestionarse, a diferenciarse de los padres y a construir identidad. Arizti subraya que, en este contexto, la pantalla puede intensificar el distanciamiento emocional.
“De por sí la edad adolescente es muy difícil. Empiezan a encerrarse mucho en sí mismos. No te quieren contar muchas cosas. Y si a eso le sumas una pantalla, mucho menos”, advierte.
El problema no es únicamente el tiempo de uso, sino la sustitución de la conversación por la conexión digital. Cuando el celular ocupa el lugar del diálogo, la familia pierde un espacio esencial de encuentro.
¿Demonizar o regular?
La especialista no propone eliminar la tecnología, sino recuperar el rol activo de los padres. La clave no está en prohibiciones extremas, sino en reglas claras, supervisión consciente y, sobre todo, presencia real.
El celular no es el enemigo en sí mismo. El riesgo surge cuando se convierte en sustituto de la convivencia, del acompañamiento y del límite. En palabras de Arizti, la relación es más importante que la norma. Si la relación se debilita, el dispositivo termina ocupando ese vacío.
Una advertencia que interpela
La frase “Si quieres perder a tu hijo, dale un celular” no debe leerse como una condena absoluta a la tecnología, sino como una advertencia sobre la negligencia digital. En un contexto donde los dispositivos llegan cada vez a edades más tempranas, el desafío no es solo técnico, sino educativo y emocional.
La pregunta de fondo no es si los adolescentes deben tener celular, sino cómo, cuándo y bajo qué condiciones. Y, sobre todo, si los adultos están dispuestos a acompañar activamente ese proceso.
Porque el verdadero riesgo no es el aparato en sí, sino que, mientras la pantalla brilla, la conversación se apague.
Redacción | Web del Maestro CMF