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Nélida Zaitegi, maestra, pedagoga y especialista en convivencia positiva, explica seis claves para aprender a convivir en el aula

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Nélida Zaitegi, maestra, pedagoga y especialista en convivencia positiva, explica seis claves para aprender a convivir en el aula

En este vídeo, la maestra y pedagoga Nélida Zaitegi, explica las seis claves fundamentales para aprender a convivir en la escuela y la familia: definir qué es convivencia, aprender a resolver conflictos, establecer normas y educación moral, fomentar la participación del alumnado, eliminar todo tipo de violencia y plantear una metodología orientada a la convivencia. Educar en valores, afirma, es una cuestión que implica a toda la sociedad.

La maestra y pedagoga española Nélida Zaitegi plantea seis claves fundamentales para mejorar la convivencia escolar y transformar las relaciones entre estudiantes, docentes y familias. En España, durante una entrevista para el proyecto educativo Aprendemos Juntos, de BBVA, la especialista abordó uno de los grandes desafíos de la educación contemporánea: enseñar a niños y adolescentes a vivir con otras personas, respetar las diferencias y resolver los conflictos sin recurrir a la violencia. Su planteamiento parte de una convicción pedagógica: la convivencia no se consigue únicamente mediante normas y sanciones, sino que debe aprenderse, practicarse y construirse diariamente dentro de la comunidad educativa.

La propuesta de Zaitegi invita a revisar el papel de las instituciones educativas en la formación de ciudadanos capaces de participar responsablemente en la sociedad. Desde esta perspectiva, la escuela no puede limitarse a transmitir conocimientos académicos mientras deja en segundo plano las relaciones humanas. Aprender a convivir constituye una dimensión esencial de la educación, porque influye en el bienestar emocional, la participación y las condiciones necesarias para el aprendizaje. La especialista defiende una convivencia democrática en la que los estudiantes comprendan sus responsabilidades, desarrollen habilidades sociales y encuentren oportunidades reales para ejercer el respeto, la empatía y la cooperación. Artículo relacionso: Nélida Zaitegi de Miguel: Nada va a cambiar si el profesorado no cambia los paradigmas

Nélida Zaitegi de Miguel es una maestra y pedagoga promotora de la construcción de convivencia positiva en los centros educativos, de la prevención y actuación ante casos de acoso escolar entre iguales.

Seis claves para aprender a convivir en la escuela

A partir de su experiencia como maestra y pedagoga, Nélida Zaitegi propone seis claves para aprender a convivir en la escuela, centradas en el respeto, la participación, el diálogo y la resolución pacífica de los conflictos. Sus planteamientos invitan a docentes, estudiantes y familias a comprender que la convivencia no surge espontáneamente, sino que requiere un aprendizaje continuo y un compromiso compartido.

1. Definir qué significa realmente convivir

La primera clave consiste en comprender que convivir no equivale simplemente a evitar peleas, mantener el silencio o conseguir que los estudiantes obedezcan instrucciones. Para Zaitegi, la convivencia requiere construir relaciones basadas en la dignidad humana, el reconocimiento de los demás y el respeto a los derechos individuales y colectivos. Una institución puede mantener el orden mediante controles estrictos y, sin embargo, presentar dificultades importantes en sus relaciones internas. Por eso, resulta necesario que docentes, directivos, estudiantes y familias compartan una visión educativa que permita distinguir entre una disciplina basada exclusivamente en la obediencia y una convivencia sustentada en la responsabilidad.

Esta concepción implica reconocer que las diferencias de opinión, las necesidades individuales y las distintas formas de pensar forman parte de cualquier comunidad. Una escuela que educa para convivir no pretende eliminar las diferencias, sino enseñar a gestionarlas respetuosamente. El desafío consiste en establecer relaciones donde todas las personas puedan sentirse escuchadas, valoradas y protegidas. Desde esta mirada, la convivencia deja de ser un asunto reservado a quienes administran la disciplina escolar y se convierte en una responsabilidad compartida. Las decisiones institucionales, las prácticas docentes y las interacciones cotidianas deben contribuir a desarrollar una cultura de respeto y colaboración.

2. Aprender a gestionar los conflictos de manera constructiva

La segunda clave propone modificar la manera en que las escuelas interpretan los conflictos. Zaitegi considera que los desacuerdos son inevitables cuando las personas conviven y que, por tanto, el objetivo educativo no debe ser impedir cualquier conflicto, sino enseñar a resolverlo sin violencia. Las diferencias entre compañeros, las discusiones durante las actividades y las dificultades para llegar a acuerdos pueden convertirse en experiencias formativas cuando existe una intervención pedagógica adecuada. En lugar de responder automáticamente mediante sanciones, los docentes pueden ayudar a identificar las causas del problema, comprender sus consecuencias y encontrar soluciones que respeten los derechos de las personas involucradas.

Esta perspectiva exige desarrollar habilidades que permitan escuchar, expresar desacuerdos, reconocer emociones y asumir responsabilidades. Resolver un conflicto no significa determinar únicamente quién merece un castigo, sino comprender qué ocurrió y cómo evitar que el daño se repita. Cuando corresponde, la reparación del perjuicio causado puede formar parte del proceso educativo, siempre que se proteja a quienes resultaron afectados. Para trasladar este enfoque a la práctica escolar, pueden considerarse actuaciones como las siguientes:

  • Escuchar a las personas involucradas y comprender sus diferentes perspectivas.
  • Identificar las conductas que provocaron el conflicto y sus consecuencias.
  • Promover el diálogo respetuoso y la búsqueda de acuerdos.
  • Establecer medidas de reparación cuando se haya producido algún daño.
  • Realizar un seguimiento para prevenir nuevas situaciones de violencia.

3. Construir las normas de convivencia con participación estudiantil

La tercera clave destaca la importancia de que los estudiantes participen en la elaboración y comprensión de las normas que organizan la vida escolar. Las reglas adquieren mayor sentido educativo cuando los alumnos conocen sus fundamentos y comprenden por qué son necesarias para proteger los derechos de todos. Zaitegi propone superar una concepción de la disciplina basada exclusivamente en órdenes impuestas desde la autoridad. Esto no significa que los adultos renuncien a establecer límites, sino que deben explicar su finalidad y generar oportunidades para que los estudiantes participen responsablemente en los acuerdos que regulan la convivencia dentro del aula.

Cuando los estudiantes intervienen en estos procesos, pueden desarrollar una comprensión más profunda de la responsabilidad individual y colectiva. Participar en la construcción de acuerdos no elimina la autoridad docente, sino que permite ejercerla desde una perspectiva educativa y democrática. Las normas deben ser claras, conocidas, coherentes y compatibles con los derechos de la infancia. Asimismo, es importante revisar periódicamente su cumplimiento y explicar las consecuencias de las conductas que perjudican a otras personas. La participación estudiantil tampoco significa que todas las decisiones puedan someterse a votación, especialmente cuando están relacionadas con la seguridad, la protección y la dignidad humana.

4. Promover la participación activa del alumnado

La cuarta clave amplía el concepto de participación más allá de la elaboración de normas. Para Zaitegi, los estudiantes necesitan experimentar la democracia en su vida escolar, no limitarse a estudiarla como un contenido teórico. Esto supone ofrecer espacios donde puedan expresar opiniones, formular propuestas, asumir responsabilidades y participar en decisiones apropiadas para su edad. Las asambleas de aula, los proyectos cooperativos y los mecanismos de representación estudiantil constituyen ejemplos de prácticas que pueden favorecer este aprendizaje. La participación debe ser auténtica y permitir que las aportaciones de los alumnos tengan una consideración real dentro de la comunidad educativa.

Una escuela participativa también necesita garantizar que las oportunidades de intervención no queden reservadas a quienes tienen mayor facilidad para expresarse. Aprender a convivir implica escuchar las voces menos visibles, respetar los distintos ritmos y reconocer la diversidad de experiencias presentes en el aula. En este sentido, el docente cumple una función esencial como facilitador de espacios de diálogo y colaboración. La participación requiere orientación, límites y acompañamiento para evitar que las decisiones colectivas reproduzcan situaciones de exclusión. Su valor pedagógico reside en enseñar que formar parte de una comunidad implica ejercer derechos y asumir compromisos con los demás.

5. Rechazar la violencia y enseñar a respetar las diferencias

La quinta clave sitúa la prevención de la violencia como una responsabilidad permanente de toda la institución educativa. La convivencia democrática exige rechazar las agresiones físicas, las humillaciones, las amenazas, la discriminación y cualquier conducta que vulnere la dignidad de las personas. Zaitegi vincula la educación para convivir con el aprendizaje del respeto y la capacidad de reconocer al otro como alguien que posee los mismos derechos. Esta formación no puede reducirse a campañas ocasionales o actividades aisladas. Debe reflejarse en las relaciones cotidianas, en la actuación de los adultos y en las respuestas institucionales frente a situaciones de maltrato.

Prevenir la violencia requiere intervenir tempranamente ante conductas que puedan normalizar la exclusión o el desprecio hacia determinados estudiantes. Educar en el respeto no significa exigir que todos piensen igual, sino enseñar que ninguna diferencia justifica la agresión. También supone distinguir entre los desacuerdos habituales y las situaciones de acoso, intimidación o abuso de poder, que necesitan medidas específicas de protección. Las familias desempeñan un papel importante mediante el ejemplo y la coherencia de sus actuaciones. Cuando escuela y hogar transmiten mensajes contradictorios sobre el respeto, los límites y la responsabilidad, el aprendizaje de la convivencia puede verse debilitado.

6. Revisar las metodologías de enseñanza y evaluación

La sexta clave invita a examinar cómo influyen las prácticas pedagógicas en las relaciones que se establecen dentro de las aulas. La convivencia no depende únicamente de las normas disciplinarias, sino también de la manera en que se enseña, se aprende y se evalúa. Zaitegi plantea que las metodologías educativas pueden favorecer la cooperación, la participación y el reconocimiento mutuo, o generar dinámicas que dificulten estas experiencias. El trabajo colaborativo, las oportunidades de diálogo y una evaluación que ayude a comprender los errores pueden contribuir a crear ambientes de aprendizaje más respetuosos, siempre que estén acompañados por una orientación docente adecuada.

Esta última clave conecta las anteriores con una idea central: la convivencia escolar se aprende mediante experiencias concretas y el ejemplo cotidiano de los adultos. Un docente que escucha, establece límites coherentes y trata respetuosamente a sus estudiantes transmite enseñanzas que van más allá del currículo. Del mismo modo, una institución que promueve la participación, protege frente a la violencia y ofrece oportunidades para reparar los errores convierte sus principios en prácticas observables. La propuesta de Nélida Zaitegi recuerda que educar para convivir no constituye una tarea secundaria de la escuela, sino una responsabilidad esencial para formar personas capaces de vivir responsablemente en sociedad.

En definitiva, las seis claves propuestas por Nélida Zaitegi recuerdan que aprender a convivir es tan importante como aprender a leer, escribir o resolver problemas matemáticos. La escuela no solo debe preparar a los estudiantes para alcanzar buenos resultados académicos, sino también para relacionarse con respeto, afrontar los desacuerdos, asumir responsabilidades y participar constructivamente en la sociedad. La convivencia no se impone únicamente mediante castigos ni se construye a través de discursos, sino mediante el ejemplo, el diálogo y la práctica cotidiana de los valores. Por ello, docentes, familias y estudiantes comparten el compromiso de transformar cada aula en un espacio donde la dignidad, la empatía y la cooperación sean principios que se vivan diariamente.

Redacción: Web del Maestro CMF

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