Granada, España. Emilio Calatayud Pérez, conocido durante décadas por su labor como juez de Menores de Granada, ha vuelto a situar el foco sobre la educación familiar y la responsabilidad de los padres. El magistrado se jubiló en 2025 después de una extensa trayectoria judicial, durante la cual alcanzó notoriedad por resoluciones orientadas a la educación y reinserción de menores infractores. Ya retirado de la judicatura, continúa participando activamente en el debate público mediante sus reflexiones sobre infancia, adolescencia, familia y educación, difundidas regularmente en el blog que comparte con el periodista Carlos Morán.
A sus 70 años, Calatayud se presenta actualmente como juez de Menores jubilado, abuelo y observador de los cambios que atraviesan las relaciones familiares y educativas. Aunque ya no ejerce funciones jurisdiccionales, mantiene una presencia pública constante y continúa escribiendo sobre asuntos relacionados con padres, hijos, profesores y adolescentes. En sus publicaciones recientes ha recordado experiencias de sus años en los tribunales y ha abordado cuestiones como el esfuerzo escolar, los límites, las nuevas tecnologías y el papel de los abuelos. Él mismo ha explicado que, desde su jubilación, también se ha convertido de manera informal en un “defensor de los abuelos”.
El comentario completo de Emilio Calatayud
El 27 de septiembre de 2026, Calatayud publicó una reflexión centrada en una cuestión cotidiana para numerosas familias: qué sucede cuando los padres no reconocen el esfuerzo de sus hijos y, en el extremo contrario, conceden continuamente recompensas aunque estos no se esfuercen. Su planteamiento parte del sentido común como criterio educativo y distingue claramente entre premiar exclusivamente con bienes materiales y reconocer una conducta positiva mediante afecto. El comentario se inscribe en una serie de publicaciones recientes en las que el magistrado jubilado aborda la responsabilidad, los límites familiares y las consecuencias de dar a los menores todo aquello que desean.
Que un hijo que se esfuerza no tenga nunca una recompensa es malo, pero lo peor es que un hijo que no hace ‘na’ tenga recompensas a cascoporro. Emilio Calatayud.
“Buenas, soy Emilio Calatayud. No hay manuales para aprender a educar a los hijos y yo creo que es bueno porque habría tanto métodos como autores: ¿cuál eliges? Así que lo único que nos queda es el sentido común. Por ejemplo, que un hijo que se esfuerza no tenga nunca una recompensa es malo. Yo creo que todos estaremos de acuerdo con ese planteamiento. Y cuando hablo de recompensa no me refiero a una móvil de última generación o a una moto, puede ser un abrazo o un beso (o ambas cosas). Más sentido común: lo que está fatal, lo peor, es que un hijo que no hace ‘na’ tenga recompensas a cascoporro”.
Reconocer el esfuerzo no significa comprar premios
El planteamiento de Calatayud establece una diferencia importante entre reconocer el esfuerzo y convertir cada obligación del hijo en una operación de intercambio. Una recompensa no tiene necesariamente que adoptar la forma de dinero, dispositivos electrónicos, ropa, viajes u otros bienes. El reconocimiento también puede manifestarse mediante palabras de aprobación, tiempo compartido, afecto o pequeños privilegios proporcionados. Desde esta perspectiva, valorar el esfuerzo permite que el menor perciba que su constancia, responsabilidad y perseverancia son observadas. El punto central no reside, por tanto, en el precio del premio, sino en el mensaje educativo que acompaña al reconocimiento recibido.
La reflexión también plantea el escenario contrario: cuando las recompensas aparecen independientemente del comportamiento, el esfuerzo o el cumplimiento de responsabilidades. Si un menor obtiene habitualmente aquello que desea sin asumir obligaciones acordes con su edad, el premio puede perder su función como reconocimiento. Calatayud profundizó precisamente en esa idea al día siguiente, cuando publicó que un hijo al que se le proporciona todo pese a no colaborar en casa ni esforzarse en el colegio puede interpretar esa permisividad de una manera muy diferente a la pretendida por sus padres. Se trata de una continuidad clara de su reflexión sobre límites y responsabilidad.
En la práctica cotidiana, el desafío consiste en evitar tanto la ausencia permanente de reconocimiento como la recompensa automática. No reconocer nunca a un niño o adolescente que se esfuerza puede transmitir indiferencia hacia su dedicación; premiarlo continuamente sin considerar su conducta puede desvincular los beneficios de las responsabilidades. En ese equilibrio intervienen decisiones familiares que no necesariamente requieren grandes premios materiales. Entre las formas sencillas de reconocimiento que pueden integrarse naturalmente en la convivencia se encuentran:
- Felicitar un esfuerzo concreto y explicar por qué se valora.
- Reconocer la constancia, incluso cuando el resultado no sea perfecto.
- Utilizar privilegios razonables y proporcionales.
- Evitar convertir cada responsabilidad cotidiana en una recompensa económica.
Una educación basada también en límites y responsabilidades
La posición expresada por Calatayud mantiene una línea reconocible dentro de sus intervenciones públicas sobre educación. Durante sus años como juez de Menores fue conocido por imponer determinadas medidas con contenido educativo y formativo; él mismo ha recordado recientemente que llegó a establecer como medida que algunos menores aprendieran a leer y escribir. Su discurso insiste habitualmente en vincular derechos con deberes, libertad con responsabilidad y educación con esfuerzo. Tras jubilarse, esa perspectiva continúa apareciendo en sus comentarios, ahora fuera del ámbito judicial y planteada principalmente como una reflexión dirigida a padres, abuelos, profesores y otros adultos responsables de la educación de menores.
El debate que plantea no exige que todas las familias utilicen idénticos sistemas de premios, porque precisamente su reflexión comienza cuestionando la existencia de un manual universal para criar a los hijos. Cada familia necesita establecer normas comprensibles, consecuencias previsibles y reconocimientos proporcionados, atendiendo a la edad y circunstancias del menor. Lo relevante es que las decisiones de los adultos mantengan cierta coherencia: si el esfuerzo nunca obtiene reconocimiento, puede perder valor dentro de la dinámica familiar; si la falta de compromiso recibe sistemáticamente beneficios, los límites pueden resultar confusos. La recompensa, entendida correctamente, funciona entonces como reconocimiento y no como sustituto de la responsabilidad.
La reflexión de Emilio Calatayud termina situando el problema en un terreno mucho más amplio que el de comprar o negar regalos. Educar implica enseñar que las decisiones tienen consecuencias y que el esfuerzo merece ser reconocido sin convertir la vida familiar en una negociación permanente. Un abrazo, unas palabras de reconocimiento o un privilegio razonable pueden tener más significado educativo que un objeto costoso. Del mismo modo, establecer límites ante la falta reiterada de responsabilidad forma parte del acompañamiento de niños y adolescentes. Su mensaje recupera así una idea sencilla: premiar no significa concederlo todo, y exigir responsabilidades tampoco significa dejar de valorar los avances.
Redacción: Web del Maestro CMF