“No puede ser que me traten así”: cuando la falta de respeto y el maltrato en el aula deja de ser un problema individual

“No puede ser que me traten así, soy una profesora. Hago un llamado a que eduquen a sus hijos e hijas; no puede ser que me traten así, porque la primera educación viene de la casa”.

“No puede ser que me traten así”. La frase, pronunciada entre la frustración, maltrato y el desahogo, resume el testimonio de una profesora en práctica que decidió visibilizar en redes sociales una situación que, aunque dolorosa, dista mucho de ser excepcional. El video, rápidamente viralizado, muestra a una futura docente de Educación Física relatando cómo sus alumnos de séptimo básico la ignoran, se burlan de ella y desdibujan de forma sistemática los límites básicos del respeto humano.

La profesora describe escenas que hoy resultan tristemente familiares para muchos docentes: estudiantes que conversan mientras ella explica, risas cómplices, miradas desafiantes, comentarios susurrados con clara intención de burla y una actitud generalizada de desinterés por la autoridad pedagógica. No se trata de un conflicto puntual ni de un malentendido aislado. Es una experiencia sostenida que termina por afectar profundamente la salud emocional de quien enseña.

Uno de los aspectos más relevantes de su testimonio es que la docente no reclama únicamente por su rol profesional, sino por su condición de persona. “No solo porque soy su profesora, sino porque soy una persona”, señala. Esta afirmación es clave: el respeto en el aula no puede depender únicamente del cargo o de la jerarquía institucional, sino de valores básicos de convivencia que deberían estar previamente consolidados.

La profesora en práctica también reconoce algo que suele incomodar en el debate público: la influencia del entorno familiar. Sin responsabilizar de forma simplista a los apoderados, plantea una inquietud legítima al señalar que la educación en casa cumple un papel fundamental en la manera en que niños y adolescentes se relacionan con la autoridad, con los límites y con el otro. La escuela no puede, ni debe, asumir sola la tarea de formar en respeto cuando esta base no está suficientemente trabajada fuera del aula.

Este caso también deja en evidencia una problemática estructural: la fragilidad en la que se encuentran muchos docentes en práctica o profesores novatos. Ingresan a contextos complejos, con cursos difíciles, sin siempre contar con el acompañamiento efectivo de un profesor tutor o de un equipo directivo que intervenga de manera oportuna. Diversos usuarios en redes sociales lo señalaron con claridad: una profesora en práctica no debería enfrentar sola situaciones de esta magnitud.

Además, el relato expone una realidad que rara vez se discute con honestidad: el impacto emocional del maltrato cotidiano. Llorar después de una jornada escolar no es una anécdota menor; es una señal de alerta. Normalizar el sufrimiento docente, minimizarlo o atribuirlo únicamente a la “falta de carácter” del profesor no solo es injusto, sino peligroso para el sistema educativo en su conjunto.

El apoyo recibido en redes sociales demuestra que existe conciencia social sobre el problema. Sin embargo, la empatía virtual no es suficiente. Se requiere una reflexión profunda sobre el rol de los estudiantes, de las familias, de las instituciones formadoras y de las autoridades educativas. El respeto no se improvisa, no se impone con gritos ni se resuelve con sanciones aisladas; se construye con coherencia, acompañamiento y responsabilidad compartida.

Este testimonio no debería leerse como la queja de una profesora “débil” o “inexperta”, sino como el síntoma de una crisis más amplia: aulas donde el respeto se diluye, docentes que se sienten desprotegidos y futuros profesores que comienzan su carrera profesional desde el desgaste y la frustración. Escuchar estas voces no es opcional. Es una obligación ética si realmente se quiere fortalecer la educación y dignificar la labor docente.

Redacción | Web del Maestro CMF


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