En España, el psicólogo Marc Masip, especializado en adicciones vinculadas a las nuevas tecnologías, ha situado el acceso temprano al teléfono móvil en el centro de una discusión que afecta directamente a miles de familias. En una entrevista publicada por ABC, el especialista cuestionó que niños de apenas 10 o 12 años dispongan de un smartphone propio y advirtió sobre los problemas que pueden aparecer cuando su utilización desplaza actividades, relaciones y rutinas esenciales. Masip considera que entregar estos dispositivos a edades tan tempranas supone exponer a los menores a herramientas para las que todavía necesitan acompañamiento, educación y límites claros por parte de los adultos.
La posición del especialista parte de una realidad cotidiana: el teléfono ha dejado de utilizarse exclusivamente para comunicarse y concentra entretenimiento, redes sociales, juegos, vídeos y múltiples formas de interacción digital. Esa capacidad convierte al dispositivo en una herramienta especialmente atractiva para niños y adolescentes, pero también dificulta que puedan regular por sí solos cuánto tiempo permanecen conectados. Masip sostiene que el problema no debe analizarse únicamente por el número de horas frente a una pantalla, sino por la manera en que el móvil comienza a interferir en la vida diaria, especialmente cuando sustituye actividades, modifica comportamientos o provoca enfrentamientos familiares.
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Las señales que pueden advertir de un uso problemático
Uno de los aspectos centrales de la advertencia está relacionado con las señales que los adultos pueden observar en casa. El enfado intenso cuando se limita o retira el dispositivo, utilizarlo durante la noche o hacerlo a escondidas, abandonar actividades anteriormente atractivas, aislarse progresivamente o experimentar un descenso del rendimiento escolar pueden indicar que la relación con la tecnología necesita atención. Ninguna conducta aislada permite explicar automáticamente un problema, pero la acumulación de cambios puede convertirse en una señal de alarma para las familias. La clave está en observar cuánto espacio ocupa el teléfono y qué aspectos de la vida cotidiana están siendo desplazados por su utilización.
Entre los comportamientos y cambios que merecen especial atención dentro de la dinámica familiar se encuentran:
- El enfado persistente cuando los adultos retiran o restringen el teléfono.
- El uso del dispositivo durante la noche o de manera oculta.
- La pérdida progresiva de interés por actividades que antes resultaban atractivas.
- El aislamiento y la reducción de las relaciones personales presenciales.
- El descenso del rendimiento académico acompañado de un uso intensivo de las pantallas.
Estas señales permiten valorar el conjunto de hábitos del menor y evitan reducir el problema exclusivamente al número de horas de conexión.
Masip plantea que una de las decisiones más importantes consiste en retrasar la entrega del primer smartphone. Su posición es especialmente contundente cuando se refiere a edades tempranas: “Es una salvajada dar el móvil a los 10 o 12 años”. La frase resume su rechazo a normalizar que disponer de teléfono propio sea una consecuencia automática de alcanzar determinada edad o de que otros compañeros ya lo tengan. Desde esta perspectiva, la presión social no debería sustituir el criterio educativo de cada familia. Antes de entregar un dispositivo, los adultos deben valorar la madurez del menor, establecer normas y asumir que el acompañamiento continuará siendo necesario después de la compra.
Los límites también dependen del ejemplo de los adultos
La responsabilidad, sin embargo, no recae exclusivamente sobre niños y adolescentes. El comportamiento digital de los padres constituye una referencia permanente dentro del hogar, especialmente cuando se intenta establecer horarios o espacios libres de pantallas. Pedir a un menor que deje el teléfono mientras los adultos consultan constantemente el suyo puede debilitar cualquier norma y transmitir un mensaje contradictorio. Por ello, el especialista sitúa el ejemplo familiar como parte fundamental de la educación tecnológica. No se trata solamente de imponer prohibiciones, sino de construir hábitos coherentes en los que todos los integrantes de la familia puedan reconocer momentos para conectarse y otros destinados a conversar, descansar o compartir actividades.
Otro punto relevante es el uso del teléfono como instrumento de negociación dentro de casa. Convertirlo continuamente en recompensa por una buena conducta o retirarlo como castigo puede aumentar su valor simbólico y reforzar la idea de que constituye uno de los bienes más deseables para el menor. Masip propone que la educación digital se apoye en normas estables y comprensibles, no exclusivamente en premios y sanciones improvisadas. Esto exige que los adultos definan previamente qué usos consideran apropiados, cuáles son los horarios permitidos y qué espacios deben permanecer libres de dispositivos, evitando que las reglas cambien constantemente dependiendo del conflicto del momento.

Retirar una pantalla no basta si no existen alternativas
Limitar el móvil tampoco significa dejar un vacío en el tiempo cotidiano de niños y adolescentes. El planteamiento del especialista incorpora actividades capaces de competir con el atractivo inmediato de las pantallas y recuperar experiencias fundamentales para el desarrollo personal. Deporte, cultura, convivencia familiar y relaciones cara a cara forman parte de las alternativas que deben acompañar cualquier reducción del tiempo digital. La cuestión no consiste simplemente en apagar un dispositivo, sino en ofrecer oportunidades reales para que los menores encuentren interés fuera de él. Cuando existen actividades compartidas, movimiento, conversación y contacto con otras personas, la desconexión deja de percibirse únicamente como una prohibición impuesta por los adultos.
El debate también alcanza a las relaciones interpersonales. La comunicación mediante aplicaciones permite mantener contacto inmediato con otras personas, pero no reemplaza completamente las habilidades necesarias para conversar, afrontar desacuerdos o relacionarse presencialmente. Una infancia excesivamente concentrada en interacciones digitales puede reducir el tiempo disponible para experiencias sociales directas, precisamente durante una etapa en la que esas capacidades todavía se están formando. De ahí que la preocupación no se limite a lo que ocurre dentro del teléfono, sino también a todo aquello que puede dejar de suceder fuera de la pantalla: jugar, conversar, aburrirse, resolver conflictos, practicar deporte o compartir momentos cotidianos sin depender permanentemente de estímulos digitales.
La advertencia de Masip plantea finalmente una responsabilidad compartida que va más allá de prohibir o permitir un dispositivo a determinada edad. Educar en el uso de la tecnología exige acompañamiento, límites, coherencia y presencia adulta, porque el acceso a una herramienta no implica automáticamente saber administrarla. Las familias deben observar los hábitos, intervenir cuando el teléfono desplaza aspectos importantes de la vida y revisar también su propio comportamiento frente a las pantallas. Retrasar la entrega puede ser una medida preventiva, pero el desafío continúa después: enseñar a utilizar la tecnología sin permitir que esta termine organizando el descanso, las relaciones, el estudio y buena parte de la vida cotidiana del menor.
Redacción: Web del Maestro CMF