Respetemos el tiempo y descanso de los maestros

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Descansar es un acto de beneficio biológico. Sirve para restaurar la fuerza que requiere la supervivencia. Se recupera la energía vital y la mente se despeja. En los seres humanos, la historia nos ha llevado a la consecución del séptimo día y las vacaciones como una conquista inobjetable de la lucha laboral.
Ninguna otra profesión como la del maestro requiere tanto del descanso como condición para la salud mental. Los profesionales de la docencia pueblan los hospitales psiquiátricos debido a la concentración intelectual y el alto grado de tensión que representa el oficio. Después de los criminales (y a veces antes), los maestros son los actores sociales más embestidos por sus semejantes: la ignorancia y la barbarie se resisten a la extinción.

El descanso supone la adquisición de una rutina nueva y provisional. Permite la lectura de un libro o la reparación de un desperfecto (muchas veces personal). El replanteamiento de una relación afectiva y la disquisición de una problemática existencial que la vida cotidiana difiere. Por su presencia obligatoria en el aula, el maestro es un profesionista que siempre deja las urgencias -incluidas las médicas- para después.

Debido a la reforma educativa y la exigua aptitud de la administración pública, en este verano sólo se conceden tres semanas de vacaciones al gremio magisterial.

La sabiduría de la SEP ha definido las vacaciones con el título de “receso”. Significa que las vacaciones no son vacaciones y que el directivo del plantel educativo tiene la potestad para molestar a un maestro con el cronograma, la planeación de la clase o la revisión de la estructura. Por ser un empleado cuya naturaleza consiste en no aspirar a dejar de serlo, el maestro es presa de los caprichos de los directivos a quienes les urgen las cosas para guardarlas en un cajón. De manera que las vacaciones se someten a una ambición incumplida. Ni siquiera es posible acostumbrar al cuerpo a levantarse a las 11. Las vacaciones avasallan con la necesidad de aprender una nueva didáctica, entregar un reporte imperioso y pagar con recargos los servicios gubernamentales siempre pospuestos por falta de tiempo.

Mientras en Europa el descanso incluye la temporada de invierno, en México depende de las ocurrencias de los gestores educativos. El atentado a la privacidad que representa el WhatsApp, evita escondites y disimulos. Las vacaciones se interrumpen con mensajes inoportunos y abusos disfrazados de ventajas intrínsecas para los propios maestros.

Dos semanas para resanar el alma y el cuerpo parece un anhelo frugal. El desprestigiado oficio docente obliga a la práctica extrema de un bloqueo de médula espinal. Sin vacaciones, al menos las dolencias serán simples cosquillas. El alma hallará su propio remanso en la poesía, en el rock clásico o en los deberes ejecutados a medias, según los recursos de cada quién. Así las cosas, el oficio de maestro es una necedad que sólo se explica mediante los parámetros de la vocación. En cierto sentido, de la santidad.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Revista Educarnos en la siguiente dirección: revistaeducarnos.com | Autor: Jorge Valencia Munguía | Director académico del Colegio SuBiré



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