Diversas investigaciones y reportes recientes coinciden en señalar un aumento de comportamientos disruptivos, violentos o emocionalmente inestables en estudiantes, docentes y familias dentro del entorno escolar, fenómeno que es un remanente -en algunos casos- de la pandemia de COVID-19. Este escenario no puede interpretarse como una tendencia pasajera ni como simples “problemas de disciplina”, sino como la manifestación visible de tensiones profundas relacionadas con la salud mental y psicosocial: experiencias de duelo, incertidumbre prolongada, ruptura de rutinas familiares y escolares, aislamiento social, ansiedad y sobreexposición digital. En este contexto, el psiquiatra y educador Paolo Crepet advierte que “los jóvenes expresan con su conducta aquello que el mundo adulto no ha sabido escuchar ni contener”, recordándonos que las dificultades emocionales de niños y adolescentes suelen reflejar también fragilidades en el entorno familiar y social.
Si bien los medios de comunicación -sobre todos la invasión de información por las redes sociales- suelen amplificar episodios extremos que pueden generar una percepción distorsionada de la realidad escolar, lo cierto es que existe un consenso creciente en el campo educativo: la salud mental y emocional se ha convertido en un factor decisivo para el aprendizaje. Como señala el reconocido educador y autor Ken Robinson, “la educación no ocurre en el vacío; ocurre en seres humanos con emociones, historias y contextos que influyen profundamente en su capacidad de aprender”. Esto implica reconocer que el bienestar emocional de los estudiantes está estrechamente vinculado con el clima familiar y con la estabilidad psicosocial de los padres, así como con el ambiente relacional que se construye en la escuela.
Profesores capacitados y apoyados por directores responsables
Por ello, las instituciones educativas y los profesores están llamadas a convertirse en espacios protectores y promotores del bienestar socioemocional. Esto exige que los docentes conozcan la realidad emocional de sus estudiantes y familias, estén capacitados para identificar señales de alerta y sepan actuar conforme a los protocolos institucionales de orientación, convivencia o derivación especializada. No se trata de convertir al profesor en psicólogo, sino de integrarlo en una red educativa de cuidado. En palabras de la pedagoga Linda Darling-Hammond, “las escuelas que cuidan el bienestar emocional de sus estudiantes crean las condiciones necesarias para que el aprendizaje sea posible”. En consecuencia, la atención a la salud mental de estudiantes y familias, junto con la formación docente para gestionarla adecuadamente, se convierte en una condición indispensable para el éxito del proceso de enseñanza-aprendizaje.
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La instalación -ordinaria- de la educación virtual y los nuevos esquemas de convivencia familiar han generado un nuevo panorama educativo, que deben tener en cuenta las huellas emocionales visibles e invisibles en nuestros estudiantes, al regresar adelk confinamiento. Síntomas como el agobio, la ansiedad, la tristeza o la autoagresión no deben ser ignorados ni normalizados. Por el contrario, urge hablar de salud mental como parte natural del día a día escolar. Crear espacios donde se pueda expresar el malestar sin miedos, temores, barreras, prejuicios, ni estigma … es parte de nuestra tarea educativa.
La falta de bienestar emocional afecta directamente el aprendizaje: impide concentrarse, comprender, recordar y participar activamente. La salud mental, según la OMS, es un equilibrio entre lo físico, lo mental y lo social. Por ello, contar con docentes capacitados permite no solo acompañar a los estudiantes, sino también derivar a tiempo los casos que requieren atención especializada, evitando consecuencias posteriores más graves.
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Como sostiene la Licenciada María Velasco, hablar de salud mental no es limitarse a la ausencia de trastornos, sino reconocer el modo en que nos cuidamos, nos relacionamos, superamos dificultades y le damos sentido a nuestra vida. Trastornos como la ansiedad, la tristeza o la baja tolerancia a la frustración han aumentado entre niños y adolescentes, y requieren ser atendidos desde una perspectiva integral. Incluso los profesores deben someterse a una estudio -profundo y sincero- sobre su salud mental y psicosocial.
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Superación de tabúes o temores
Aunque se ha avanzado en abrir la conversación -en algunos lugares- sobre la salud mental en la escuela, persisten muchas barreras: falta de preparación y capacitación de los profesores, escasos recursos, la indiferencia de los padres de familia, y la idea errónea de que si no hay profesionales especialistas en la institución, no se deben abordar estos temas. A veces, por una mala formación inicial docente, los profesores no tenemos en cuenta que también somos agentes de prevención, contención y orientación. Reconocer esta responsabilidad compartida con la dirección ny los padres de familia, es el primer paso para una escuela verdaderamente inclusiva y humana.
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Los trastornos mentales pueden aparecer a edades tempranas y han crecido en las últimas décadas. Según datos internacionales:
- Una de cada cinco adolescentes en Europa y EE.UU. sufre ansiedad, depresión o trastornos alimentarios.
- El suicidio es la primera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años.
- El bullying, el ciberacoso, la presión académica, los problemas familiares y los traumas impactan gravemente en el bienestar escolar.
- Incluso en la etapa preescolar, los síntomas de desadaptación pueden predecir dificultades futuras (Feng et al., 2008; Luby et al., 2014).
Aun cuando estas situaciones no siempre sean evidentes en todos los contextos escolares, la comprensión, detección y derivación oportuna de dificultades de salud mental, emocional y psicosocial en estudiantes y familias constituye hoy una exigencia pedagógica fundamental. La investigación educativa ha demostrado que el aprendizaje está estrechamente vinculado con el bienestar socioemocional. En este sentido, Andy Hargreaves destaca que una educación de calidad requiere escuelas capaces de atender integralmente a la persona, mientras que Linda Darling-Hammond subraya la importancia de climas escolares seguros y de apoyo para favorecer el aprendizaje. Por ello, los docentes deben estar informados y capacitados para reconocer señales de alerta y actuar conforme a los protocolos institucionales, ya que el equilibrio emocional de estudiantes y familias es un fundamento clave para el éxito del proceso de enseñanza-aprendizaje.
Otras razones y opiniones para atender este tema
Según el World Economic Forum (07/05/2025), en colaboración con la organization, se vienen promoviendo estándares internacionales para fortalecer la atención en salud mental de niños y jóvenes. Este llamado no puede ser ajeno a la escuela. Ignorar o minimizar las señales de malestar emocional en la infancia y la adolescencia puede generar consecuencias duraderas en la vida personal, familiar y social. Como advierte el reconocido psicólogo educativo Daniel Goleman, “si las emociones no se gestionan adecuadamente, pueden bloquear la capacidad de aprender”. Por ello, la salud mental y psicosocial de estudiantes y familias constituye una condición básica para que el aprendizaje sea posible.
Una educación auténticamente integral no se limita a la transmisión de contenidos, sino que promueve el desarrollo equilibrado de la persona. En este sentido, el pedagogo Andy Hargreaves ha subrayado que las escuelas eficaces son aquellas que “cuidan simultáneamente el aprendizaje y el bienestar de quienes aprenden y enseñan”. La estabilidad emocional de los estudiantes está estrechamente vinculada al clima familiar y a la salud psicosocial de los padres, por lo que la escuela necesita comprender estas realidades y actuar con criterio profesional. Como señala la especialista Guadalupe Elizabeth Morales Martínez, cuando un niño o adolescente atraviesa un conflicto emocional intenso difícilmente puede almacenar información o desarrollar habilidades, porque su mente está ocupada en resolver esa situación antes que en aprender.
De allí que el docente de hoy no solo deba dominar su disciplina, sino también estar informado, sensibilizado y capacitado para identificar señales de alerta y activar los protocolos institucionales de apoyo y derivación. La educadora Linda Darling-Hammond recuerda que “las escuelas que atienden el desarrollo social y emocional de los estudiantes crean las condiciones para un aprendizaje más profundo y significativo”. En este contexto, surgen preguntas necesarias para la reflexión de toda comunidad educativa: ¿estamos realmente preparados para reconocer y acompañar las dificultades emocionales que afectan a nuestros estudiantes y sus familias? ¿Conocemos y aplicamos adecuadamente los protocolos institucionales cuando aparecen señales de alarma? ¿Qué formación necesitamos fortalecer para responder con mayor competencia y humanidad? Y, finalmente, cómo podemos cuidar también la salud mental y emocional de los propios docentes, sabiendo que de ese equilibrio depende en gran medida la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje?
“Sin salud mental es difícil que un estudiante almacene información, pueda asimilar, obtenga habilidades porque su pensamiento y su mente completa, igual que todo el sistema emocional, estaría enfocado en resolver una situación conflictiva en lugar de estar aprendiendo”,
(Guadalupe Elizabeth Morales Martínez).
Redacción | Web del Maestro CMF