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Ronald Purser: «La IA está destruyendo la universidad y el aprendizaje mismo. »

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Ronald Purser: «La IA está destruyendo la universidad y el aprendizaje mismo. »

La inteligencia artificial está transformando la educación superior: facilita las trampas, automatiza la enseñanza y amenaza el pensamiento crítico, mientras universidades priorizan tecnología y eficiencia sobre aprendizaje, reflexión y formación humana.

Ronald Purser es profesor de Gestión en la Universidad Estatal de San Francisco (San Francisco State University), académico y autor reconocido por sus análisis críticos sobre la relación entre las organizaciones, la tecnología y la sociedad. Es autor del libro McMindfulness: How Mindfulness Became the New Capitalist Spirituality y ha desarrollado una trayectoria caracterizada por cuestionar cómo determinadas tendencias contemporáneas son incorporadas por instituciones y empresas. Desde su experiencia dentro del ámbito universitario, Purser también ha dirigido su atención al avance de la inteligencia artificial en la educación superior. En el siguiente artículo plantea una mirada especialmente crítica sobre el uso creciente de herramientas como ChatGPT en las universidades y advierte sobre sus posibles consecuencias para el aprendizaje, el pensamiento crítico y el verdadero propósito de la educación.

La IA está destruyendo la universidad y el aprendizaje mismo

Solía pensar que todo el revuelo en torno a la inteligencia artificial era precisamente eso: puro revuelo. Era escéptico cuando ChatGPT hizo su debut. El frenesí mediático, las proclamaciones exaltadas sobre el comienzo de una nueva era… todo me resultaba familiar. Supuse que desaparecería como todas las modas tecnológicas anteriores.

Me equivoqué. Pero no de la manera que quizá imaginen.

Primero llegó el pánico. Las reuniones de profesores estallaron en preocupación: «¿Cómo detectaremos ahora el plagio?», «¿Es este el fin del ensayo universitario?», «¿Deberíamos volver a los cuadernillos de examen y a las pruebas supervisadas?». Mis colegas de la escuela de negocios comenzaron de pronto a comportarse como si acabaran de inventar las trampas académicas.

Luego, casi de la noche a la mañana, la preocupación se convirtió en entusiasmo. Los mismos profesores que habían pronosticado el desastre académico ahora se rebautizaban alegremente como «educadores preparados para la IA». Por todo el campus comenzaron a surgir, como hongos después de la lluvia, talleres con nombres como «Desarrollo de habilidades y conocimientos sobre IA en el aula» y «Fundamentos de alfabetización en IA». El pánico inicial por el plagio dio paso a una aceptación resignada: «Si no puedes vencerlos, únete a ellos».

Este cambio radical no fue exclusivo de mi campus. El sistema de la Universidad Estatal de California (CSU), el mayor sistema universitario público de Estados Unidos, con 23 campus y casi medio millón de estudiantes, apostó por completo por la IA y anunció una alianza de 17 millones de dólares con OpenAI. La CSU se convertiría en el primer sistema universitario «potenciado por IA» del país, ofreciendo gratuitamente ChatGPT Edu —una versión diseñada para instituciones educativas y adaptada a la universidad— a todos sus estudiantes y empleados. El comunicado de prensa se deshacía en elogios sobre «herramientas de aprendizaje personalizadas y orientadas al futuro» y sobre la preparación de los estudiantes para una «economía impulsada por la IA».

El momento era surrealista. La CSU presentó su gran apuesta tecnológica justo cuando proponía recortar 375 millones de dólares de su presupuesto. Mientras los administradores inauguraban su iniciativa de IA, también eliminaban puestos docentes, programas académicos completos y servicios para estudiantes. En CSU East Bay se emitieron avisos generales de despido dos veces en un año, afectando a departamentos como Estudios Generales y Lenguas Modernas. Mi propia alma mater, Sonoma State, enfrentaba un déficit de 24 millones de dólares y anunció planes para eliminar 23 programas académicos —entre ellos filosofía, economía y física— y recortar más de 130 puestos docentes, más de una cuarta parte de su personal académico.

En la Universidad Estatal de San Francisco, la oficina del rector notificó formalmente a nuestro sindicato, la California Faculty Association (CFA), sobre posibles despidos, un anuncio que sacudió al campus mientras los profesores intentaban conciliar los recortes presupuestarios con el entusiasmo de la administración por la IA. Era difícil no advertir la ironía: el mismo mes en que nuestro sindicato recibió amenazas de despidos, los evangelizadores educativos de OpenAI se instalaron en la biblioteca universitaria para reclutar profesores para el evangelio del aprendizaje automatizado.

Las cifras son brutales y el contraste, contundente: millones para OpenAI mientras profesores con años de servicio reciben cartas de despido. La CSU no está invirtiendo en educación: la está externalizando, pagando precios elevados por un chatbot que muchos estudiantes ya utilizaban gratuitamente.

En venta: la educación crítica

La educación pública lleva décadas en venta. El teórico cultural Henry Giroux fue uno de los primeros en advertir cómo las universidades públicas estaban siendo transformadas en centros de formación profesional al servicio de los mercados privados. Ahora los departamentos académicos tienen que justificarse utilizando el lenguaje de los ingresos, los «entregables» y los «resultados de aprendizaje». La nueva alianza de la CSU con OpenAI no es más que otra vuelta de tuerca.

Otros han documentado la misma deriva. Sheila Slaughter y Gary Rhoades la denominaron capitalismo académico: el conocimiento convertido en mercancía y los estudiantes transformados en consumidores. En Unmaking the Public University, Christopher Newfield mostró cómo la privatización empobrece realmente a las universidades públicas, convirtiéndolas en cascarones de sí mismas financiados mediante deuda. Benjamin Ginsberg documentó el surgimiento del «campus totalmente administrativo», donde las capas gerenciales y la burocracia se multiplican mientras el profesorado disminuye. Y Martha Nussbaum advirtió sobre aquello que se pierde cuando las humanidades —esos espacios para la imaginación y la reflexión cívica— son consideradas prescindibles en una democracia. En conjunto, describen una universidad que ya no pregunta para qué sirve la educación, sino únicamente cuánto dinero puede producir.

El sistema de la Universidad Estatal de California acaba de escribir el siguiente capítulo de esa historia. Ante los déficits y la caída de las matrículas, los administradores abrazaron la retórica de la innovación mediante IA como si fuera su salvación. Cuando la rectora de la CSU, Mildred Garcia, anunció la alianza de 17 millones de dólares con OpenAI, el comunicado prometía una «iniciativa público-privada altamente colaborativa» que «elevaría la experiencia educativa de nuestros estudiantes» e «impulsaría la economía de California potenciada por IA». Este lenguaje corporativo parece un comunicado de prensa que perfectamente podría haber escrito ChatGPT.

Mientras tanto, en San Francisco State, programas completos de posgrado dedicados al pensamiento crítico —Estudios de Mujeres y Género y Antropología— estaban siendo suspendidos por falta de financiamiento. Pero no se preocupen: ¡todos recibieron una licencia gratuita de ChatGPT Edu!

La profesora Martha Kenney, directora del Departamento de Estudios de Mujeres y Género e investigadora principal de una subvención de la National Science Foundation que analiza los efectos de la IA sobre la justicia social, presenció la contradicción en primera persona. Poco después del anuncio de la CSU, escribió junto con la profesora de Antropología Martha Lincoln un artículo de opinión en el San Francisco Chronicle, advirtiendo que la nueva iniciativa corría el riesgo de perjudicar a los estudiantes y socavar el pensamiento crítico.

«No soy una ludita», escribió Kenney. «Pero tenemos que plantearnos preguntas críticas sobre lo que la IA está haciendo con la educación, el trabajo y la democracia; preguntas que mi departamento está especialmente capacitado para investigar».

La ironía no podría ser más evidente: precisamente los programas mejor preparados para estudiar las implicaciones sociales y éticas de la IA estaban perdiendo financiamiento al mismo tiempo que la universidad promovía el uso de los productos de OpenAI en todo el campus.

Esto no es innovación: es autocanibalismo institucional.

¿La nueva declaración de principios? Optimización. Dentro de la institución, el lenguaje corporativo desciende a través de memorandos administrativos y correos electrónicos condescendientes. Bajo el disfraz de la «sostenibilidad fiscal» —una forma más amable de decir «recortes»—, los administradores afilan sus bisturíes para reestructurar la universidad de acuerdo con indicadores de eficiencia en lugar de propósitos educativos.

Los mensajes de los administradores serían cómicos si no fueran tan cínicos. Antes de las vacaciones de verano en San Francisco State, una administradora universitaria advirtió a los profesores por correo electrónico sobre posibles despidos, matizando el mensaje con frases como: «Esperamos evitar los despidos» y «No se ha tomado ninguna decisión». Semanas después llegó su alegre despedida de verano: «Espero que estén disfrutando del último día para entregar las calificaciones. Quizá incluso estén leyendo aquella novela que nunca terminaron durante las vacaciones de invierno…».

Claro, porque nada invita más a disfrutar de una novela que la amenaza de un desempleo inminente.

«Si continuamos realizando el trabajo mencionado anteriormente para reducir gastos y, al mismo tiempo, mantenemos el acceso para los estudiantes, no prevemos tener que realizar despidos».

Traducción: sacrifiquen su carga de trabajo, su seguridad laboral e incluso a sus colegas y quizá les permitamos conservar su empleo. Sin promesas. Ahora vayan a disfrutar de esa novela.

La tecnópolis llega al campus

Cuando mis colegas de la escuela de negocios insisten en que ChatGPT es «simplemente otra herramienta de la caja de herramientas», siento la tentación de recordarles que Facebook alguna vez fue «simplemente una manera de conectarse con amigos».

Pero existe una diferencia entre herramientas y tecnologías. Las herramientas nos ayudan a realizar tareas; las tecnologías transforman los propios entornos en los que pensamos, trabajamos y nos relacionamos. Como observa el filósofo Peter Hershock, no nos limitamos a utilizar las tecnologías: participamos en ellas.

Con las herramientas conservamos nuestra capacidad de acción: podemos elegir cuándo y cómo utilizarlas. Con las tecnologías, la elección es más sutil: transforman las propias condiciones en las que elegimos. Un bolígrafo amplía la comunicación sin redefinirla; las redes sociales transformaron lo que entendemos por privacidad, amistad e incluso verdad.

El teórico de los medios Neil Postman advirtió que una «tecnópolis» surge cuando las sociedades entregan su capacidad de juicio a los imperativos tecnológicos, cuando la eficiencia y la innovación se convierten en bienes morales por sí mismos. Una vez que indicadores como la velocidad y la optimización sustituyen a la reflexión y el diálogo, la educación se transforma en logística: calificaciones automatizadas, ensayos generados en segundos. El conocimiento se convierte en datos; enseñar se convierte en entregar contenidos.

Lo que desaparece son valiosas capacidades humanas: la curiosidad, el discernimiento, la presencia. El resultado no es una inteligencia aumentada, sino un aprendizaje simulado.

El teórico político Langdon Winner preguntó alguna vez si los artefactos pueden tener política. Pueden tenerla, y los sistemas de IA no son una excepción. Incorporan supuestos sobre qué se considera inteligencia y sobre qué trabajo se considera valioso. Cuanto más dependemos de los algoritmos, más normalizamos sus valores: automatización, predicción, estandarización y dependencia corporativa. Con el tiempo, estas prioridades desaparecen de nuestra vista y comienzan a parecernos naturales: «simplemente así son las cosas».

En las aulas actuales, la tecnópolis prospera. Las universidades están siendo reconvertidas en centros de distribución de comodidad cognitiva. A los estudiantes no se les enseña a pensar con mayor profundidad, sino a formular mejores prompts.

Estamos externalizando el propio trabajo de enseñar y aprender: el lento proceso de enfrentarse a las ideas, soportar la incomodidad, la duda y la confusión, y luchar por encontrar una voz propia. La pedagogía crítica está fuera; los trucos de productividad están dentro. Lo que se vende como innovación es, en realidad, rendición.

Cuando la universidad cambia su misión educativa por la «integración tecnológica de la IA», no solo corre el riesgo de volverse irrelevante: corre el riesgo de convertirse en algo mecánico y sin alma. El auténtico esfuerzo intelectual se ha convertido en una propuesta demasiado costosa.

El escándalo no es producto de la ignorancia, sino de la indiferencia. Los administradores universitarios comprenden perfectamente lo que está ocurriendo y continúan de todas formas. Mientras se mantengan las cifras de matrícula y se cobren las colegiaturas, hacen la vista gorda ante la crisis del aprendizaje, mientras los profesores quedan encargados de gestionar la devastación educativa en sus aulas.

El futuro de la educación ya ha llegado, en forma de una liquidación de todo aquello que alguna vez hizo que valiera la pena.

El complejo tecnológico IA-trampas académicas

Antes de que llegara la IA, solía bromear con mis colegas sobre el plagio.

«Qué lástima que no exista una aplicación de IA que pueda calificarnos los ensayos plagiados», decía medio en broma.

Los estudiantes siempre han encontrado maneras de hacer trampa: escribir respuestas en la palma de la mano, enviar exámenes a Chegg.com, contratar escritores fantasma. Pero ChatGPT llevó todo esto a otro nivel. De repente tenían acceso a un asistente de escritura que nunca dormía, nunca cobraba y nunca decía que no.

Las universidades se apresuraron a contraatacar utilizando detectores de IA como Turnitin, a pesar de sus elevados índices de falsos positivos, del sesgo documentado contra estudiantes de inglés como segunda lengua y estudiantes negros, y de lo absurdo que resulta combatir robots con robots.

Es un uróboros retorcido: las universidades se asocian con empresas de IA; los estudiantes utilizan IA para hacer trampa; las universidades entran en pánico por las trampas y después se asocian con más empresas de IA para detectarlas.

El uróboros acaba de volverse todavía más oscuro. En octubre de 2025, Perplexity AI lanzó un anuncio en Facebook para su nuevo navegador Comet protagonizado por un influencer adolescente que presumía de cómo utilizaría la aplicación para hacer trampa en cada cuestionario y tarea. Y no era una parodia. La empresa literalmente pagó para promocionar la deshonestidad académica como argumento de venta.

Marc Watkins, escribiendo en su Substack, lo calificó como «un nuevo mínimo», señalando que el propio director ejecutivo de Perplexity parecía no saber que su equipo de marketing estaba glorificando el fraude.

Si esto parece una sátira, no lo es: la misma semana en que apareció aquel anuncio, un profesor de nuestra Facultad de Negocios envió un correo electrónico a todos los profesores y estudiantes promocionando con entusiasmo una cuenta gratuita de Perplexity Pro durante un año «¡con algunas funciones adicionales interesantes!».

Sí: formas todavía más eficaces de hacer trampa.

Es difícil imaginar un símbolo más claro de lo que he denominado el autocanibalismo de la educación: universidades devorando su propio propósito mientras promocionan alegremente las herramientas de su propia destrucción.

Luego está la saga de Chungin «Roy» Lee. Lee llegó como estudiante de primer año a la Universidad de Columbia lleno de ambición y con una pestaña de OpenAI permanentemente abierta. Según él mismo reconoció, hizo trampa en casi todas sus tareas.

«Simplemente metía la consigna en ChatGPT y entregaba cualquier cosa que produjera», declaró a New York Magazine. «La IA escribió el 80 por ciento de cada ensayo que entregué».

Cuando le preguntaron por qué se había molestado siquiera en postular a una universidad de la Ivy League, Lee fue sorprendentemente sincero: «Para encontrar esposa y un socio para una startup».

Sería hilarante si no fuera tan revelador.

El economista conservador Tyler Cowen escribió: «La educación superior persistirá como un servicio para conseguir citas, una forma de salir de casa y una oportunidad para ir de fiesta y ver algunos partidos de fútbol americano».

Desde esta perspectiva, la misión intelectual de la universidad ya está muerta, sustituida por el credencialismo, el consumo y la comodidad.

La primera empresa de Lee fue una aplicación de IA llamada Interview Coder, diseñada para hacer trampa en las entrevistas laborales de Amazon. Se grabó utilizándola y el video se volvió viral. Columbia lo suspendió por «publicitar un enlace a una herramienta para hacer trampa».

Irónicamente, esto ocurrió justo cuando la universidad —al igual que la CSU— anunciaba una alianza con OpenAI, la misma empresa cuya tecnología impulsaba el software que Lee utilizó para hacer trampa en sus cursos.

Sin inmutarse, Lee publicó en internet su audiencia disciplinaria y consiguió todavía más seguidores. Él y su socio comercial Neel Shanmugam, que también fue sancionado, argumentaron que su aplicación no infringía ninguna norma.

«No aprendí absolutamente nada en una clase de Columbia», declaró Shanmugam a KTVU News. «Y creo que eso se aplica a la mayoría de mis amigos».

Después de su suspensión, el dinámico dúo abandonó la universidad, consiguió 5,3 millones de dólares de financiamiento inicial y se trasladó a San Francisco. Por supuesto. Porque nada dice «visionario tecnológico» como ser expulsado por hacer trampa.

¿Su nueva empresa? Cluely.

Su misión: «Queremos hacer trampa en todo. Ayudarte a hacer trampa… de manera más inteligente». Su lema: «Creamos Cluely para que nunca más tengas que pensar solo».

Cluely no oculta su propósito: presume de él. Su manifiesto expone claramente la lógica:

«¿Por qué memorizar datos, escribir código o investigar cualquier cosa cuando un modelo puede hacerlo en segundos? El futuro no recompensará el esfuerzo. Recompensará el aprovechamiento de las herramientas. Así que empieza a hacer trampa. Porque cuando todos lo hacen, nadie lo hace».

Cuando se cuestiona la ética de todo esto, Lee recurre a la defensa habitual de Silicon Valley: «cualquier tecnología del pasado —ya sean las calculadoras o las búsquedas en Google— se enfrentó inicialmente a críticas del tipo: “oye, eso es hacer trampa”», declaró a KTVU.

Es una analogía superficial que parece profunda durante la presentación de una startup, pero se derrumba cuando se analiza detenidamente. Las calculadoras ampliaron el razonamiento; la imprenta difundió el conocimiento. ChatGPT, en cambio, no amplía la cognición: la automatiza, convirtiendo el propio pensamiento en un servicio.

Cuando un joven de 21 años que abandonó la universidad después de ser suspendido por hacer trampa nos da lecciones sobre la inevitabilidad tecnológica, la respuesta no debería ser pánico moral, sino claridad moral sobre a qué intereses se está sirviendo.

Hacer trampa ha dejado de ser una subcultura; se ha convertido en una identidad de marca y una ideología del capital de riesgo.

¿Y por qué no? En la Chatversidad, hacer trampa ya no es una conducta desviada: es la norma. Los estudiantes intercambian abiertamente prompts de jailbreak para hacer que ChatGPT parezca menos inteligente, introducen errores tipográficos y entrenan modelos con sus propios ensayos mediocres para «humanizar» el resultado.

Lo que está ocurriendo ahora es mucho más que deshonestidad: es el desmoronamiento de cualquier comprensión compartida acerca de para qué sirve la educación.

Y los estudiantes no son irracionales. Muchos se encuentran sometidos a una enorme presión para mantener sus promedios académicos debido a becas, ayudas financieras o requisitos de visado. La educación se ha vuelto transaccional; hacer trampa se ha convertido en una estrategia de supervivencia.

Algunas instituciones simplemente se han rendido. La Universidad Estatal de Ohio anunció que utilizar IA dejaría de considerarse una violación de la integridad académica.

«A partir de ahora, todos los casos de utilización de IA en las clases dejarán de ser una cuestión de integridad académica», declaró el rector Ravi Bellamkonda a la radio pública WOSU.

Christian Collins, exalumno de OSU, planteó la pregunta obvia: «¿Por qué un estudiante pagaría la matrícula completa, además de exponerse a la trampa económicamente devastadora de la deuda estudiantil, para potencialmente ni siquiera recibir enseñanza de un ser humano?».

La ironía no hace más que aumentar.

The New York Times informó sobre el caso de Ella Stapleton, estudiante de último año de Northeastern University, quien descubrió que su profesor de negocios había utilizado discretamente ChatGPT para generar las diapositivas de sus clases, aunque el programa del curso prohibía expresamente que los estudiantes hicieran lo mismo.

Mientras revisaba las diapositivas sobre teoría del liderazgo, encontró un prompt que había quedado incrustado: «Amplía todas las áreas. Sé más detallado y específico».

Las presentaciones de PowerPoint estaban llenas de indicios: imágenes de trabajadores de oficina generadas por IA con extremidades adicionales, textos incomprensibles y errores ortográficos.

«Él nos dice que no lo utilicemos», señaló Stapleton, «y después él mismo lo utiliza».

Furiosa, presentó una queja exigiendo un reembolso de 8.000 dólares, correspondiente a su parte de la matrícula de ese semestre.

El profesor, Dr. Rick Arrowood, admitió haber utilizado ChatGPT para sus diapositivas con el propósito de «darles un aspecto renovado», y posteriormente reconoció: «Visto en retrospectiva, desearía haberlas revisado con mayor atención».

Podría pensarse que esta hipocresía es anecdótica, pero es institucional. Los profesores que antes entraban en pánico ante el plagio mediante IA ahora están siendo «empoderados» por universidades como CSU, Columbia y Ohio State para adoptar precisamente las mismas «herramientas» que antes temían.

A medida que la corporativización aumenta el tamaño de las clases y la carga laboral de los profesores, la tentación resulta evidente: dejar que ChatGPT escriba clases y artículos académicos, califique ensayos y rediseñe programas de estudio.

Toda esta simulación recuerda un viejo chiste soviético de las fábricas: «Ellos fingen que nos pagan y nosotros fingimos que trabajamos».

En la Chatversidad, los papeles son igual de guionizados y cínicos. Profesores: «Ellos fingen que nos apoyan y nosotros fingimos que enseñamos». Estudiantes: «Ellos fingen que nos educan y nosotros fingimos que aprendemos».

De los trabajos basura a los títulos basura

El antropólogo David Graeber escribió sobre el surgimiento de los «trabajos basura»: empleos que se mantienen no por necesidad ni porque tengan sentido, sino debido a la inercia institucional.

Ahora las universidades corren el riesgo de crear su equivalente académico: títulos basura.

La IA amenaza con profesionalizar el arte de realizar actividades sin sentido, ampliando la distancia entre la misión pública de la educación y sus rutinas vacías. En palabras de Graeber, estos sistemas infligen una «profunda violencia psicológica»: la disonancia de saber que el propio trabajo carece de propósito.

Las universidades ya están atrapadas en este círculo: estudiantes que realizan mecánicamente actividades que saben vacías; profesores que califican trabajos que sospechan que no fueron escritos por sus estudiantes; administradores que celebran «innovaciones» que todos los demás comprenden que están destruyendo la educación.

La diferencia respecto de los «trabajos basura» del mundo empresarial es que los estudiantes tienen que pagar por el privilegio de participar en este teatro de aprendizaje ficticio.

Si ChatGPT puede generar los ensayos de los estudiantes, completar las tareas e incluso proporcionar retroalimentación, ¿qué queda de la transacción educativa? Corremos el riesgo de crear un sistema en el que:

  • Los estudiantes pagan matrícula para obtener credenciales que no consiguieron mediante el aprendizaje.
  • Los profesores califican trabajos que saben que no fueron producidos por los estudiantes.
  • Los administradores celebran «ganancias de eficiencia» que en realidad son pérdidas de aprendizaje.
  • Los empleadores reciben graduados cuyos títulos no dicen absolutamente nada acerca de sus competencias reales.

Tuve un asiento en primera fila para contemplar esta farsa durante un taller reciente llamado «Sesión para profesores del Día de OpenAI: IA en el aula», celebrado en la biblioteca universitaria como parte del despliegue de ChatGPT Edu en San Francisco State University.

OpenAI había transformado aquel santuario del aprendizaje en su sala de exhibición corporativa. El ambiente era mitad demostración tecnológica de producto y mitad mitin motivacional empresarial, disfrazado de capacitación profesional.

Siya Raj Purohit, empleada de OpenAI, apareció en el escenario rebosante de entusiasmo: «¡Aprenderán excelentes casos de uso! ¡Demostraciones geniales! ¡Funciones geniales!».

Entonces llegó la pieza central: una diapositiva que enseñaba a los profesores cómo aplicar ingeniería de prompts a sus cursos.

Experimenta con este prompt

Prueba introduciendo el siguiente prompt. Puedes modificarlo como quieras; ¡esto es simplemente el punto de partida!

Soy profesor de la Universidad Estatal de San Francisco y enseño [nombre del curso o asignatura]. Tengo una tarea en la que los estudiantes [describir brevemente la tarea]. Quiero rediseñarla utilizando IA para profundizar el aprendizaje, la participación y el pensamiento crítico de los estudiantes. ¿Puedes sugerirme: una versión revisada de la tarea utilizando ChatGPT; un prompt que pueda entregar a los estudiantes para orientar su uso de ChatGPT; una manera de evaluar si la IA mejoró la calidad de su trabajo; y cualquier riesgo relacionado con la integridad académica que debería tener en cuenta?

El mensaje estaba claro.

Dejen que ChatGPT rediseñe su clase. Dejen que ChatGPT les diga cómo evaluar a sus estudiantes. Dejen que ChatGPT diga a los estudiantes cómo utilizar ChatGPT. Dejen que ChatGPT resuelva el problema de la educación humana.

Era como recibir un juego de palabras para automatizar el programa de estudios.

Entonces llegó el verdadero momento estelar.

Siya compartió lo que denominó un punto de inflexión personal: «Hubo un momento en que ChatGPT y yo nos hicimos amigos. Estaba trabajando en un proyecto y le dije: “Oye, ¿recuerdas cuando construimos aquella cosa para mi jefe el mes pasado?”. Y respondió: “Sí, Siya, lo recuerdo”. Fue un momento muy poderoso: se sintió como un amigo que recuerda tu historia y te ayuda a convertirte en una mejor trabajadora del conocimiento».

La profesora Tanya Augsburg la interrumpió: «Perdón… es una herramienta, ¿verdad? ¿Estás diciendo que una herramienta se va a convertir en una amiga?».

Siya respondió: «Bueno, es una anécdota que a veces ayuda a los profesores… Simplemente se trata de cuánto contexto recuerda».

Augsburg insistió: «Entonces, ¿estamos animando a los estudiantes a mantener relaciones con ella? Solo quiero que quede claro».

Siya respondió: «Según la encuesta que realizamos, muchos estudiantes ya lo hacen. Lo consideran un entrenador, un mentor, un orientador profesional… depende de ellos qué tipo de relación quieran tener».

Bienvenidos al maravilloso nuevo mundo de los vínculos parasociales con máquinas, patrocinado por el centro universitario de excelencia docente.

El momento fue absurdo, pero revelador: la universidad no estaba resistiéndose a la educación basura; estaba incorporándola.

La educación, en su mejor expresión, despierta la curiosidad y el pensamiento crítico. La «educación basura» hace exactamente lo contrario: enseña a las personas a tolerar la falta de sentido, a aceptar la automatización de su propio pensamiento y a valorar las credenciales por encima de la competencia.

Los administradores parecen incapaces de comprender lo evidente: erosionar el propósito fundamental de la educación superior no pasa inadvertido.

Si ChatGPT puede escribir ensayos, aprobar exámenes con excelentes resultados y actuar como tutor, ¿qué vende exactamente la universidad? ¿Por qué pagar decenas de miles de dólares por una experiencia cada vez más automatizada? ¿Por qué dedicar la vida a enseñar si la enseñanza queda reducida a la ingeniería de prompts? ¿Por qué conservar profesores titulares cuyo papel parece pintoresco, medieval y redundante? ¿Por qué tener universidades?

Los estudiantes y sus padres ciertamente han percibido el deterioro. Las matrículas y las tasas de permanencia están cayendo, especialmente en sistemas públicos como la CSU. Los estudiantes razonan, con razón, que tiene poco sentido asumir deudas aplastantes para conseguir títulos que pronto podrían quedar obsoletos.

El profesor de filosofía Troy Jollimore, de CSU Chico, advirtió: «Una enorme cantidad de estudiantes saldrá de la universidad con títulos y entrará en el mercado laboral siendo, en esencia, analfabeta».

Y añadió: «Cada vez que hablo con un colega sobre esto surge el mismo tema: la jubilación. ¿Cuándo puedo jubilarme? ¿Cuándo puedo salir de aquí? Eso es lo que todos estamos pensando ahora».

Quienes dedicaron décadas a perfeccionar su profesión contemplan ahora cómo el trabajo de toda una vida queda reducido a escribir instrucciones para un chatbot. No sorprende que tantos estén calculando sus beneficios de jubilación entre una hora de consulta y otra.

Que coman IA

Asistí al seminario web educativo de OpenAI «Escribir en la era de la IA» (¿es eso ahora un oxímoron?).

Una vez más, el evento estuvo dirigido por Siya Raj Purohit, de OpenAI, a quien había visto meses antes en el campus de SFSU. Comenzó elogiando efusivamente a los educadores que estaban «afrontando el momento con empatía y curiosidad», antes de presentar a Jay Dixit, antiguo profesor de inglés de Yale convertido en evangelizador de la IA y actual responsable de la Comunidad de Escritores de OpenAI.

El sitio web personal de Dixit parece una magistral lista de conquistas de ChatGPT: «¡Mi marco ético de IA ha sido adoptado!», «¡Definí los mensajes sobre IA!». Es el tipo de lenguaje corporativo y autocomplaciente de un currículum que haría sonrojar a un influencer de LinkedIn.

Lo que siguió fue una mezcla surrealista de encanto de charla TED, tecno-teología e instrucción moral.

La ironía no era precisamente sutil. Allí estaba Dixit, producto de una educación de élite en Yale que cuesta 80.000 dólares al año, dando lecciones a profesores de universidades públicas como San Francisco State sobre cómo sus estudiantes de clase trabajadora deberían adoptar ChatGPT.

En SFSU, el 60 por ciento de los estudiantes son la primera generación de sus familias que asiste a la universidad; muchos trabajan en varios empleos o proceden de familias inmigrantes en las que la educación representa la única oportunidad familiar de ascender socialmente. Estos no son estudiantes que puedan permitirse experimentar con su futuro académico.

El mensaje de Dixit era puro evangelio de Silicon Valley: responsabilidad individual envuelta en tópicos corporativos. Según aconsejaba, los profesores no deberían vigilar el uso de ChatGPT por parte de los estudiantes, sino animarlos a desarrollar su propia «ética personal de IA», apelando a su lado más noble.

«¡No externalicen el pensamiento!», proclamaba Dixit mientras, literalmente, vendía el chatbot.

La audacia era impresionante. Dile a un joven de 18 años cuya ayuda financiera, beca o visado depende de su promedio académico que desarrolle una «ética personal de IA» mientras tú obtienes beneficios de la misma tecnología diseñada para socavar su aprendizaje.

Es el clásico jiu-jitsu neoliberal: reformular la erosión de las normas institucionales como una oportunidad para fortalecer el carácter. Sí, como un traficante de drogas dando lecciones sobre responsabilidad personal mientras reparte muestras gratuitas.

Cuando los críticos cuestionan este evangelismo corporativo, la respuesta —como la de Roy Lee— es predecible: se nos acusa de sufrir «pánico moral» ante un progreso inevitable y se invoca la antigua preocupación de Sócrates por la escritura para sugerir que los temores actuales ante la IA son mera nostalgia.

Figuras tecnológicas como Reid Hoffman defienden este argumento, promoviendo el «despliegue iterativo» e insistiendo en que nuestro «sentido de urgencia debe corresponderse con la velocidad actual del cambio»: lanzar primero, aprender durante el proceso y corregir después.

Reformula la precaución como «problemismo» y denomina «Gloomers» —pesimistas— a los escépticos, sosteniendo que ralentizar o detener la IA únicamente impediría aprovechar sus beneficios.

Pero la analogía es defectuosa. Las tecnologías anteriores ampliaron la capacidad de acción humana a lo largo de generaciones; esta pretende reemplazar la cognición a la velocidad de una plataforma —ChatGPT alcanzó los 100 millones de usuarios en dos meses— mientras el público es reclutado para participar activamente en el experimento después de que el producto ya haya sido lanzado.

Hoffman reconoce la dificultad democrática: una participación amplia ralentiza la innovación, de modo que un progreso más rápido podría proceder de «países más autoritarios». Lejos de ser una respuesta al pánico moral, este es un argumento a favor de avanzar más rápido que el consentimiento.

Las contradicciones continuaron acumulándose. Mientras Dixit proyectaba un folleto de Yale que ensalzaba el propósito de la educación liberal, tranquilizaba a los profesores diciendo que ChatGPT podía actuar como «socio creativo», «caja de resonancia» e incluso «asistente editorial».

No había que temer a la escritura con IA: simplemente estaba renaciendo. Y lo que importaba ahora era la capacidad de adaptación de los estudiantes.

«El futuro es incierto», concluyó. «Tenemos que preparar a los estudiantes para que sean ágiles, flexibles y estén preparados para cualquier cosa».

Todo el evento fue una clase magistral de manipulación psicológica. OpenAI crea las herramientas que facilitan las trampas académicas y después organiza seminarios web para vender estrategias de recuperación moral. Es el círculo de la vida de Silicon Valley: disrupción, pánico, beneficio.

Cuando Siya abrió el turno de preguntas, envié una basada en las presiones reales que enfrentan mis estudiantes:

«¿Cómo podemos esperar motivar a los estudiantes cuando la IA puede generar fácilmente sus ensayos, especialmente cuando sus ayudas financieras, becas y visados dependen de su promedio académico? Cuando la educación se ha convertido en un proceso transaccional de clasificación de alto riesgo para un mercado laboral hipercompetitivo, ¿cómo podemos esperar que no utilicen IA para realizar su trabajo?»

Nunca la leyeron en voz alta. Siya la pasó por alto y prefirió preguntas que permitían ofrecer suaves exhortaciones morales y repetir los argumentos de la empresa. El evento prometía diálogo, pero ofreció dogma.

Los estudiantes de clase trabajadora ven el engaño

Lo que el evangelismo corporativo de Dixit pasó completamente por alto es que los propios estudiantes están encabezando la resistencia.

Mientras los titulares se obsesionan con el uso generalizado de IA para hacer trampa, está surgiendo una historia diferente en las aulas donde los profesores realmente escuchan a sus estudiantes.

En San Francisco State, la profesora Martha Kenney, quien dirigió el Departamento de Estudios de Mujeres y Género, describió lo ocurrido en su clase de ciencia ficción después de anunciarse la alianza CSU-OpenAI.

Sus estudiantes, señaló, «eran justificadamente escépticos respecto de que el uso habitual de IA generativa en el aula pudiera privarlos de la educación por la que estaban pagando tanto dinero».

Al terminar el semestre, la mayoría ni siquiera había abierto ChatGPT Edu.

Su colega Martha Lincoln explicó: «Nuestros estudiantes tienen motivaciones prosociales. Quieren contribuir a la sociedad. Están pagando muchísimo dinero para estar aquí».

Cuando Lincoln habló públicamente sobre el acuerdo de la CSU con la IA, contó: «Recibí mensajes de muchos estudiantes de Cal State que ni siquiera pertenecían a nuestro campus preguntándome: “¿Cómo puedo resistirme a esto? ¿Quién se está organizando?”».

No eran estudiantes privilegiados de la Ivy League buscando atajos. Eran universitarios de primera generación, muchos pertenecientes a grupos históricamente marginados, que comprendían algo que aparentemente los administradores no entendían: se les estaba pidiendo pagar un precio elevado por un producto devaluado.

«ChatGPT no es una tecnología educativa», explicó Kenney. «No fue diseñado ni optimizado para la educación».

Cuando la CSU implementó la alianza, «no se especificó cómo se supone que debemos utilizarlo ni para qué debemos utilizarlo. Normalmente, cuando compramos una licencia tecnológica, es para un software diseñado para hacer algo específico… pero ChatGPT no lo es».

Lincoln fue todavía más directa: «No se ha presentado ninguna justificación pedagógica. Esto no tiene que ver con el éxito de los estudiantes. OpenAI quiere convertir esto en la infraestructura de la educación superior, porque nosotros somos un mercado para ellos. Si privilegiamos la IA como fuente de respuestas correctas, estamos eliminando el proceso de la enseñanza y el aprendizaje. Nos estamos vendiendo por prácticamente nada».

Ali Kashani expresó una preocupación similar: «La CSU lanzó la IA sobre profesores y estudiantes sin realizar ninguna investigación adecuada acerca de su impacto. Los estudiantes de primera generación y los estudiantes marginados experimentarán los aspectos negativos de la IA […] los estudiantes están siendo utilizados como conejillos de Indias en el laboratorio de IA».

Kenney y Lincoln habían advertido: «La introducción de la IA en la educación superior es, esencialmente, un experimento no regulado. ¿Por qué nuestros estudiantes deberían ser los conejillos de Indias?».

Para Kashani y otros, la cuestión no consiste en determinar si los educadores están a favor o en contra de la tecnología. La pregunta es quién la controla y con qué propósito.

La IA no está democratizando el aprendizaje: lo está automatizando.

La respuesta organizada está creciendo. La California Faculty Association (CFA) presentó una denuncia por práctica laboral injusta contra la CSU por imponer la iniciativa de IA sin consultar al profesorado, argumentando que vulneró la legislación laboral y los derechos de propiedad intelectual de los docentes.

Durante la Conferencia de Equidad de la CFA, la Dra. Safiya Noble —autora de Algorithms of Oppression— instó a los profesores a exigir transparencia acerca de cómo se almacenan los datos, qué explotación laboral existe detrás de los sistemas de IA y en qué daños medioambientales está siendo cómplice la CSU.

La resistencia se está extendiendo más allá de California. Profesores universitarios neerlandeses han publicado una carta abierta solicitando una moratoria sobre la IA en los entornos académicos, advirtiendo que su utilización «despoja de habilidades al pensamiento crítico» y reduce a los estudiantes a operadores de máquinas.

«Muy pocos estudiantes obtienen un título en Estudios de Mujeres y Género por razones instrumentales», explicó Kenney. «Están allí porque quieren convertirse en pensadores críticos y ciudadanos políticamente comprometidos».

Estos estudiantes comprenden algo que los administradores y evangelizadores tecnológicos no comprenden: no están pagando por automatización. Están pagando por orientación, diálogo y relaciones intelectuales que no pueden externalizarse a un chatbot.

La Chatversidad normaliza y legitima las trampas académicas. Rebautiza la destrucción educativa como una moderna «alfabetización en IA» mientras silencia precisamente las voces —estudiantes de clase trabajadora, académicos críticos y profesores organizados— que ponen al descubierto el engaño.

Como lo expresó Lincoln con absoluta claridad: «¿Por qué nuestra institución compraría una licencia de un producto gratuito para hacer trampa?».

El nuevo colonialismo de la IA

Aquel seminario web era representativo de algo mucho mayor. OpenAI, fundada en su momento bajo la promesa de apertura, ahora filtra las voces incómodas en favor de la propaganda corporativa.

La periodista de investigación Karen Hao lo aprendió de la peor manera. Después de publicar un perfil crítico de OpenAI, fue incluida en una lista negra durante años.

En Empire of AI, muestra cómo el director ejecutivo Sam Altman envuelve sus ambiciones monopolísticas en lenguaje humanitario: su imagen tranquila y casi monástica —¡caramba, el pequeño Sammy incluso practica mindfulness!— oculta un enorme y opaco imperio de capital de riesgo y alianzas gubernamentales que se extiende desde Silicon Valley hasta la Casa Blanca.

Y mientras OpenAI defiende públicamente la idea de «alinear la IA con los valores humanos», ha presionado a sus empleados para que firmen acuerdos de no desprestigio de por vida bajo la amenaza de perder millones de dólares en participaciones empresariales.

Hao compara este imperio con las fábricas de algodón del siglo XIX: tecnológicamente avanzadas, económicamente dominantes y construidas sobre trabajo oculto.

Donde antes reinaba el algodón, ahora reina ChatGPT, sostenido por una explotación que se ha vuelto invisible.

La revista Time reveló que OpenAI externalizó la moderación de contenidos de ChatGPT a la empresa keniana Sama, donde trabajadores ganaban menos de dos dólares por hora por filtrar material terrible de internet: violencia gráfica, discursos de odio y explotación sexual.

Muchos quedaron traumatizados por aquellos contenidos tóxicos. OpenAI exportó este sufrimiento a trabajadores del Sur Global y después rebautizó el producto ya depurado como «IA segura».

La misma lógica extractiva se extiende al medioambiente. Entrenar grandes modelos de lenguaje consume anualmente millones de kilovatios-hora y cientos de miles de galones de agua, en ocasiones cantidades comparables a las utilizadas por pequeñas ciudades, y frecuentemente en regiones propensas a la sequía.

Los costos se ocultan, se externalizan y se ignoran.

Ese es el evangelio de OpenAI: prometer la utopía y externalizar el daño.

El sistema de la Universidad Estatal de California, que durante mucho tiempo se presentó a sí mismo como «la universidad del pueblo», se ha incorporado ahora a esta cadena de suministro global.

Su alianza de 17 millones de dólares con OpenAI —firmada sin una consulta significativa al profesorado— ofrece estudiantes e instructores como probadores beta para una empresa que castiga la disidencia y consume recursos públicos.

Esta es la fase final de la corporativización: la educación pública transformada en un sistema de distribución para el capital privado.

La colaboración de la CSU con OpenAI constituye el capítulo más reciente de una larga historia de imperios, en la que los bienes públicos son conquistados, reenvasados y vendidos nuevamente como progreso.

Los profesores que trabajan sobre el terreno perciben la contradicción. Jennifer Trainor, profesora de Inglés y directora académica del Centro para la Equidad y la Excelencia en la Enseñanza y el Aprendizaje de SFSU, solo se enteró de la alianza cuando fue anunciada públicamente.

Según explica, lo más llamativo del anuncio en aquel momento fue su tono de celebración: «Parecía surrealista, porque ocurrió exactamente en el momento en que se estaban imponiendo en nuestro campus recortes presupuestarios, despidos y consolidaciones curriculares».

Para Trainor, el acuerdo parecía «un engaño: presentar la IA como una estrategia para el éxito estudiantil mientras se desmantelan precisamente los programas que fomentan el pensamiento crítico».

La CSU podría haber financiado auténticas herramientas educativas creadas por educadores, señala, pero decidió pagar millones a una empresa de Silicon Valley que ya ofrecía gratuitamente su producto.

Como señala Marc Watkins, escritor de The Chronicle of Higher Education, se trata de una «compra motivada por el pánico»: comprar «la ilusión de control».

Aún más revelador es que la CSU ignoró a profesores con verdadera experiencia en IA.

En un mundo ideal, señala Trainor, el sistema habría apoyado «iniciativas surgidas desde las bases y dirigidas por los profesores».

En lugar de eso, adoptó una plataforma corporativa de la que muchos docentes desconfían. De hecho, la IA se ha convertido en una especie de abreviatura orwelliana para una gobernanza cerrada y beneficios privatizados.

Desde entonces, Trainor ha continuado escribiendo sobre estas cuestiones y trabajando con profesores para abordar los problemas que empresas como OpenAI plantean para la educación.

La alianza de la CSU deja al descubierto hasta qué punto las universidades públicas se han alejado de su misión democrática. Lo que se comercializa como innovación es simplemente otra forma de dependencia: la educación reducida a una franquicia de un imperio tecnológico global.

Lo que realmente está en juego

Si las secciones anteriores expusieron la colonización económica e institucional de la educación pública, lo que sigue es su costo cognitivo y moral.

Un estudio reciente del MIT, titulado Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task («Tu cerebro con ChatGPT: acumulación de deuda cognitiva al utilizar un asistente de IA para una tarea de redacción de ensayos»), ofrece evidencias preocupantes.

Cuando los participantes utilizaron ChatGPT para redactar ensayos, los escáneres cerebrales revelaron una caída del 47 por ciento en la conectividad neuronal entre regiones relacionadas con la memoria, el lenguaje y el razonamiento crítico.

Sus cerebros trabajaban menos, pero ellos se sentían igual de involucrados: una especie de espejismo metacognitivo.

El 83 por ciento de los usuarios intensivos de IA no podía recordar los puntos fundamentales de aquello que supuestamente había «escrito», frente a apenas el 10 por ciento de quienes habían redactado sin ayuda.

Evaluadores neutrales describieron los textos elaborados con asistencia de IA como «sin alma, vacíos y carentes de individualidad».

Y lo más alarmante: después de cuatro meses dependiendo de ChatGPT, cuando se les retiró la herramienta, los participantes escribieron peor que quienes nunca la habían utilizado.

El estudio advierte que, cuando la escritura se delega a la IA, cambia fundamentalmente la manera en que las personas aprenden.

Como advirtió hace décadas el científico informático Joseph Weizenbaum, el verdadero peligro reside en que los seres humanos adapten sus mentes a la lógica de las máquinas.

Los estudiantes no solo están aprendiendo menos: sus cerebros están aprendiendo a no aprender.

El autor y podcaster Cal Newport denomina a esto «deuda cognitiva»: hipotecar nuestra capacidad cognitiva futura a cambio de comodidad inmediata.

Su invitado Brad Stulberg lo compara con utilizar una carretilla elevadora en un gimnasio: puedes pasar la misma hora allí sin levantar nada y aun así sentir que has sido productivo, pero tus músculos se atrofiarán.

El pensamiento, al igual que la fuerza física, se desarrolla mediante la resistencia. Cuanto más delegamos nuestro esfuerzo mental en las máquinas, más perdemos nuestra capacidad de pensar.

Esta erosión ya es visible en las aulas. Los estudiantes llegan dominando la elaboración de prompts, pero dudan cuando tienen que expresar sus propias ideas.

Los ensayos parecen pulidos, pero rígidos: construidos a partir de sintaxis sintética y pensamientos prestados.

El lenguaje de la reflexión —«me pregunto», «me cuesta», «ahora comprendo»— está desapareciendo.

En su lugar aparece la gramática limpia de la automatización: fluida, eficiente y vacía.

La verdadera tragedia no consiste en que los estudiantes utilicen ChatGPT para realizar sus trabajos académicos.

La verdadera tragedia es que las universidades están enseñando a todos —estudiantes, profesores y administradores— a dejar de pensar.

Estamos externalizando el discernimiento.

Los estudiantes se gradúan dominando los prompts, pero siendo analfabetos en materia de juicio crítico; los profesores enseñan, pero no se les concede la libertad necesaria para educar; y las universidades, ansiosas por parecer innovadoras, desmantelan precisamente las prácticas que alguna vez hicieron que merecieran llamarse universidades.

Nos aproximamos a una bancarrota educativa: títulos sin aprendizaje, enseñanza sin comprensión e instituciones sin propósito.

El alma de la educación pública está en juego.

Cuando el mayor sistema universitario público concede una licencia para utilizar un chatbot de IA perteneciente a una corporación que incluye periodistas en listas negras, explota a trabajadores de datos del Sur Global, acumula poder geopolítico y energético a una escala sin precedentes y se posiciona como guardián no elegido del destino humano, traiciona su misión como «universidad del pueblo», arraigada en ideales democráticos y de justicia social.

OpenAI no es un socio. Es un imperio, envuelto en ética y empaquetado junto con unos Términos de Servicio.

La universidad no se resistió. Hizo clic en «Aceptar».

He contemplado este desmoronamiento desde dos perspectivas: como profesor que lo está viviendo y como estudiante universitario de primera generación que alguna vez creyó que la universidad era un espacio sagrado para aprender.

En la década de 1980 asistí a Sonoma State University. La CSU no cobraba matrícula: únicamente una modesta cuota de inscripción de 670 dólares al año.

La economía estaba en recesión, pero apenas me daba cuenta. Yo ya estaba sin dinero. Si necesitaba algunos dólares, vendía discos LP en una tienda de discos usados.

No fui a la universidad «para» conseguir un trabajo. Fui para explorar, para enfrentarme a desafíos, para descubrir qué cosas importaban.

Me tomó seis años graduarme en Psicología: seis de los años más significativos y exploratorios de mi vida.

Ese tipo de educación —abierta, asequible y orientada a la búsqueda de sentido— alguna vez floreció en las universidades públicas.

Pero ahora está casi extinguida. No «escala». No encaja en el plan estratégico. Y no es computable.

Precisamente por eso la Chatversidad quiere eliminarla.

Pero también demuestra otra verdad: las cosas pueden ser diferentes. Alguna vez lo fueron.

Redacción: Web del Maestro CMF | Publicado por: Current Affairs

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