César Bona: “Se educa en casa y se enseña en la escuela”, esa frase nos ha acompañado siempre en educación y yo creo que no nos ha hecho ningún bien

Porque esa frase, en sí misma, y fijaos si es sencilla «se educa en casa y se enseña en la escuela», ha levantado muros invisibles enormes entre las familias y los centros educativos.

La frase “se educa en casa y se enseña en la escuela” ha circulado durante décadas como si fuera un principio sensato. Sin embargo, César Bona —maestro de primaria, licenciado en Filología inglesa, primer profesor español finalista del Global Teacher Prize y autor de La nueva educación y Las escuelas que cambian el mundo— sostiene que esta idea, lejos de ayudar, ha hecho daño. No por mala intención, sino por lo que instala: una frontera. Una división de territorios. Un reparto de funciones que termina levantando “muros invisibles enormes” entre familias y centros educativos.

Bona señala que, en cuanto aceptamos esa frase como verdad, empezamos a hablar desde la lógica del “vosotros esto, nosotros aquello”. Y cuando se trabaja desde esa lógica, aparece el mensaje implícito: “no entres en mi terreno”. Así se rompe algo esencial en educación: la alianza. Porque educar no es un trámite administrativo ni un simple traspaso de contenidos; es un proceso humano que atraviesa la vida social completa del niño. Y si familia y escuela se posicionan como bandos o como compartimentos estancos, el estudiante queda en medio, como si fuera un objeto del que “unos tiran de un brazo y otros del otro”.

Desde esa crítica, Bona propone revisar esta y otras frases heredadas que repetimos sin evaluar sus efectos. Su alternativa es contundente: cambiar la consigna por otra que oriente al encuentro, no a la separación. Él sugiere: “La escuela es el mejor lugar para ayudar a las familias a educar a sus hijos.” La diferencia no es solo semántica. Cambia el enfoque completo: la escuela deja de ser una institución que “solo enseña” y se reconoce como un espacio que acompaña, orienta y colabora con las familias en la tarea educativa. Y la familia deja de ser un actor externo que solo “educa valores” para convertirse en parte del equipo.

Por qué esta separación no funciona en la vida real

Bona insiste en algo básico: los niños no viven dos vidas paralelas (una “moral” en casa y otra “académica” en la escuela). Viven una sola vida. Por eso, separar radicalmente “educar” de “enseñar” es artificial. Además, en la escuela ocurren experiencias humanas que ninguna casa puede replicar del mismo modo: convivencia diaria con pares, conflictos, cooperación, pertenencia, normas compartidas, diferencias de personalidad, ritmos y capacidades. Él lo expresa con claridad: el aula es una “microsociedad”, y en esa microsociedad se ponen a prueba (y se aprenden) la tolerancia, el respeto, la convivencia y el uso responsable de la palabra y la conducta.

Incluso si una familia dice en casa “tienes que ser tolerante y respetuoso”, el niño entra al aula y “ahí todo se transforma”. Porque aparecen situaciones reales: un compañero que piensa distinto, un conflicto en el recreo, una burla, una injusticia, una diferencia cultural o de temperamento. Ahí la escuela no solo “enseña”: forma, modela y entrena habilidades sociales profundas. Y ahí la figura docente tiene un rol irremplazable: ser ejemplo. Primero son la familia y sus referentes cercanos; luego están los maestros y maestras, cuya influencia “va mucho más allá” de que te gusten o no las matemáticas.

Este punto es crucial en la idea de Bona: si aceptamos que la escuela solo “enseña”, le quitamos responsabilidad social; y si asumimos que la familia “educa” sola, la dejamos sin apoyo en un desafío enorme. El resultado es el mismo: se debilita la red que el niño necesita.

Educar es un trabajo en equipo o no es

El núcleo del planteamiento de Bona es una pedagogía del equipo: familias, docentes y estudiantes avanzando hacia un mismo camino. La herramienta clave es el diálogo. Y el verbo rector, repetido como idea central, es escuchar. Escuchar a los niños, escuchar a las familias, escuchar a los docentes, y que también la administración escuche a todos, porque “donde sucede la educación es en las aulas”. Cuando se toman decisiones sin saber lo que ocurre en el aula, se produce una desconexión que termina presionando a los docentes con exigencias de currículum, evaluación y tiempos rígidos, a veces incompatibles con la necesidad de crear cohesión y bienestar.

Bona no niega el valor del conocimiento. Lo subraya. Pero rechaza la falsa dicotomía entre bienestar y aprendizaje: dice que es una falacia creer que quien cuida el bienestar “se olvida del conocimiento”. Su posición es integradora: le interesa “tanto el conocimiento como que el chico o la chica venga a gusto a la escuela al día siguiente”. Y da una razón que cualquier adulto entiende: si vas a tu trabajo a gusto, rindes; si no, rindes menos. Pero los niños no pueden renunciar a “su trabajo” (la escuela). Por eso, la escuela tiene la obligación ética de construir condiciones de aprendizaje que no se basen en miedo, humillación o desmotivación.

En este marco, la frase “se educa en casa y se enseña en la escuela” aparece como un obstáculo estructural, porque da permiso a dos errores habituales:

  1. Que la familia delegue la educación social y ética por completo en el centro, como si su rol terminara en “matricular y supervisar”.
  2. Que la escuela se excuse de formar personas, como si su misión fuera únicamente cumplir temarios.

Bona, por el contrario, plantea que educar es preparar para la vida y para la sociedad, y que eso incluye conocimiento, emociones, convivencia, participación y sentido de utilidad.

Una alianza que se ve y se siente en la escuela

Bona relata centros donde las familias están presentes en la cotidianeidad: padres y madres en pasillos, colaborando, participando sin que sea un “día especial”. Esa imagen cambia el clima escolar. El estudiante percibe: “mi familia y mi escuela están en el mismo equipo”. Y eso, en términos educativos, es una intervención poderosa: reduce el conflicto, aumenta la pertenencia y refuerza el sentido de comunidad.

También insiste en que muchas soluciones ya existen: hay centros que trabajan desde la investigación, el diálogo, la argumentación y el contraste de información, sin renunciar a evaluaciones cuando llegan. Para él, muchos “sí, pero…” que frenan cambios son miedos adultos: “sí, pero el año que viene…”, “sí, pero secundaria…”, “sí, pero la universidad…”, “sí, pero la sociedad…”. Su respuesta es clara: hablar con quienes ya lo están haciendo. No idealizar. Aprender de experiencias reales.

¿Qué implica, en la práctica, abandonar esa frase?

Si tomamos en serio la propuesta de Bona, el cambio no consiste en una consigna nueva para colgar en una pared. Consiste en reordenar relaciones.

  • Para las escuelas: abrir canales reales de participación, no solo informativos. Hacer de la familia un aliado con roles claros. Entender que el “problema” no es la presencia familiar, sino la ausencia de marco para que esa presencia sume.
  • Para las familias: pasar de “evaluar al colegio desde fuera” a construir con el colegio desde dentro, con una presencia responsable y constante. Bona lo ilustra con una lógica simple: si una madre nunca entra al centro y además no le gusta la escuela, ¿qué mensaje recibe la niña? “Si mi madre allí no entra, yo tampoco”.
  • Para los docentes: asumir que el vínculo, la palabra y el ejemplo educan tanto como la explicación de contenidos. Bona muestra el peso de las expresiones (“eres un desastre”, “nunca lo harás bien”, “¿cuántas veces te lo voy a decir?”) y cómo pueden dejar huellas indelebles. Educar también es cuidar el lenguaje, porque el lenguaje construye identidad.
  • Para la administración: escuchar para decidir con realidad, no con distancia. Y entender que invertir en educación no es solo tecnología o infraestructura: es “sobre todo recursos humanos”, personas que permitan atender mejor, acompañar la diversidad y dar tiempo a la cohesión que la vida social necesita.

Conclusión: una frase menos, una alianza más

La crítica de César Bona no es un capricho retórico: es una advertencia sobre cómo ciertas frases moldean culturas escolares. “Se educa en casa y se enseña en la escuela” suena ordenada, pero en la práctica separa lo que debe estar unido. Y cuando se separa, aparece la lucha de poderes, la desconfianza y el niño en medio.

Su invitación es más exigente y, a la vez, más humana: trabajar en equipo, con diálogo, con escucha, con coherencia, entendiendo que la educación no termina en el aula ni empieza solo en el hogar. La educación ocurre cuando familia y escuela se reconocen mutuamente como partes indispensables del mismo proceso: ayudar a los niños y niñas a vivir, convivir, conocer y aportar al mundo donde viven. Si esa alianza existe, la frase deja de ser necesaria. Porque la realidad —no el eslogan— se convierte en el verdadero mensaje educativo.

Redacción | Web del Maestro CMF


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