En los últimos años, la salud mental y la gestión emocional de niños y adolescentes dejaron de ser un tema exclusivo de especialistas para convertirse en una urgencia social. Alejandro Schujman, psicólogo, especialista en vínculos, conferencista y autor de numerosos libros sobre infancia y adolescencia, advierte que la escuela recibe hoy a chicos desbordados emocionalmente y a adultos profundamente confundidos, producto de crianzas frágiles y sin límites claros.
En el marco del ciclo de charlas coordinado por Argentinos por la Educación y Ticmas, Schujman plantea una idea incómoda pero necesaria: el límite es una forma de amor y cuidado, no un castigo. La ausencia de límites no es neutral; es una forma de desprotección. Muchos niños y adolescentes son hoy hijos de padres que él define como “amorosamente tibios”: adultos que, por miedo al sufrimiento, a la frustración o al rechazo, evitan decir no y confunden el cuidado con la concesión permanente.
Esta lógica tiene consecuencias directas en la escuela. Los chicos llegan con parámetros construidos en el hogar y la institución educativa recibe el impacto de aquello que no fue trabajado previamente. Schujman es categórico: el límite que los chicos no tienen en las casas no lo van a poner los docentes, es imposible. Sin embargo, la exigencia social recae sobre la escuela, mientras las familias delegan responsabilidades y, en muchos casos, señalan a los docentes como responsables del desborde. En el medio de este “ping pong” de culpas quedan los chicos, expuestos y sin red.
La situación se agrava en un contexto de sobreprotección y sobreconfort. El “todo tienen” y el “todos hacen” construyen una falsa idea de bienestar que, en realidad, deteriora la salud mental. Schujman señala datos preocupantes de la pospandemia: aumento de trastornos de ansiedad, depresión, consumos problemáticos y suicidios adolescentes. La escuela, sin recursos suficientes ni respaldo institucional, no puede ni debe absorber sola esta carga.
Frente a este escenario, el autor insiste en la necesidad de armar redes. No se trata de castigar ni de reprimir, sino de generar alternativas adultas, sensatas y protectoras. Experiencias como la organización del “último primer día” con participación de las familias muestran que es posible transformar prácticas riesgosas en celebraciones cuidadas. El problema no es la adolescencia, sino la ausencia de adultos que ejerzan su rol con sentido común.
El impacto de las redes sociales profundiza esta fragilidad. Schujman advierte que el control total es una batalla perdida: los chicos siempre van un paso adelante. La única estrategia eficaz es fortalecer los factores de protección desde el vínculo. Para ello, identifica cinco pilares fundamentales: el umbral de frustración, la gestión de emociones, el sentido de responsabilidad, el amor propio y la capacidad de decisión. Educar implica permitir errores, siempre que no pongan en riesgo la integridad física o psíquica, y acompañar desde la confianza y el diálogo.
Los adolescentes hablan cuando encuentran adultos dispuestos a escuchar. Detrás de las actitudes desafiantes, muchas veces hay soledad y desamparo. Los límites, advierte Schujman, están para ser puestos y también para ser discutidos, pero con cuidado. El problema actual es que están demasiado fáciles de romper porque los adultos tienen miedo: miedo a no ser queridos, a que sus hijos sufran o queden afuera. Ese temor paraliza y termina pagando un costo alto en la salud mental de los chicos.
Las señales de alarma existen y no deben minimizarse: cambios abruptos en el comportamiento, el rendimiento escolar, el aspecto físico o el estado emocional. Ante los “de repente”, la consulta profesional no debería ser una excepción sino una herramienta preventiva. Negar la ayuda en nombre de una falsa autonomía infantil es otra forma de abandono.
Cuando las dificultades emergen en la escuela, el rol del docente y de la institución es clave para convocar a la familia y construir la red posible. Algunas familias cooperan; otras niegan. Allí aparece el límite de lo posible y la necesidad de articulación con el Estado y el sistema de salud, cada vez más debilitados.
Schujman subraya que la violencia no distingue contextos sociales: el desamparo atraviesa tanto a sectores vulnerables como a los de alto poder adquisitivo. A esto se suma un clima social de hostilidad y confrontación que legitima el maltrato y se filtra en los vínculos juveniles. Lo que los adultos modelan, los chicos lo replican.
Finalmente, plantea un desafío ineludible para la comunidad educativa: poner la salud mental en el centro. Menos tiempo en contenidos que se pueden buscar en segundos y más espacio para trabajar emociones, vínculos y sentido de pertenencia. La escuela puede y debe ser un lugar seguro, un refugio. Allí, como dice Schujman, también hacen falta colibríes: adultos que, aunque no puedan apagar el incendio solos, decidan hacer su parte.
Redacción | Web del Maestro CMF | Fuente: Infobae








