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José Antonio Marina: En cinco años podríamos tener una escuela sin valores humanísticos

José Antonio Marina advierte que la escuela podría perder los valores humanísticos si prioriza solo tecnología y ciencia. Defiende integrar ética, pensamiento crítico, memoria, deber y formación del carácter.

José Antonio Marina es un filósofo, ensayista y pedagogo español ampliamente reconocido por sus reflexiones sobre la inteligencia, la educación, la ética y la formación del carácter. A lo largo de su trayectoria ha insistido en que educar no consiste solo en transmitir información, sino en ayudar a las personas a pensar mejor, a convivir mejor y a orientar su libertad con sentido. Su obra ha abordado de manera constante la relación entre conocimiento, voluntad, hábitos, aprendizaje y responsabilidad moral, siempre con una clara preocupación por las consecuencias prácticas de las ideas educativas.

En una entrevista titulada “En cinco años podríamos tener una escuela sin valores humanísticos”, publicada en el canal de YouTube Magisnet, Marina expone una preocupación de fondo: la posibilidad de que la escuela quede reducida a una formación técnica y funcional, dejando de lado el humanismo, la ética, la filosofía y la educación del carácter. Su planteamiento no parte de un rechazo a la ciencia o a la tecnología, sino del temor a que estas ocupen todo el espacio educativo y desplacen aquello que da sentido a la convivencia y a la dignidad humana.

Una advertencia sobre el rumbo de la escuela

Uno de los ejes centrales de la entrevista es la advertencia de Marina sobre el tipo de escuela que podría consolidarse en los próximos años. Según explica, el problema no es que la escuela vaya a cambiar de manera automática, sino que la sociedad tendrá que elegir entre dos grandes orientaciones. La primera es una educación centrada sobre todo en la ciencia y la tecnología, como si ahí estuviera lo más importante del mundo actual. La segunda es una educación sostenida por un marco ético y humanista lo suficientemente fuerte como para integrar también la ciencia y la técnica.

Marina considera que, en este momento, va ganando la primera opción. Observa que la presencia creciente de las STEM en los sistemas educativos convive con un evidente desdén hacia el humanismo y con una desaparición progresiva de la ética del panorama educativo. Para él, esta tendencia es peligrosa porque puede desembocar en una escuela eficaz para producir competencias técnicas, pero pobre para formar personas capaces de comprender conceptos como la dignidad, la libertad, los derechos humanos o la responsabilidad moral.

El valor del humanismo en una educación completa

Marina defiende la necesidad de un gran marco humanista. No propone un humanismo encerrado en el pasado ni enfrentado a la ciencia, sino lo que él denomina un “humanismo de tercera generación”, es decir, un enfoque que incorpore los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos sin renunciar a las preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida humana, la convivencia, la justicia y la libertad.

Su crítica no va dirigida contra la ciencia, sino contra el empobrecimiento de la educación cuando se la reduce a lo medible, lo útil de manera inmediata o lo técnicamente rentable. La ciencia puede explicar muchos aspectos de la realidad, pero no agota las preguntas humanas más importantes. Marina subraya que nociones como la dignidad o los derechos humanos no son conceptos científicos, porque pertenecen a otro ámbito de reflexión. Precisamente por eso, si la escuela deja de cultivarlos, se debilita uno de los pilares esenciales de la vida en común.

La débil defensa del territorio humanista

Otro punto importante de la entrevista es la autocrítica que Marina hace a los propios humanistas. A su juicio, filósofos, especialistas en ciencias humanas y defensores del humanismo no han sabido explicar con suficiente claridad por qué su campo tiene valor. Han dado por sentado que la sociedad ya comprendía la importancia de la filosofía, de la ética y de las humanidades, y esa confianza excesiva ha terminado favoreciendo su pérdida de peso.

Según Marina, cuando algo valioso no se defiende ni se justifica públicamente, corre el riesgo de caer en desuso. De ahí que su advertencia sobre la escuela sin valores humanísticos no sea solo una crítica al sistema educativo, sino también un llamado de atención a quienes deberían sostener intelectualmente ese legado y no lo están haciendo con suficiente fuerza.

La escuela ante un posible marco de insensatez

La entrevista gira en torno a una idea central desarrollada por Marina en su libro: la necesidad de una “vacuna contra la insensatez”. Con esta expresión se refiere al esfuerzo por comprender cómo se forman errores colectivos de pensamiento, cómo penetran determinadas ideas falsas en la cultura y cómo esas ideas pueden organizar una visión del mundo deformada, pero socialmente influyente.

Marina distingue entre informaciones falsas, virus mentales y marcos de insensatez. Las noticias falsas, explica, son informaciones no veraces que pueden producir daño. Pero el problema se agrava cuando esas falsedades alteran nuestra manera de pensar y se convierten en virus mentales. Y todavía es más grave cuando ese conjunto de errores, emociones, ideas y consignas acaba formando un marco completo de interpretación de la realidad, del que resulta muy difícil salir.

Desde esta perspectiva, la escuela también puede quedar atrapada en un marco de insensatez si adopta ideas simplificadas, dogmas pedagógicos o eslóganes que terminan organizando toda la vida escolar sin suficiente reflexión crítica.

Los virus mentales en educación

Marina menciona varios ejemplos de lo que considera virus mentales dentro del campo educativo. Uno de ellos es la afirmación de que “no hay que aprender las cosas de memoria”. Para él, esta idea ha producido graves distorsiones, porque la memoria no es un enemigo del aprendizaje, sino el órgano mismo del aprendizaje. Si algo no se incorpora a la memoria, sencillamente no se ha aprendido.

También cuestiona otro eslogan muy extendido: la idea de que todo debe hacerse con motivación. Marina reconoce que es mejor aprender con ganas que sin ellas, pero critica que se convierta esa observación en una verdad absoluta. Si se enseña a los alumnos que solo deben actuar cuando se sienten motivados, se falsea la realidad, porque gran parte de la vida exige hacer cosas por responsabilidad, deber o compromiso, aun cuando no haya entusiasmo inmediato.

Su crítica no niega la importancia de motivar, sino que rechaza una concepción pedagógica que elimina el esfuerzo, el deber y la constancia del proceso educativo.

La recuperación del deber en la educación

Uno de los aspectos más contundentes de la entrevista es la defensa que Marina hace del concepto de deber. Sostiene que haberlo eliminado de los sistemas educativos ha sido una mala elección, e incluso una elección perversa, porque el deber no es lo contrario de la libertad, sino una de sus condiciones.

Marina explica que el deber no debe entenderse simplemente como coacción, imposición o autoritarismo. El deber aparece cuando una persona asume un proyecto y comprende que para realizarlo necesita cumplir ciertas condiciones. Si alguien quiere resolver un problema matemático, debe aprender matemáticas. Si alguien quiere convivir bien, debe incorporar comportamientos que hagan posible esa convivencia. Si alguien quiere llevar adelante una meta valiosa, debe aceptar las exigencias concretas que esa meta implica.

Desde esa lógica, el deber forma parte de la educación de la libertad, porque enseña a actuar no solo por impulso o por deseo momentáneo, sino también por convicción, responsabilidad y sentido de propósito.

Pensamiento crítico y vacunación mental

A lo largo de la conversación aparece con fuerza la idea de que la escuela necesita formar alumnos con pensamiento crítico. Marina utiliza la metáfora de la inmunología para explicar su propuesta: del mismo modo que el cuerpo necesita defensas biológicas, la mente necesita defensas intelectuales y morales frente al error, la manipulación, la simplificación y la credulidad.

Para ello, considera indispensable reconocer primero nuestros puntos débiles cognitivos. Según explica, el cerebro humano no es una estructura perfecta, sino el resultado de una evolución llena de soluciones parciales y ajustes improvisados. Por eso somos vulnerables a muchos errores de juicio, sesgos emocionales y formas de autoengaño.

Esta fragilidad no debería llevar al pesimismo, sino al trabajo educativo. Si sabemos cómo fallamos, podemos aprender a defendernos mejor. Esa es, en el fondo, la función de la educación crítica que Marina propone.

Educar la inteligencia: hábitos y funciones ejecutivas

Otro tema relevante de la entrevista es la visión que Marina tiene de la inteligencia. Afirma que la educación debería apoyarse en un modelo más potente y más claro de cómo funciona la inteligencia humana, en lugar de multiplicar asignaturas o improvisar cambios sin fundamento.

Según su explicación, la inteligencia funciona en dos niveles. Por un lado, existe un nivel automático, ligado a la memoria, a los hábitos y a muchos procesos no conscientes. Por otro, existe un nivel ejecutivo, encargado de tomar decisiones, dirigir la atención, inhibir impulsos, gestionar emociones y reflexionar sobre el propio pensamiento.

Desde esta perspectiva, educar no consiste solo en transmitir contenidos, sino en fortalecer esas dos dimensiones. Hay que ayudar al alumno a construir memoria, hábitos y automatismos valiosos, pero también hay que desarrollar sus funciones ejecutivas: la atención voluntaria, la metacognición, el autocontrol, la capacidad de evaluar y de decidir.

Marina advierte que, si estas funciones ejecutivas no se desarrollan, aparecen alumnos impulsivos, dispersos, con dificultades para concentrarse y sometidos fácilmente a los estímulos del entorno.

La educación del carácter y la teoría de las virtudes

Vinculado con lo anterior, Marina reivindica la educación del carácter. Sostiene que una de las grandes equivocaciones de la educación occidental ha sido despreciar la teoría de las virtudes, como si se tratara de una vieja moralina religiosa sin valor pedagógico actual.

Frente a eso, recuerda que la teoría de las virtudes tiene raíces filosóficas profundas, especialmente en la tradición griega, y que se refiere, en esencia, a los hábitos de excelencia. Las virtudes no son adornos morales ni fórmulas abstractas, sino disposiciones estables que permiten actuar bien con mayor facilidad.

Marina insiste en que los buenos hábitos se adquieren por repetición. Así como ocurre en el deporte, la conducción o cualquier aprendizaje complejo, también en la escuela es necesario automatizar ciertas operaciones mediante la práctica constante. Esto libera energía mental para tareas superiores como planificar, evaluar, crear o resolver problemas nuevos.

En esta visión, el carácter no es un residuo del pasado, sino una dimensión indispensable para la libertad, la creatividad y la madurez personal.

Pantallas, atención y deterioro educativo

La entrevista dedica una parte importante al impacto de las pantallas y de las redes sociales en la educación. Marina sostiene que la introducción de las pantallas en el aula fue precipitada y que durante mucho tiempo no estuvo claro qué hacer pedagógicamente con ellas. Según su análisis, el problema no era que faltaran fuentes de información, sino que los alumnos ya tenían más información de la que podían comprender y manejar.

Por eso, la cuestión central no era añadir otra fuente informativa, sino enseñar a comprender, seleccionar, interpretar y pensar. En su opinión, ahí radica uno de los errores más graves de la incorporación ingenua de la tecnología al mundo escolar.

Marina también es muy crítico con la influencia de las pantallas fuera del aula. Afirma que el negocio de las pantallas consiste en capturar la atención involuntaria y mantenerla presa. Esto afecta directamente a la formación de la atención voluntaria, que es una capacidad esencial para el aprendizaje profundo. Desde su punto de vista, las redes sociales son literalmente destructivas para cualquier sistema educativo, porque se apoyan en mecanismos que favorecen la dispersión, la impulsividad, la adicción y la comparación constante.

2008: un punto de inflexión cultural

En la entrevista, Marina señala el año 2008 como una fecha clave. Según explica, en ese momento confluyen varios factores que transforman de forma radical el ecosistema de atención de niños y jóvenes: la consolidación de los móviles conectados a internet, la fuerza creciente de las redes sociales y tres innovaciones concretas que, aunque parecían menores, tuvieron efectos muy profundos.

La primera fue la introducción de los “likes” en Facebook. Marina los interpreta como el inicio de una lógica de búsqueda permanente de aprobación externa. La segunda fue la incorporación de la cámara frontal en los teléfonos, que sometió especialmente a los jóvenes a dinámicas continuas de comparación visual. La tercera fue el scroll infinito, que eliminó las pausas naturales entre contenidos y convirtió la navegación en un flujo interminable de estímulos.

A su juicio, estos cambios no son anecdóticos, sino decisivos para entender por qué la atención, la voluntad, la estabilidad emocional y la capacidad de aprender están hoy tan presionadas.

Democracia, mercado, religión y redes sociales

Marina amplía su reflexión más allá de la escuela y analiza varios grandes marcos sociales que, aun teniendo aspectos positivos, también pueden producir efectos colaterales de insensatez.

Sobre la democracia, afirma que es el mejor sistema político disponible, pero advierte que genera un problema añadido: quien quiere gobernar necesita captar la opinión pública, y para ello muchas veces le resulta más útil un ciudadano crédulo que un ciudadano crítico. Esto abre la puerta a la manipulación, a la propaganda dirigida y al uso de mecanismos emocionales para influir en el voto.

Respecto al mercado, reconoce su capacidad para organizar la producción, bajar precios y estimular la creatividad, pero advierte que también necesita fomentar el consumo. Y para eso la publicidad suele preferir compradores impulsivos antes que compradores racionales.

En cuanto a la religión, Marina reconoce su fuerza humanizadora a lo largo de la historia, aunque también señala que, al basarse con frecuencia en argumentos de autoridad y obediencia, puede reforzar determinadas limitaciones del pensamiento crítico.

Finalmente, sobre las redes sociales, su postura es especialmente severa. No niega que puedan tener potencialidades positivas, pero considera que hoy están organizadas de una manera que explota nuestras debilidades cognitivas y emocionales, y por eso representan un riesgo serio para la educación y la vida democrática.

Optimismo y responsabilidad educativa

Pese a la dureza de su diagnóstico, Marina no cierra la entrevista en tono derrotista. Al contrario, insiste en que la educación no puede permitirse el pesimismo. Para él, el docente debe partir de una convicción básica: la posibilidad de mejora del ser humano.

Por eso afirma que el optimismo debería darse por supuesto en la hoja de servicio de los educadores. No se trata de ingenuidad, sino de responsabilidad profesional y moral. Si los educadores renuncian a la esperanza de formar mejor a sus alumnos, abandonan el núcleo mismo de su tarea.

Marina sostiene que ya sabemos bastante sobre nuestros puntos débiles y sobre las herramientas que podrían fortalecer nuestras defensas intelectuales y morales. El desafío, entonces, no es resignarse, sino poner en práctica esas “vacunas” educativas con decisión, claridad y coraje.

Una entrevista que interpela a la escuela actual

La entrevista de José Antonio Marina en Magisnet plantea una advertencia seria: una escuela volcada exclusivamente hacia lo técnico, lo inmediato y lo utilitario corre el riesgo de perder su misión formativa más profunda. Si la educación abandona el humanismo, la ética, la memoria, el deber, la disciplina interior, la formación del carácter y el pensamiento crítico, puede seguir enseñando contenidos, pero dejará de formar personas completas.

Su reflexión no llama a rechazar la ciencia, la tecnología o la innovación, sino a integrarlas en un horizonte más amplio. La verdadera discusión no es si la escuela debe enseñar ciencia o humanidades, sino qué visión del ser humano va a sostener todo el proyecto educativo. Y en ese punto, Marina es claro: sin valores humanísticos, la escuela puede volverse más eficiente en algunos aspectos, pero también más pobre, más frágil y más incapaz de sostener una convivencia digna y libre.

Redacción | Web del Maestro CMF

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