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Emilio Calatayud advierte a los padres: «Hacer lo que sea por los hijos también significa reñirles cuando hacen algo mal»

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Emilio Calatayud advierte a los padres: «Hacer lo que sea por los hijos también significa reñirles cuando hacen algo mal»

El exjuez Emilio Calatayud cuestiona la permisividad de algunos padres y advierte que encubrir errores, evitar correcciones y satisfacer caprichos puede perjudicar la educación y responsabilidad de sus propios hijos.

El reconocido juez de menores español cuestiona a los padres que confunden el amor con la permisividad y advierte que proteger a los hijos no significa encubrir sus errores, justificar sus malas conductas ni concederles todos sus caprichos.

Emilio Calatayud, el juez que convirtió la educación y la responsabilidad familiar en una reflexión pública

En España, Emilio Calatayud Pérez, conocido por su trayectoria como juez de menores en Granada, se ha convertido en una voz reconocida por sus reflexiones sobre la educación, la autoridad familiar y la responsabilidad de los padres. Su experiencia en la justicia juvenil le permitió conocer numerosos conflictos relacionados con adolescentes, familias y conductas que terminaron ante los tribunales. A lo largo de su carrera defendió una justicia con finalidad educativa, en la que las consecuencias de los actos debían contribuir a la formación de los menores. Sus intervenciones públicas suelen cuestionar la sobreprotección y recordar que educar también exige establecer límites.

Emilio Juan Ildefonso Calatayud Pérez es un abogado, escritor, exmagistrado español y exjuez de menores de Granada. Se dio a conocer en España por sus sentencias ejemplarizantes a los menores en las que se favorecía su reinserción con trabajos sociales.​ 

Calatayud ha destacado por utilizar un lenguaje directo, cercano y, en ocasiones, provocador para abordar problemas que afectan a la convivencia familiar. Sus reflexiones suelen centrarse en la necesidad de recuperar la responsabilidad de los adultos sin desconocer los derechos de los niños y adolescentes. Para el antiguo magistrado, la educación no puede reducirse a satisfacer necesidades materiales ni a evitar cualquier frustración. Los hijos necesitan afecto, acompañamiento y comprensión, pero también orientación y consecuencias proporcionadas cuando incumplen las normas. Esta perspectiva explica el sentido de su reciente advertencia dirigida a quienes aseguran estar dispuestos a hacer cualquier cosa por sus hijos.

«Por mis hijos hago lo que sea», la advertencia de Emilio Calatayud a los padres

El 7 de octubre de 2026, Emilio Calatayud publicó una reflexión titulada «Hay padres que dicen «por mis hijos hago lo que sea», ¡cuidado!: «lo que sea» también debe incluir reñirles cuando lo hacen mal». En ella cuestionó una expresión frecuente entre madres y padres que, aunque suele representar amor incondicional, puede interpretarse equivocadamente cuando se utiliza para justificar cualquier comportamiento de los hijos. El exjuez comenzó reconociendo que esa disposición a sacrificarse por los hijos resulta comprensible y compartida por muchas familias. Sin embargo, advirtió que el verdadero compromiso parental también implica intervenir cuando los hijos se equivocan, aunque hacerlo genere incomodidad, discusiones o resistencia.

En su publicación, Calatayud fue especialmente contundente al explicar qué debería comprender esa disposición a hacer cualquier cosa por los hijos:

«Lo que sea» también debe incluir reñirles cuando lo hacen mal, quitarles la paga si desobedecen y, en el peor de los casos, denunciarlos si os hacen la vida imposible.

Sus palabras plantean distintos niveles de intervención familiar, desde una corrección cotidiana hasta la necesidad excepcional de acudir a las autoridades ante situaciones graves. No presentó estas medidas como una invitación al castigo indiscriminado, sino como ejemplos de que los padres no deben renunciar a ejercer su responsabilidad educativa cuando aparecen comportamientos inadecuados.

El antiguo magistrado cerró su reflexión señalando una contradicción que considera preocupante:

«Es que hay quien entiende que “hacer lo que sea por los hijos” es tapar sus errores y darles todos los caprichos».

Con esta afirmación cuestionó una forma de protección que termina evitando que los menores afronten las consecuencias de sus decisiones. El mensaje no responsabiliza por igual a todas las familias ni sostiene que cualquier dificultad de conducta sea consecuencia de una crianza permisiva. Su advertencia apunta específicamente a aquellos adultos que, por temor al conflicto, sentimiento de culpa o deseo de complacer, terminan justificando actuaciones que deberían corregirse.

Amar a los hijos no significa justificar todo lo que hacen

La reflexión de Calatayud plantea una diferencia fundamental entre proteger y sobreproteger. Proteger significa garantizar seguridad, afecto, orientación y apoyo ante las dificultades. Sobreproteger, en cambio, puede implicar impedir que los hijos experimenten frustraciones razonables, asuman responsabilidades o reconozcan sus equivocaciones. Cuando un adulto justifica sistemáticamente las malas conductas de un menor, corre el riesgo de transmitirle que sus decisiones no tienen consecuencias. Esta dinámica puede dificultar el desarrollo de la autonomía y la responsabilidad personal. Educar requiere comprender las circunstancias de cada niño, pero también enseñarle que convivir con otras personas exige respetar normas, reconocer límites y reparar los daños ocasionados.

Emilio Juan Ildefonso Calatayud Pérez es un abogado, escritor, exmagistrado español y exjuez de menores de Granada. Se dio a conocer en España por sus sentencias ejemplarizantes a los menores en las que se favorecía su reinserción con trabajos sociales.​ 

Uno de los problemas aparece cuando los padres interpretan cualquier corrección como una demostración de falta de cariño. Decir que no, retirar temporalmente un privilegio o exigir que se cumpla una responsabilidad puede resultar desagradable, pero no constituye por sí mismo una forma de maltrato. La disciplina educativa debe ser proporcional, respetuosa, coherente y adecuada a la edad del menor. Su finalidad no es humillar, intimidar ni imponer obediencia mediante el miedo, sino ayudar a comprender por qué determinadas conductas son perjudiciales. Una consecuencia razonable, explicada con claridad y aplicada sin violencia, puede enseñar mucho más que una discusión prolongada o una amenaza que nunca se cumple.

Cuando los padres encubren los errores, los hijos pierden oportunidades de aprender

Esta contradicción también puede observarse en la relación entre las familias y los centros educativos. Cuando un estudiante incumple una norma, falta al respeto a un compañero o actúa de manera irresponsable, la intervención de sus padres resulta decisiva. Si la primera reacción familiar consiste en desacreditar al docente, negar automáticamente los hechos o responsabilizar a otras personas, se dificulta la posibilidad de corregir el comportamiento. Defender los derechos de un hijo no significa darle siempre la razón. También supone escuchar todas las versiones, comprobar lo ocurrido y ayudarlo a reconocer sus errores cuando corresponda, sin permitir injusticias ni aceptar acusaciones carentes de fundamento.

Los niños y adolescentes necesitan descubrir que sus acciones afectan a otras personas y que equivocarse forma parte del aprendizaje. Sin embargo, para que ese aprendizaje ocurra, deben existir oportunidades de reconocer el daño, pedir disculpas, reparar las consecuencias y modificar su comportamiento. Una familia que resuelve todos los problemas en lugar de sus hijos puede terminar debilitando las habilidades que necesitarán para afrontar la vida adulta. Esto no significa abandonar a los menores ante sus dificultades, sino acompañarlos sin sustituir permanentemente su responsabilidad. La verdadera ayuda consiste en ofrecer herramientas para resolver conflictos, tomar decisiones y comprender que los derechos individuales también implican obligaciones.

Educar también exige valentía para decir que no

El mensaje de Emilio Calatayud invita finalmente a revisar el significado del sacrificio familiar. Muchos padres trabajan intensamente, renuncian a necesidades personales y realizan enormes esfuerzos para ofrecer mejores oportunidades a sus hijos. Sin embargo, la responsabilidad de educar no termina en proporcionar bienestar económico, comodidad o experiencias agradables. También exige dedicar tiempo, escuchar, establecer normas y mantenerlas cuando resulte necesario. Ante situaciones graves de violencia familiar, además, buscar ayuda profesional o protección institucional puede ser indispensable. El amor responsable no debe confundirse con tolerar agresiones, pero tampoco con recurrir a castigos violentos o medidas desproporcionadas que vulneren la dignidad de los menores.

La reflexión deja una enseñanza que trasciende las palabras del antiguo juez: amar a los hijos también significa prepararlos para vivir en una sociedad donde no siempre obtendrán lo que desean y donde sus decisiones tendrán consecuencias. Los padres no necesitan convertirse en adversarios de sus hijos para ejercer autoridad, ni renunciar al afecto para establecer límites. La firmeza y la comprensión pueden coexistir dentro de una relación basada en el respeto. Hacer cualquier cosa por un hijo no debería significar protegerlo de toda consecuencia, sino acompañarlo incluso cuando corresponde corregirlo. Porque educar no consiste únicamente en evitarles sufrimientos, sino también en enseñarles a actuar con responsabilidad.

Redacción: Web del Maestro CMF

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