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“Amo enseñar, pero, ¡caramba!, a veces también lo odio”: el testimonio de una maestra que invita a reflexionar sobre el desgaste emocional docente

El testimonio de una maestra refleja cómo la indisciplina y el agotamiento pueden desbordar emocionalmente al docente, recordando la necesidad de fortalecer el respeto, la convivencia y el acompañamiento escolar.

La enseñanza suele describirse desde la vocación, el compromiso y la satisfacción de acompañar el crecimiento de los estudiantes. Sin embargo, detrás de esa imagen existe otra realidad menos visible: hay jornadas en las que el cansancio, el desgaste, los problemas de convivencia y la sensación de no poder conducir adecuadamente una clase pueden afectar profundamente al docente.

Un testimonio compartido por una maestra de quinto grado en la comunidad r/Teachers de Reddit pone palabras a esa experiencia. La docente recurrió al espacio para desahogarse y encontrar solidaridad después de una clase de ciencias especialmente difícil.

Su relato no debería utilizarse para generalizar sobre estudiantes, escuelas o profesores. Es la experiencia particular de una docente, pero plantea preguntas que trascienden el caso y que merecen ser discutidas dentro de la comunidad educativa.

Una clase que terminó sobrepasando emocionalmente a la maestra

Según relata en un comentario publicado en Reddit, durante la última hora de la jornada sus estudiantes mostraron un comportamiento que consideró particularmente difícil. La situación llegó a un punto en que permaneció aproximadamente quince minutos esperando que el grupo se calmara.

Cuando finalmente consiguió recuperar la atención, uno de los estudiantes realizó un comentario que volvió a interrumpir el momento. La docente respondió hablando al grupo sobre comportamiento, expectativas y respeto.

Pero hubo un episodio posterior que parece haber sido especialmente doloroso para ella. Después de la clase, pidió a uno de los estudiantes que permaneciera para conversar sobre su comportamiento. De acuerdo con su testimonio, cuando le explicó lo irrespetuosa que había considerado su conducta, recibió como respuesta:

“No sé y no me importa”.

La frase tuvo un fuerte impacto en la maestra. No porque una respuesta de un estudiante pueda definir por sí sola una jornada educativa, sino porque llegó después de un momento de agotamiento acumulado.

También hubo estudiantes que reconocieron lo ocurrido

Existe un detalle del relato que resulta importante no pasar por alto. La propia docente cuenta que cuatro estudiantes se acercaron posteriormente para abrazarla y pedirle disculpas.

Este hecho introduce un matiz necesario. La clase no puede reducirse simplemente a “estudiantes contra docente”. Dentro del mismo grupo hubo niños capaces de reconocer que algo no había funcionado y que buscaron reparar emocionalmente la situación.

Precisamente por eso, los problemas de convivencia escolar requieren una mirada cuidadosa. No todos los estudiantes reaccionan de la misma manera ni todas las conductas difíciles tienen las mismas causas.

Educar implica establecer límites y enseñar respeto, pero también comprender qué hay detrás de determinadas conductas y ofrecer oportunidades para aprender de los conflictos.

“Amo enseñar, pero a veces también lo odio”

Después de lo sucedido, la maestra confesó encontrarse sola en su aula y cerca del llanto. También expresó preocupación por aquellos estudiantes que sí se comportaban adecuadamente y que, según sus palabras, merecían recibir mucho más.

Finalmente resumió su estado emocional con una expresión particularmente significativa:

“Amo enseñar, pero, ¡caramba!, a veces también lo odio”.

Puede resultar incómoda, pero la frase muestra una contradicción humana que merece ser escuchada sin convertirla inmediatamente en un juicio sobre la vocación profesional.

Un docente puede valorar profundamente su profesión y, al mismo tiempo, experimentar frustración, impotencia o agotamiento ante determinadas situaciones. Reconocer esas emociones no significa normalizar respuestas inadecuadas frente a los estudiantes. Significa aceptar que quienes enseñan también necesitan herramientas, acompañamiento y condiciones que les permitan gestionar situaciones complejas de manera profesional.

El manejo de aula no debería recaer únicamente sobre el docente

Cuando los problemas de convivencia se vuelven frecuentes, la respuesta no puede consistir solamente en exigir al profesor que tenga mayor paciencia.

El manejo del aula forma parte de las competencias profesionales docentes, pero la convivencia escolar es una responsabilidad compartida. Dirección, equipos de orientación, familias, docentes y estudiantes tienen funciones distintas pero complementarias.

Las escuelas necesitan protocolos claros frente a conductas reiteradas, espacios de acompañamiento, comunicación efectiva con las familias y estrategias educativas que permitan trabajar la autorregulación, la responsabilidad y el respeto.

Del mismo modo, el docente necesita revisar sus propias estrategias. Una situación que llega al límite también puede convertirse en una oportunidad para preguntarse qué funcionó, qué no funcionó y qué apoyos o cambios podrían evitar que vuelva a producirse.

Cuidar al docente también significa cuidar a los estudiantes

Hay otro aspecto especialmente relevante en el testimonio: la preocupación de la maestra por los alumnos que deseaban aprender mientras una parte importante de la clase se destinaba a recuperar el orden.

Los problemas persistentes de convivencia no afectan exclusivamente al profesor. También pueden reducir el tiempo y la calidad de las oportunidades de aprendizaje del resto del grupo.

Por ello, hablar del bienestar docente no significa colocar las necesidades de los adultos por encima de las de los niños. Ambos asuntos están relacionados.

Un profesor emocionalmente agotado puede encontrar mayores dificultades para mantener la paciencia, tomar decisiones pedagógicas equilibradas y ofrecer la atención que cada estudiante necesita. A su vez, un aula con normas claras, relaciones respetuosas y mecanismos adecuados para resolver conflictos beneficia tanto al alumnado como al profesorado.

Una experiencia individual que plantea una pregunta colectiva

No conocemos todo el contexto de aquella clase ni las circunstancias personales de cada estudiante. Un testimonio publicado en una red social representa necesariamente una versión parcial de lo sucedido, por lo que sería incorrecto utilizarlo para responsabilizar a una generación de estudiantes, a las familias o a los propios docentes.

Su valor está en otro lugar.

El relato permite poner sobre la mesa una realidad que algunas veces permanece escondida detrás de la puerta del aula: enseñar puede producir enormes satisfacciones, pero también momentos de frustración, cansancio y vulnerabilidad emocional.

La respuesta educativa no debería ser culpabilizar a una de las partes, sino preguntarnos qué estamos haciendo para prevenir que esas situaciones alcancen el punto de desbordamiento.

Quizá la reflexión que deja este testimonio sea precisamente esa: si esperamos que los docentes enseñen, acompañen, escuchen, regulen conflictos y cuiden emocionalmente a sus estudiantes, también debemos preguntarnos quién acompaña y sostiene a los docentes cuando son ellos quienes llegan al límite.

Redacción: Web del Maestro CMF

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