La psiquiatra española Marian Rojas Estapé ha reabierto el debate sobre la edad adecuada para entregar un teléfono celular a niños y adolescentes, una decisión que preocupa cada vez más a las familias ante la creciente presencia de la tecnología en la vida cotidiana. Durante una entrevista difundida en redes sociales, la especialista defendió la importancia de retrasar el acceso a los dispositivos personales hasta que los menores hayan desarrollado mayores capacidades de autocontrol y madurez emocional. Su planteamiento cuestiona la normalización del uso temprano de teléfonos inteligentes y propone reflexionar sobre las consecuencias que puede tener entregar estas herramientas durante etapas fundamentales del desarrollo infantil.
Marian Rojas Estapé es una médica psiquiatra y escritora española, reconocida por sus publicaciones y conferencias sobre salud mental, emociones, atención y bienestar psicológico. A través de sus intervenciones públicas, ha abordado la influencia de los hábitos cotidianos y los estímulos digitales en el comportamiento humano. En esta ocasión, su reflexión se concentra en una preocupación compartida por numerosas familias: determinar cuándo un hijo está preparado para disponer de un teléfono propio. La especialista sostiene que la decisión no debería depender exclusivamente de la edad, las exigencias sociales o el hecho de que otros compañeros ya tengan dispositivos electrónicos.
Marian Rojas Estapé recomienda retrasar la entrega del primer celular
Durante la entrevista, Rojas Estapé expresó una postura contundente sobre el momento apropiado para entregar un teléfono inteligente a los menores. «Cuanto más tarde, mejor», afirmó al referirse a la conveniencia de posponer esta decisión. La psiquiatra aclaró que no estaba hablando de esperar hasta los ocho años, sino de considerar edades más avanzadas, como los 14, 15, 16 o 17 años. Su recomendación parte de la preocupación por la exposición temprana a estímulos digitales y por las dificultades que pueden experimentar algunos menores para regular su utilización cuando todavía están desarrollando habilidades relacionadas con el autocontrol.
La especialista también recurrió a una comparación especialmente llamativa para explicar los riesgos que atribuye al acceso prematuro a las pantallas. En su intervención describió la entrega temprana de estos dispositivos como «darle una bomba de relojería a tu hijo», una expresión con la que buscó transmitir la magnitud de su preocupación. Aunque se trata de una advertencia formulada en términos enfáticos, conviene distinguir su valoración personal de las conclusiones científicas. No existe una edad universal que garantice un uso seguro del teléfono, porque también influyen la madurez individual, el acompañamiento familiar, las características del dispositivo y las condiciones de utilización.
El desarrollo cerebral y los riesgos de la exposición temprana
Uno de los principales argumentos relacionados con esta recomendación es que el cerebro infantil y adolescente continúa desarrollando funciones esenciales para regular la conducta y tomar decisiones. Entre ellas destacan la planificación, el control de impulsos, la atención sostenida y la capacidad de anticipar consecuencias. Estas habilidades evolucionan progresivamente durante la adolescencia, aunque su desarrollo no depende únicamente de la edad cronológica. En este contexto, disponer de acceso permanente a aplicaciones, notificaciones y contenidos digitales puede representar un desafío adicional para algunos menores, especialmente cuando todavía no cuentan con estrategias suficientes para administrar su tiempo y reconocer situaciones potencialmente perjudiciales.
Los teléfonos inteligentes ofrecen entretenimiento, comunicación e información, pero también incorporan aplicaciones diseñadas para mantener la participación del usuario mediante recomendaciones personalizadas, notificaciones y contenidos que se actualizan constantemente. La exposición prolongada o desregulada puede interferir con el descanso, el estudio y otras actividades necesarias para el desarrollo, dependiendo de los hábitos y contenidos utilizados. Sin embargo, no todos los usos de las pantallas producen los mismos efectos. Las actividades educativas, la comunicación familiar y determinadas experiencias creativas pueden aportar beneficios cuando responden a necesidades concretas y se desarrollan bajo condiciones apropiadas de supervisión.
El debate adquiere especial importancia porque entregar un teléfono personal supone algo más que permitir el acceso ocasional a una pantalla. Un dispositivo propio facilita la conexión permanente, la interacción con desconocidos, la participación en redes sociales y la exposición a contenidos que pueden resultar inadecuados para determinadas edades. También puede generar conflictos relacionados con los horarios, la privacidad y las responsabilidades escolares. Por esta razón, retrasar su entrega constituye una alternativa que algunas familias consideran razonable. No obstante, esa decisión debe acompañarse de educación digital, ya que posponer el acceso no garantiza por sí solo que un adolescente desarrolle competencias para desenvolverse responsablemente en internet.
La responsabilidad de los padres frente al uso de la tecnología
La recomendación de Marian Rojas Estapé plantea una dificultad concreta para muchas familias: actualmente, buena parte de las actividades escolares, sociales y personales se desarrolla mediante herramientas digitales. Los estudiantes utilizan plataformas educativas, consultan información y mantienen contacto con sus compañeros a través de internet. Esta realidad obliga a distinguir entre aprender a utilizar la tecnología y disponer de un teléfono inteligente sin supervisión. Un menor puede desarrollar competencias digitales mediante dispositivos compartidos, horarios establecidos y actividades acompañadas por adultos, sin necesidad de contar inmediatamente con un celular propio y acceso ilimitado a aplicaciones o redes sociales.
Cuando una familia decide permitir el uso de un teléfono, resulta fundamental establecer acuerdos claros antes de entregarlo. Las normas deben contemplar los contenidos permitidos, los horarios, la privacidad y las consecuencias del incumplimiento, pero también ofrecer espacios de diálogo y confianza. Entre las medidas que pueden contribuir a una utilización más responsable destacan las siguientes:
- Establecer horarios de uso compatibles con el descanso, el estudio y la convivencia familiar.
- Supervisar las aplicaciones, los contactos y los contenidos según la edad y madurez del menor.
- Evitar el uso del celular durante las comidas familiares y antes de dormir.
- Acordar consecuencias proporcionadas cuando se incumplan las normas establecidas.
- Mantener una comunicación abierta sobre situaciones incómodas, amenazas o riesgos digitales.
Estas medidas buscan convertir la supervisión en una oportunidad educativa, no en una vigilancia permanente que impida desarrollar autonomía.
Otro aspecto fundamental es el comportamiento de los propios adultos. Los padres difícilmente podrán enseñar hábitos digitales saludables si mantienen una relación descontrolada con sus teléfonos. Los menores aprenden observando cómo sus referentes familiares administran el tiempo, responden a las notificaciones y priorizan las conversaciones presenciales. Por ello, establecer momentos compartidos sin dispositivos, promover actividades recreativas y respetar los espacios de descanso puede resultar tan importante como imponer restricciones. La educación digital requiere coherencia, acompañamiento y acuerdos adaptados a cada etapa del crecimiento, evitando tanto la prohibición absoluta como la permisividad que deja todas las decisiones en manos del menor.
La reflexión de Marian Rojas Estapé invita a reconsiderar una práctica cada vez más habitual: entregar un teléfono inteligente como consecuencia automática de cumplir determinada edad o porque otros niños ya lo tienen. Su recomendación de retrasar ese momento pone el foco en la madurez emocional y en la capacidad de gestionar una herramienta que ofrece oportunidades, pero también exige responsabilidad. La cuestión fundamental no consiste únicamente en decidir cuándo comprar el primer celular, sino en preparar a los hijos para utilizarlo adecuadamente. La tecnología debe incorporarse de manera progresiva, con límites claros, orientación adulta y una educación que priorice el bienestar infantil por encima de la presión social.
Redacción: Web del Maestro CMF