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Las familias recurren a actividades extraescolares ante la reducción del horario escolar, pero muchas no pueden costearlas: “Los inscribo porque tengo que trabajar”

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Las familias recurren a actividades extraescolares ante la reducción del horario escolar, pero muchas no pueden costearlas: “Los inscribo porque tengo que trabajar”

La reducción del horario escolar obliga a muchas familias a recurrir a extraescolares para conciliar con el trabajo, pero su costo deja fuera a quienes no pueden pagarlas.

En España, la reducción de las horas que muchos niños permanecen en el colegio está convirtiendo las actividades extraescolares en una pieza cada vez más importante para la conciliación familiar. El fenómeno se observa en ciudades como Madrid, Valencia, Toledo o Pamplona, donde numerosas familias recurren a deportes, idiomas, música, tecnología y otras propuestas para cubrir parte de la tarde. Sin embargo, esta solución tiene una consecuencia preocupante: el acceso depende en buena medida de la capacidad económica de cada hogar, lo que puede ampliar las diferencias educativas entre quienes pueden pagar una oferta variada y quienes solo disponen de alternativas gratuitas o limitadas.

El caso de Ana Montero refleja esa realidad cotidiana. Sus hijos, de nueve y cinco años, estudian en un colegio público de Tres Cantos, Madrid, y participan entre ambos en baloncesto, yudo, robótica, inglés, yoga, música y movimiento; el mayor también comenzará ajedrez. Montero explica que busca estimular su curiosidad y permitirles conocer actividades diferentes, pero reconoce que existe una razón práctica determinante: necesita compatibilizar su jornada laboral con el horario escolar. “No los apunto a un montón de cosas porque quiera que sean los mejores en ese campo”, señala, antes de situar la conciliación como el motivo principal.

La cuestión trasciende las decisiones individuales. Las familias españolas destinan 2.780 millones de euros anuales a actividades extraescolares destinadas a complementar la formación de sus hijos, según un informe de EsadeEcPol elaborado con datos del curso 2023-2024. Esa estimación, además, no incorpora determinadas actividades desarrolladas dentro de los propios colegios por empresas o trabajadores autónomos. El volumen económico muestra hasta qué punto estos servicios han adquirido un papel estructural. Para numerosos hogares ya no representan únicamente una oportunidad deportiva, cultural o académica, sino también una extensión práctica del tiempo de atención que necesitan mientras los adultos continúan trabajando.

Un horario escolar que aumenta las necesidades de conciliación

El crecimiento de esta demanda está relacionado con los cambios experimentados por la jornada escolar. La expansión de la jornada continua ha concentrado las clases en horario de mañana en numerosos centros, mientras que algunos colegios con jornada partida terminan alrededor de las 16.00, antes de lo que era habitual años atrás. Las administraciones autonómicas impulsaron actividades gratuitas para que las familias pudieran recoger a sus hijos más tarde, pero parte de esa oferta ha perdido atractivo. Las actividades promovidas por asociaciones de familias suelen presentar opciones más variadas, desde distintos deportes e idiomas hasta arte, robótica, cocina y otras propuestas vinculadas con nuevos intereses infantiles.

Entre las actividades que actualmente forman parte de esta oferta aparecen propuestas muy diversas:

  • Deportes como baloncesto, yudo y balonmano.
  • Idiomas y actividades de refuerzo educativo.
  • Robótica, ajedrez, arte y talleres de cómic.
  • Música, yoga, cocina y actividades de movimiento.

Este cambio plantea un problema de fondo para el sistema educativo. Daniel Gabaldón, profesor de Sociología de la Universidad de Valencia e investigador de las jornadas escolares, advierte que la renta familiar condiciona tanto el acceso como el tipo de actividad disponible para cada alumno. Las propuestas gratuitas de las administraciones pueden cumplir una función importante de cuidado y ampliación horaria, especialmente en centros con alumnado vulnerable, pero no siempre cuentan con un proyecto pedagógico comparable al de otras alternativas. Cuando las horas fuera del aula dependen crecientemente del mercado, las diferencias económicas pueden terminar convirtiéndose también en diferencias de oportunidades formativas.

Las opciones que encuentran las familias muestran una brecha clara. Quienes disponen de recursos suficientes pueden contratar actividades organizadas por las asociaciones de familias, academias privadas o empresas especializadas; en algunos casos, existen incluso centros que recogen directamente a los niños en el colegio y los trasladan a sus instalaciones. En cambio, los hogares con menor capacidad económica dependen con mayor frecuencia de programas gratuitos o de bajo coste. La desigualdad no consiste solamente en realizar o no una actividad, sino también en la diversidad, especialización, continuidad y calidad de las experiencias a las que puede acceder cada estudiante fuera del horario lectivo.

La organización recae en buena medida sobre las familias

Detrás de esta oferta existe además un trabajo organizativo poco visible. En muchos colegios, la gestión recae en asociaciones de madres y padres, y con frecuencia son madres voluntarias quienes coordinan encuestas, horarios, empresas, inscripciones y formación de grupos. Carolina del Cerro, cuyos tres hijos estudian en un colegio público del norte de Madrid, explica que uno de los mayores problemas aparece cuando las familias responden o se inscriben en el último momento. Cerrar grupos con suficiente antelación resulta esencial para contratar monitores, confirmar actividades y mantener precios razonables, especialmente cuando cada propuesta necesita alcanzar un número mínimo de participantes.

Algunas asociaciones han comenzado a introducir mecanismos para reducir las bajas de última hora y asegurar la viabilidad de los grupos. En el colegio de Maite Franco, en Pamplona, se cobran fianzas de 50 euros por actividad, cantidades que posteriormente se descuentan de las cuotas correspondientes al final del curso. La medida busca generar un compromiso mínimo de las familias y evitar cancelaciones cuando la organización ya está cerrada. A ello se suma otro desafío: mantener precios suficientemente bajos para que las actividades sean accesibles, una tarea que se ha vuelto más difícil con el incremento general de los costes registrado durante los últimos años.

El funcionamiento de las extraescolares combina así necesidades familiares, voluntariado y un sector empresarial cada vez más especializado. Víctor Sorlí, fundador de Educavik, trabaja con unos 70 monitores y ofrece 33 tipos de actividades en una docena de colegios de Valencia. Su modelo aprovecha el volumen de alumnos y los espacios de los propios centros para ajustar costes y organizar propuestas según la demanda. La variedad puede abarcar desde balonmano hasta talleres de cocina o cómic. La capacidad de adaptar rápidamente la oferta a los intereses de las familias explica parte del atractivo de estas empresas, frente a programas públicos más generales.

Cuando la conciliación se convierte en desigualdad educativa

El debate, por tanto, no cuestiona el valor de las actividades extraescolares, que pueden ampliar experiencias, descubrir intereses y favorecer aprendizajes relevantes. El problema aparece cuando se convierten en una respuesta casi obligatoria a la incompatibilidad entre los horarios laborales y escolares, y su calidad depende del dinero disponible en cada hogar. La reducción del tiempo de permanencia en la escuela puede trasladar hacia las familias una responsabilidad educativa y de cuidado que no todas están en condiciones de asumir del mismo modo. Garantizar alternativas accesibles y con contenido pedagógico suficiente será decisivo para que la conciliación no termine profundizando desigualdades ya existentes.

Redacción: Web del Maestro CMF | Fuente: El País por Ignacio Zafra

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