Lo más popular
Más recursos

Profesor sufre daño ocular tras ser alcanzado por polvo químico de un extintor activado por un estudiante durante una manifestación

Santiago Ávila: “Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales”

Cuando la sensatez comienza a callar: la dura reflexión detrás de una frase atribuida a Jaime Bayly


Cuando la sensatez comienza a callar: la dura reflexión detrás de una frase atribuida a Jaime Bayly

Una frase atribuida a Jaime Bayly plantea una incómoda reflexión sobre ignorancia, soberbia y agresividad, advirtiendo del peligro de una sociedad donde la sensatez termina silenciada por temor al conflicto.

Jaime Bayly, escritor, periodista y presentador peruano conocido por su estilo provocador y frontal, aparece desde hace años asociado a una frase especialmente dura sobre el deterioro del diálogo público:

“Estamos viviendo una época en la cual la gente sensata, culta y bien educada debe hablar menos para no ofender a los brutos, ignorantes e incivilizados, que además, en lugar de ser humildes, son soberbios, agresivos e irrespetuosos”.

La cita circula atribuida a Bayly y ha sido reproducida como suya por distintos medios, aunque no resulta sencillo establecer una fuente primaria donde él la haya pronunciado o escrito originalmente. Más allá de su autoría, la frase esconde una acusación incómoda: el problema no sería simplemente la ignorancia, sino la arrogancia de quien desconoce algo y, aun así, pretende imponerse mediante la agresividad.

La frase no ataca simplemente a quien sabe menos

Conviene detenerse en esto porque interpretar la cita como una división entre “personas inteligentes” y “personas ignorantes” sería demasiado superficial.

No saber no debería avergonzar a nadie. Todos ignoramos infinitamente más de lo que sabemos. Una persona puede carecer de estudios formales y poseer enorme sabiduría, criterio, prudencia y educación. Del mismo modo, alguien puede acumular títulos universitarios y comportarse con una profunda arrogancia.

La dureza de la frase se encuentra precisamente en la combinación de tres elementos: ignorancia, soberbia y agresividad.

No es grave decir “no lo sé”. Al contrario, reconocer los límites del propio conocimiento es una señal de madurez intelectual. El problema comienza cuando alguien no sabe, no quiere aprender y, además, considera ofensivo que otro pueda corregirlo.

Ahí la ignorancia deja de ser una circunstancia y comienza a convertirse en una actitud.

Cuando tener una opinión se confunde con tener razón

Las redes sociales han democratizado extraordinariamente la posibilidad de expresarnos. Millones de personas pueden participar en conversaciones que antes estaban reservadas a especialistas, periodistas, académicos o instituciones.

Eso tiene un enorme valor democrático.

Pero existe una consecuencia que merece reflexión: haber conquistado el derecho a expresar una opinión no convierte automáticamente esa opinión en conocimiento.

Podemos opinar sobre medicina, educación, economía, historia, ciencia o política. Sin embargo, nuestra libertad para hacerlo no elimina la diferencia entre una impresión personal y una afirmación respaldada por conocimiento y evidencia.

El problema aparece cuando cualquier intento de corregir un dato falso se interpreta como arrogancia, cuando solicitar una fuente se considera una provocación o cuando decir “eso no es correcto” termina siendo entendido como una agresión personal.

Entonces dejamos de discutir ideas y comenzamos a defender identidades.

El que grita más fuerte no necesariamente tiene mejores argumentos

Hay una transformación todavía más preocupante en el debate contemporáneo: la contundencia está reemplazando progresivamente a la argumentación.

Insultar es fácil. Ridiculizar también. Descalificar al interlocutor requiere mucho menos esfuerzo que estudiar un asunto y construir un argumento.

  • Explicar exige conocimiento.
  • Escuchar exige paciencia.
  • Reconocer un error exige humildad.
  • Insultar solamente exige impulso.

Por eso puede producirse una paradoja inquietante: la persona prudente duda antes de hablar porque conoce la complejidad de un asunto, mientras quien apenas lo conoce puede expresarse con absoluta seguridad.

Y esa seguridad puede resultar engañosamente convincente.

El verdadero peligro comienza cuando la gente razonable decide callarse

Esta es probablemente la parte más fuerte que puede extraerse de la frase.

Una persona educada suele evitar confrontaciones innecesarias. Escucha, mide sus palabras y procura no humillar al interlocutor. Cuando descubre que enfrente solamente encontrará insultos, ataques o provocaciones, puede llegar a una conclusión comprensible:

“No vale la pena discutir”.

Y se retira.

El problema es que, cuando suficientes personas razonables hacen lo mismo, el espacio público no queda vacío: lo ocupan quienes están dispuestos a gritar más fuerte.

Un análisis publicado por Diario Libre sobre esta misma cita plantea precisamente esa paradoja: el silencio puede convertirse en una estrategia frente a la agresividad, pero cada retirada también deja más espacio para que la soberbia domine la conversación.

Por eso callar no siempre constituye prudencia.

A veces significa entregar el terreno.

Ser educado no significa aceptar cualquier cosa en silencio

Existe además una peligrosa deformación del concepto de respeto.

Ser respetuoso no obliga a fingir que todas las afirmaciones son igualmente válidas.

Se puede decir que algo es falso sin insultar.

Se puede corregir sin humillar.

Se puede disentir sin despreciar.

Se puede defender una posición con firmeza sin convertir al adversario en enemigo.

La educación verdadera no consiste en permanecer silencioso ante cualquier afirmación para evitar que alguien se moleste. Consiste en saber expresar una discrepancia con argumentos, respeto y firmeza.

Y también exige algo del otro lado: aprender a escuchar una idea contraria sin interpretar automáticamente el desacuerdo como una ofensa.

Una sociedad incapaz de aceptar la corrección deja de aprender

Aquí la reflexión adquiere especial importancia para la educación.

¿Qué enseñamos a nuestros niños y jóvenes cuando cada equivocación se convierte en una batalla personal?

Aprender implica equivocarse.

Implica escuchar “esto puede hacerse mejor”.

Implica descubrir que aquello que creíamos cierto quizá no lo era.

Una persona incapaz de aceptar que puede estar equivocada termina cerrando una de las principales puertas del aprendizaje.

Por eso la humildad intelectual debería ocupar un lugar mucho más importante en nuestra educación: enseñar a argumentar, comprobar información, escuchar, preguntar, rectificar y reconocer honestamente cuando no sabemos algo.

Decir “me equivoqué” no disminuye a una persona.

Muchas veces la engrandece.

La cultura tampoco concede superioridad moral

Sin embargo, la propia frase merece una crítica.

Si denunciamos la soberbia, no podemos combatirla cayendo en otra forma de soberbia.

Dividir el mundo entre “cultos y sensatos” de un lado y “brutos e ignorantes” del otro puede producir exactamente aquello que pretende denunciar: desprecio hacia quien piensa diferente.

Tener mayor formación no autoriza a humillar.

Saber más sobre determinado asunto no convierte a nadie en mejor ser humano.

La verdadera cultura debería producir precisamente el efecto contrario: cuanto más comprendemos la complejidad del mundo, más conscientes deberíamos ser de cuánto desconocemos.

Por eso el mensaje más valioso de esta frase no debería ser “los inteligentes deben soportar a los ignorantes”.

Debería ser otro:

una sociedad se deteriora cuando pierde la humildad necesaria para escuchar, aprender y disentir civilizadamente.

No necesitamos personas que callen, necesitamos personas capaces de conversar

Quizá allí se encuentre la gran contradicción de esta reflexión.

Si las personas sensatas terminan callando para evitar conflictos, la agresividad habrá ganado.

Si quienes poseen conocimientos utilizan esos conocimientos para despreciar a los demás, también habremos perdido.

Y si quien desconoce algo considera una humillación que alguien se lo enseñe, habremos convertido el orgullo en enemigo del aprendizaje.

Una sociedad madura necesita ciudadanos capaces de hablar sin atropellar, escuchar sin someterse, corregir sin humillar y ser corregidos sin sentirse destruidos.

Porque el problema nunca fue que todos pensáramos diferente.

El verdadero problema comienza cuando dejamos de considerar al otro una persona con quien podemos conversar y empezamos a verlo simplemente como alguien a quien debemos derrotar.

Y cuando eso ocurre, ya no importa quién tenía razón.

La conversación ya perdió.

Redacción: Web del Maestro CMF

Entrada anterior

Los colegios exitosos cuidan a sus docentes como si fueran alumnos

Siguiente entrada

Santiago Ávila: “Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales”

Agrega un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *




Se desactivó la función de seleccionar y copiar en esta página.