CÓMO ENSEÑAR A HABLAR Y ESCUCHAR EN EL SALÓN DE CLASES

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El español es el idioma que utilizamos para comunicarnos, en general, y con el cual participamos en el proceso de enseñanza-aprendizaje, en particular. Éste consiste en un conjunto sistémico de signos que empleamos para hablar, escuchar, leer, y escribir.

Este libro está diseñado para atender dos de las cuatro habilidades: hablar y escuchar. En ese contexto, se hace también una reflexión sobre la importancia de las habilidades comunicativas, no sólo como instrumento de trabajo, sino de desarrollo personal y de relación social.

Mejorar dichas habilidades requiere de ciertos conocimientos, actitudes y técnicas que faciliten la relación con nuestros interlocutores. Sin embargo, —a pesar de la importancia y utilidad que tienen— se abordan poco para ser enseñadas en el ámbito académico.

Quizá se deba a que, biológicamente, tanto la lengua oral como la escucha se perciben como “naturales”, en contraste con la adquisición de la lengua escrita y la comprensión lectora, las cuales se conciben como parte de la cultura.

La producción y la comprensión orales se asumen en los hechos como de completo dominio por nuestros doscentes e, incluso, por nosotros mismos, aun cuando nos quejemos frecuentemente de que los alumnos “no saben hablar” y que han sido preparados mínimamente en el arte de escuchar.

En la vida académica, la oralidad hace su aparición por lo menos en tres situaciones: en la convivencia cotidiana en el salón de clases; en las explicaciones de los profesores a los alumnos y, en la presentación de exposiciones que los alumnos efectúan sobre un tema a solicitud de los docentes; pero hay una más: entre pares, en la asistencia a congresos, simposios, mesas redondas, debates y un sinnúmero de actividades de la misma índole.

La oralidad está presente también en otros ámbitos como el político, el judicial, el empresarial, el familiar, el social, etcétera. Sin embargo, es prácticamente inexistente la conciencia de lo importante que es el desarrollar en las escuelas las habilidades de hablar y de escuchar; una dolencia que se expresa oficialmente, incluso, en los programas actualizados del Colegio de Ciencias y Humanidades.

Por su parte, la escucha es una actividad básica en la vida social y escolar, por lo que debería ser objeto de un mayor número de actividades específicas en el aula. Con una buena escucha tenemos la posibilidad de captar ideas, examinar argumentos y, por lo tanto, de acordar y refutar en un intercambio de ideas.

En este libro se demuestra que escuchar y oír son dos actividades distintas. Oír es un proceso físico, que puede ser involuntario. Podemos oír las palabras de otra persona sin escucharlas, en cambio, escuchar es una actividad voluntaria, un proceso mental que requiere de cierta disposición.

Para escuchar debemos concentrarnos en quién habla y en qué se dice.

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