La advertencia no viene de un analista improvisado, sino de uno de los especialistas más reconocidos en clínica infantil y adolescente: Joseph Knobel Freud, psicólogo clínico y psicoanalista, descendiente de la familia Freud y figura influyente en el psicoanálisis contemporáneo. Hijo de padres argentinos y psicoanalistas, con estudios en Inglaterra y España, vive en Barcelona desde 1978 y es un referente internacional en salud mental infantil. Su lectura sobre el presente es contundente: la infancia y la adolescencia atraviesan un sufrimiento psíquico profundo que coincide con una retirada progresiva de los adultos y una entrega masiva de los niños al consumo digital.
Su advertencia llega en un contexto crítico. Knobel Freud participará en el II Congreso y XIII Jornadas de la Institución Fernando Ulloa, dedicadas al trauma, el duelo y la depresión, problemáticas que hoy ocupan un lugar central debido al crecimiento global de trastornos de salud mental en niños y adolescentes. Su conferencia, “Las complejidades clínicas actuales en las infancias y adolescencias”, apunta a revisar un fenómeno que se agrava: los niños están más solos, más desamparados y más expuestos que nunca.
La infancia sin padres presentes: pantallas que ordenan, adultos que miran
Knobel Freud considera un error grave la edad temprana —entre 9 y 11 años, según UNICEF y UNESCO— en la que los niños acceden a un teléfono móvil. Lo califica como “una barbaridad” que atraviesa tanto a América Latina como a Europa. Para él, el problema no es solo el dispositivo, sino el desplazamiento de las funciones parentales que este genera.
El niño, afirma, “está asustado, porque en lugar de un padre real, le da órdenes un padre todopoderoso: las historias que le vienen por las pantallas”. En esa dinámica, los límites se desdibujan: el niño debe “saberlo todo”, nunca falta nada, nunca se frustra. Esa supuesta omnipotencia lo deja, paradójicamente, más solo y más inseguro.
Para el psicoanalista, los efectos del uso compulsivo de pantallas son múltiples, pero uno sobresale: la pérdida del juego y la creatividad. La pantalla ofrece respuestas prefabricadas, inhibe la imaginación y anula la posibilidad de crear la propia versión del mundo. “Antes nos escandalizábamos por un libro para colorear que decía que la jirafa debía ser marrón. Ahora el móvil te dice cómo tiene que ser todo. Ya no puedes inventar jirafas violetas: el móvil ya las creó”.
La pandemia: cuando la única ventana fue la pantalla
El confinamiento fue un acelerador del problema. Muchos adolescentes quedaron encerrados con la pantalla como única conexión social. El sistema educativo, al reproducirse de forma literal por videollamada, profundizó la dificultad: “Fue un imposible. Los niños no aprendían y, además, aprendieron un mal uso de las pantallas”.
Para Knobel Freud, estos años dejaron una marca clínica clara: un aumento de adolescentes que viven en un vacío afectivo, producto de la falta de cuidado temprano y la exposición constante a un entorno digital que no sostiene ni abriga.
Redes sociales: una “falsa socialización” que aumenta la soledad
El psicoanalista es categórico: las redes sociales producen aislamiento, no conexión.
No se trata de socializar, dice, sino de participar en una red imaginaria, donde no se sabe con quién se interactúa ni qué sostiene esos vínculos. El gran problema del adolescente actual —subraya— es la soledad, una soledad “muchas veces insoportable”, agravada por la ausencia de adultos que pongan límites y acompañen.
A esto se suma otro fenómeno: la caída del saber adulto. Antes el padre, la madre o el maestro eran figuras a las que se les otorgaba un saber legítimo. Hoy, ese rol lo ocupa el algoritmo. “Google lo sabe, chat GPT lo sabe. Y los adolescentes reciben certezas absolutas que no pueden discutir”.
Para el psicoanalista, el adolescente necesita debate, conflicto simbólico y confrontación con un adulto real. Pero el algoritmo no discute: dicta.
El cuerpo en la mira: vergüenza, comparación y falsos ideales
El mundo digital también intensifica la relación conflictiva con el cuerpo.
El adolescente vive en una exposición permanente y en un ideal de imagen que no existe. Esto produce vergüenza corporal, distorsiones y conductas como evitar los vestuarios o cubrir el cuerpo con tatuajes. La adolescencia siempre implicó un duelo por el cuerpo infantil, pero ahora la presión se vuelve feroz.
Un mundo de padres adolescentizados
Knobel Freud sostiene que gran parte del problema no está en los chicos, sino en los adultos.
Muchos padres funcionan como “adolescentes tardíos”, incapaces de asumir una posición de sostén. Prefieren no poner límites, no establecer responsabilidades y evitar el conflicto. “El verdadero adolescente hoy es el adulto”, advierte.
En consecuencia, los niños y adolescentes quedan desamparados, sin estructuras simbólicas que los orienten. Esto se traduce en tristeza profunda, depresiones graves y un aumento preocupante de suicidios adolescentes en Europa, un fenómeno del que casi no se habla.
La dejación parental: el niño entretenido para no molestar
Uno de los diagnósticos más duros del especialista es la falta de presencia adulta. Para él, los padres abandonan funciones esenciales cuando entregan pantallas para evitar que el niño se aburra, cuando nunca permiten el silencio ni el tiempo de espera, y cuando ocupan su propio tiempo mirando el móvil mientras el hijo pide atención.
“Los niños dejaron de jugar para consumir”, resume.
Pero agrega la otra mitad de la frase que explica nuestro tiempo: “Y los adultos dejaron de cuidar para mirar pantallas”.
El resultado es una infancia sin juego, una adolescencia sin sostén y una sociedad donde las pantallas organizan la vida psíquica más que los vínculos humanos.
Redacción | Web del Maestro CMF | Fuente: Página 12






