Damià Bardera, profesor de secundaria, doctor en filosofía y autor del libro Incompetencias básicas: Crónica de un disparate educativo, ofrece una de las radiografías más duras y directas del sistema educativo español actual. Su análisis no nace de un despacho ni de un laboratorio pedagógico, sino de más de una década de experiencia real en las aulas.
Desde esa “trinchera”, Bardera sostiene que el sistema ha sustituido el conocimiento riguroso por un modelo ideológico vacío, incapaz de garantizar aprendizajes básicos y condenado a hipotecar el futuro de toda una generación.
El mito de que “el nivel no ha bajado”
Uno de los ejes centrales de su crítica es la negación sistemática del descenso del nivel académico. Frente a la evidencia cotidiana —alumnos que no comprenden textos, que no dominan las tablas de multiplicar o que no saben leer un reloj analógico—, el discurso oficial insiste en que “el nivel no ha bajado”, sino que los estudiantes han desarrollado “otras habilidades”. Para Bardera, esta afirmación es una trampa retórica: nadie concreta cuáles son esas habilidades ni cómo se miden, mientras se evita evaluar aquello que sí es objetivable, como la comprensión lectora o el dominio del lenguaje.
Evaluaciones diluidas y notas sin sentido
El sistema de evaluación es otro de los puntos más cuestionados. La sustitución de calificaciones claras por “franjas competenciales” ha generado situaciones absurdas: alumnos con rendimientos muy distintos acaban obteniendo la misma nota final mediante factores de conversión opacos. Bardera denuncia que aprobar con un 3,5 encubierto como suficiente no solo desvirtúa el mérito, sino que vacía de significado cualquier certificación académica y engaña tanto a las familias como a los propios estudiantes.
Pedagogía versus pedagogismo
Bardera distingue con claridad entre pedagogía y pedagogismo. La pedagogía, entendida como disciplina que estudia el aprendizaje humano, es legítima. El problema surge cuando se transforma en pedagogismo: una ideología que impone dogmas sin atender al contexto, al aula real ni a la evidencia. Frases como “la educación debe partir de los intereses del alumno” se convierten en consignas vacías cuando se aplican sin límites, ignorando que aprender implica esfuerzo, frustración y contacto con contenidos que inicialmente no resultan atractivos.
La inclusión malentendida y sus consecuencias
Uno de los conceptos más utilizados —y, según Bardera, más tergiversados— es el de inclusión. En la práctica, explica, la inclusión se ha traducido en aulas sobrecargadas, donde uno de cada tres alumnos presenta adaptaciones o dictámenes, sin recursos suficientes ni personal especializado. El resultado no es inclusión real, sino abandono generalizado: el docente no puede atender adecuadamente a nadie y el derecho a aprender de la mayoría queda supeditado a una minoría sin apoyo efectivo.
Autoridad docente y descontrol en el aula
La pérdida de autoridad del profesor aparece como una consecuencia directa de este modelo. Bardera sostiene que sin normas claras y consecuencias reales, el aula se convierte en un espacio de descontrol donde el liderazgo lo asume el alumno más disruptivo. Hablar de disciplina, silencio o límites se asocia de inmediato con posiciones ideológicas extremas, cuando en realidad —afirma— la disciplina es la base de la autodisciplina y de cualquier proceso educativo sólido.
El profesor como animador cultural
El autor denuncia una degradación profunda de la profesión docente. El profesor ya no es visto como transmisor de conocimiento, sino como animador cultural, gestor emocional o facilitador lúdico. Esta desnaturalización del rol docente, sumada a la falta de respaldo institucional, ha provocado un deterioro grave de la salud mental del profesorado y una pérdida progresiva de sentido de la profesión.
Deberes, esfuerzo y desigualdad social
Lejos de ser un castigo, Bardera defiende que los deberes son especialmente necesarios para los alumnos con menor capital cultural en casa. Eliminar el esfuerzo en nombre de una supuesta protección emocional no reduce la desigualdad, sino que la amplifica. Quien no recibe estímulos intelectuales fuera de la escuela necesita más estructura, no menos.
Una educación sin consecuencias no prepara para la vida
El discurso oficial afirma que la escuela debe “preparar para la vida”, pero Bardera señala una contradicción evidente: la vida adulta está llena de consecuencias, mientras que la escuela ha eliminado casi todas. Retrasos, suspensos o incumplimientos no tienen efectos reales, lo que genera una desconexión total entre el sistema educativo y la realidad social y laboral.
Propuestas desde el sentido común
Entre sus propuestas destacan las evaluaciones externas periódicas, independientes del poder político, centradas en aprendizajes básicos; la recuperación del libro de texto como herramienta estructurante; currículos claros y secuenciados; y una verdadera atención a la diversidad con recursos reales. También plantea itinerarios diferenciados y reversibles, que respeten capacidades y vocaciones sin convertir la igualdad en uniformidad.
El conocimiento como última red de seguridad
Bardera concluye con una idea contundente: para quienes no heredan capital económico ni redes de poder, el conocimiento es la única posibilidad real de emancipación. Vaciar la escuela de contenidos, en nombre de una inclusión mal entendida, no es progresista: es profundamente excluyente a largo plazo.
Educación, cultura y humanidad
Frente a una educación cada vez más tecnocrática y dependiente de pantallas, Bardera reivindica una escuela como espacio de resistencia cultural: lectura, escritura, pensamiento lento, tradición científica y filosófica. Solo así —afirma— se puede formar a personas autónomas, capaces de pensar por sí mismas en un mundo cada vez más deshumanizado.
Redacción | Web del Maestro CMF






