La entrevista publicada en Periodismo Puro y firmada por Jorge Fontevecchia presenta una de las reflexiones más incómodas y provocadoras de Pino Aprile, periodista y escritor italiano nacido en Gioia del Colle en 1950, cuya trayectoria ha dejado una huella profunda en el panorama cultural y político de su país. Reconocido por su mirada crítica sobre las estructuras de poder y los mecanismos sociales que perpetúan la ignorancia, Aprile propone una tesis inquietante sobre la vida colectiva, la inteligencia y la mediocridad organizada. Su planteamiento no busca agradar, sino cuestionar. Parte de una idea fuerte: la estupidez no sería un accidente marginal en la vida social, sino una pieza funcional dentro del orden establecido, una condición que no solo persiste, sino que muchas veces es favorecida por el propio sistema.
La frase que da título a esta reflexión resume el corazón de su postura. El inteligente abre caminos, crea, descubre, transforma y amplía las posibilidades humanas. Pero quien conserva, repite y administra esos logros no necesariamente comprende su profundidad. Allí aparece la metáfora del fósforo y el fuego. Uno inventa; otro usa. Uno expande los límites; otro aprovecha lo ya conquistado. Aprile sugiere que en esa tensión se juega una parte importante de la historia humana y también del funcionamiento de las instituciones.
La provocación de Pino Aprile y el papel estructural de la estupidez
Uno de los aportes más provocadores de la entrevista es la idea de que la estupidez no debe entenderse solo como una carencia individual, sino como una fuerza estructural. Aprile sostiene que, si fuera completamente perjudicial para la especie, ya habría sido eliminada por la evolución. Sin embargo, permanece, se expande y, en ciertos contextos, incluso parece fortalecerse. Esa permanencia lo lleva a pensar que cumple una función dentro de la organización humana.
Esta afirmación resulta perturbadora porque rompe con una expectativa muy arraigada: la de creer que las sociedades avanzan únicamente gracias a la inteligencia, la lucidez y la capacidad crítica. Aprile no niega el valor de la inteligencia. Lo que hace es mostrar que el progreso y la conservación no siempre marchan al mismo ritmo, y que las comunidades suelen reaccionar con hostilidad frente a quienes se adelantan demasiado. Lo nuevo incomoda. Lo brillante desordena. Lo independiente desestabiliza. Por eso, muchas veces, el sistema tolera la crítica solo hasta cierto punto.
La sociedad como jerarquía y el temor al que piensa demasiado
Aprile insiste en que el ser humano es un animal social y que toda comunidad crea jerarquías para sostenerse. A partir de ahí, desarrolla una tesis dura pero sugerente: la estupidez sirve para conservar esas jerarquías, mientras que la inteligencia excesivamente libre o independiente puede ser vista como una amenaza. No se trata solo de una crítica a los individuos mediocres, sino al modo en que los grupos humanos reaccionan frente a quien altera el equilibrio establecido.
Esta idea tiene una enorme fuerza para pensar la educación. En muchos espacios escolares, aunque se proclame la importancia del pensamiento crítico, todavía se premia con más facilidad la obediencia que la reflexión profunda. El estudiante que repite sin cuestionar suele ser más manejable que el que pregunta demasiado. Del mismo modo, en algunas instituciones, el docente que se ajusta sin resistencia a rutinas ineficientes puede resultar más aceptable que aquel que interpela prácticas obsoletas o exige transformaciones de fondo.
Aquí aparece una advertencia valiosa para el mundo educativo. Formar personas críticas no consiste solo en enseñar contenidos complejos, sino en crear ambientes donde pensar distinto no sea castigado. Cuando una institución solo admite la obediencia, la inteligencia empieza a ser tratada como problema, no como promesa.
La violencia como herramienta del incapaz de argumentar
Otro punto central de la entrevista es la relación entre estupidez y violencia. Para Aprile, la violencia aparece cuando faltan argumentos. Quien no puede convencer intenta imponer. Quien no puede debatir, silencia. Quien no puede sostener una idea con razones recurre a la fuerza, a la intimidación o al aplastamiento simbólico del otro.
Esta observación tiene una resonancia poderosa en el ámbito escolar. La violencia no siempre adopta formas físicas. También puede aparecer como humillación, burla, autoritarismo, desprecio, etiquetamiento o indiferencia institucional. Toda práctica que anule la palabra del otro en vez de confrontarla con razones revela una pobreza ética e intelectual. Desde esa mirada, educar para la convivencia democrática implica enseñar a disentir sin destruir, a argumentar sin agredir y a defender ideas sin necesidad de aplastar personas.
Para los docentes, este punto es especialmente importante. La autoridad pedagógica no puede confundirse con imposición ciega. Una autoridad legítima es la que orienta, explica, contiene y exige con sentido. Cuando la escuela sustituye la reflexión por el miedo, produce sumisión, no formación.
El éxito rápido, la simplificación y la pérdida de profundidad
Aprile también reflexiona sobre la cultura de la aceleración. Sostiene que los grandes avances de la humanidad necesitan tiempo para ser asimilados y convertirse en patrimonio común. Cuando todo se acelera demasiado, aparece una fractura: una parte avanza y otra se resiste, se desconecta o responde con rechazo. La velocidad excesiva no siempre produce desarrollo; a veces produce simplificación, reacción defensiva y empobrecimiento del juicio.
Esta observación resulta especialmente útil para los docentes en tiempos marcados por la inmediatez digital, la sobreinformación y la ansiedad por resultados rápidos. En educación, no todo aprendizaje significativo puede comprimirse. Comprender, elaborar, contrastar ideas, argumentar y construir criterio requieren tiempo. Una escuela que se somete por completo a la lógica de la rapidez corre el riesgo de premiar respuestas inmediatas y castigar procesos más lentos, pero más profundos.
El problema no es la tecnología en sí misma, sino el modo en que puede reforzar hábitos mentales superficiales. Si todo debe resolverse de inmediato, la paciencia intelectual se debilita. Y con ella se debilita también la capacidad de pensar con complejidad.
La recompensa del conformismo y el castigo de la lucidez
Una de las afirmaciones más inquietantes de Aprile es que los obedientes, previsibles y conformistas suelen ser mejor recompensados que los críticos o creativos. Según su razonamiento, esto ocurre porque el conformista se adapta mejor a las estructuras de poder. No interrumpe. No incomoda. No exige revisión de las reglas. Su conducta facilita la continuidad del sistema.
En términos educativos, esta mirada obliga a una autocrítica. La escuela dice valorar la creatividad, pero muchas veces estructura sus prácticas para premiar la repetición. Dice formar ciudadanos críticos, pero a veces se incomoda cuando un estudiante cuestiona con fundamento. Existe el riesgo de que el discurso pedagógico exalte la autonomía mientras la práctica cotidiana siga recompensando la obediencia acrítica.
Esto no significa que toda norma sea opresiva ni que toda disciplina sea negativa. Significa algo más preciso: la educación debe distinguir entre formar hábitos y anular el pensamiento. Una escuela seria necesita orden, pero ese orden no puede construirse al precio de vaciar la curiosidad, la discrepancia argumentada y la libertad intelectual.
La inteligencia al servicio de la estupidez
Aprile introduce una idea especialmente dura: muchos avances producidos por personas brillantes terminan siendo usados por otros con fines destructivos o degradantes. La historia ofrece múltiples ejemplos de descubrimientos científicos, logros culturales o innovaciones técnicas que luego fueron apropiados por lógicas de dominación, guerra o manipulación. El problema, entonces, no es solo inventar, sino preguntarse para qué y en manos de quién termina lo inventado.
Para el campo educativo, esta advertencia es fundamental. No basta con enseñar a producir conocimiento; también hay que enseñar a usarlo con responsabilidad ética. La inteligencia sin conciencia puede convertirse en herramienta de daño. La competencia sin criterio moral puede fortalecer injusticias. La información sin juicio crítico puede alimentar propaganda, manipulación y fanatismo.
Por eso, la tarea docente no debería reducirse a transmitir saberes. También debe ayudar a formar conciencia sobre el uso social del conocimiento. Educar no es solo hacer personas capaces, sino personas responsables.
Redes sociales, algoritmos y banalización del juicio
Otro tema desarrollado en la entrevista es el papel de los algoritmos y las plataformas digitales. Aprile subraya que los instrumentos no son responsables por sí mismos, pero sí pueden amplificar prejuicios, simplificaciones y lógicas de irresponsabilidad. Cuando una decisión se atribuye al algoritmo, el ser humano puede intentar esconderse detrás de la máquina. Así, la tecnología deja de ser una herramienta transparente y pasa a funcionar como coartada.
Este punto es crucial para los docentes de hoy. La alfabetización contemporánea ya no puede limitarse a leer y escribir en el sentido tradicional. También debe incluir la capacidad de interpretar críticamente entornos digitales, reconocer sesgos, cuestionar la viralidad y distinguir entre popularidad y verdad. La escuela tiene que enseñar a los estudiantes a no aceptar como legítimo todo lo que circula con rapidez o todo lo que aparece como tendencia.
En un contexto donde los discursos simplistas suelen imponerse por impacto emocional, la educación tiene una misión irrenunciable: recuperar la complejidad, la pausa y la argumentación.
Democracia, pensamiento crítico y el riesgo de la imbecilidad institucionalizada
Aprile advierte que cuando una comunidad funciona solo con reglas impuestas y sin confrontación, estamos frente a un sistema donde la crítica se vuelve sospechosa. En ese escenario, la inteligencia deja de ser una virtud pública y empieza a tratarse como una amenaza. Esta observación no debe leerse solo en clave política general. También interpela directamente a la vida escolar.
Una institución educativa se degrada cuando deja de escuchar, cuando castiga la pregunta, cuando burocratiza el sentido común y cuando conserva normas ineficientes por simple inercia. La imbecilidad institucionalizada no siempre se manifiesta con gritos; a veces aparece en la rutina absurda, en la regla sin propósito, en el trámite inútil o en la resistencia sistemática al cambio sensato.
Para los docentes, reconocer ese fenómeno es esencial. No para caer en el pesimismo, sino para asumir que educar también implica defender espacios de deliberación, escucha y mejora permanente. Una escuela democrática no es la que carece de autoridad, sino la que usa la autoridad para sostener el pensamiento, no para sofocarlo.
Una lectura necesaria para el mundo educativo
La entrevista de Pino Aprile, publicada en Periodismo Puro y realizada por Jorge Fontevecchia, incomoda porque no ofrece consuelo fácil. Su mirada es dura, a veces extrema, pero precisamente por eso obliga a pensar. No propone una celebración de la inteligencia aislada ni una condena simple de la mayoría. Lo que pone sobre la mesa es una tensión permanente entre creación y conservación, crítica y obediencia, lucidez y poder.
Para los docentes, esta reflexión es especialmente valiosa. La escuela no debería limitarse a adaptar estudiantes al sistema tal como está, sino ayudarles a comprenderlo, cuestionarlo y mejorarlo. Si la educación renuncia a formar criterio, termina produciendo sujetos dóciles. Si renuncia a la exigencia intelectual, empobrece la vida democrática. Y si renuncia a la ética, corre el riesgo de formar capacidades sin humanidad.
La gran lección de esta entrevista no está en aceptar literalmente cada afirmación de Aprile, sino en asumir el desafío que plantea. Una sociedad que castiga a quienes piensan demasiado se vuelve más frágil, aunque parezca más ordenada. Por eso la tarea educativa sigue siendo decisiva: formar personas capaces de comprender, dialogar, disentir y crear sin convertirse en piezas obedientes de una maquinaria que prefiere la repetición antes que la conciencia.
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