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Francisco Mora: “La emoción, señores, es la energía que mueve el mundo”

Francisco Mora advierte que sin emoción no hay pensamiento ni aprendizaje. Frente al avance de la inteligencia artificial, defiende una neuroeducación más humana, basada en ciencia, valores y cultura.

Francisco Mora Teruel es una de las voces más reconocidas en el ámbito de la neurociencia y la neuroeducación en el mundo hispano. Es médico por la Universidad de Granada, doctor en Neurociencia y ha desarrollado una trayectoria académica vinculada al estudio del cerebro, el aprendizaje, la memoria, las emociones y la conducta humana. Su trabajo ha contribuido de manera importante a comprender los mecanismos cerebrales implicados en el aprendizaje y la memoria, así como la relación entre emoción, cognición y toma de decisiones.

A ello se suma una amplia producción bibliográfica y una proyección internacional que ha llevado sus ideas al campo educativo de distintos países. En esta conferencia, Mora plantea una reflexión profunda sobre la inteligencia artificial, la educación, la emoción y el futuro de lo humano, insistiendo en una idea central: sin emoción no hay pensamiento, no hay aprendizaje y no hay verdadera transformación educativa.

Francisco Mora y su aporte a la neurociencia y la educación

Antes de entrar en el contenido de su intervención, es importante comprender por qué Francisco Mora ocupa un lugar destacado en este debate. Sus investigaciones han estado centradas en cómo aprende el cerebro, cómo se consolidan los recuerdos y qué papel juegan las emociones en la conducta humana. Sus estudios sobre plasticidad cerebral, memoria y procesos emocionales han ayudado a fortalecer el campo de la neurología cognitiva y han abierto caminos muy valiosos para la educación.

También ha insistido durante años en una idea que hoy resulta decisiva: el aprendizaje no puede entenderse solo desde lo intelectual, porque el cerebro humano no funciona como una máquina fría, sino como un sistema profundamente atravesado por la emoción. Esta perspectiva ha sido fundamental para el desarrollo de la neuroeducación, entendida como un puente entre los hallazgos de la neurociencia y la práctica pedagógica.

La inteligencia artificial como problema social y educativo

Uno de los primeros puntos que plantea Mora en su conferencia es que la inteligencia artificial no debe verse únicamente como un avance técnico, sino como un serio problema social. Retoma la idea de que no todo lo que es técnicamente posible resulta socialmente conveniente, especialmente cuando puede superar las fronteras de lo ético y de lo legalmente aceptable.

Desde esa mirada, advierte que la inteligencia artificial, y en particular herramientas como ChatGPT, están generando una enorme preocupación pública. No habla de un tema menor ni pasajero, sino de una cuestión que aparece cada vez con más fuerza en la prensa, en los debates académicos y, sobre todo, en el campo educativo. Para Mora, el gran punto de impacto está precisamente ahí: en la educación, porque es la educación la que moldea a las personas y puede orientar el futuro de la sociedad.

Su postura subraya algo muy importante: no somos solo genética. Según explica, nacemos con una parte de determinación biológica, pero una gran parte de lo que somos se construye mediante la cultura, el entorno y la educación. Y eso significa que el ser humano no está cerrado, sino abierto al cambio. El cerebro es plástico, se transforma con la experiencia, con el contexto y con las oportunidades educativas. Por eso, el problema de la inteligencia artificial no se resolverá solo con tecnología, sino con una educación capaz de responder a este nuevo escenario.

El impacto de ChatGPT y la inquietud sobre el aprendizaje

Mora reconoce el enorme potencial de herramientas como ChatGPT. Señala que estas pueden responder preguntas de manera aparentemente inteligente y también generar discursos coherentes y actualizados sobre múltiples temas. Incluso cuenta una experiencia personal: al consultar a la inteligencia artificial sobre un posible libro suyo, la herramienta fue capaz de sugerir el número de capítulos, sus títulos y hasta redactar una síntesis del contenido de cada uno. Lo que describe no es una anécdota superficial, sino una demostración del nivel de sofisticación que ya ha alcanzado esta tecnología.

Sin embargo, la admiración no elimina la preocupación. La pregunta central que deja planteada es clara: ¿qué ocurre con la educación cuando los estudiantes pueden delegar en la máquina aquello que debería expresar su propio talento, su capacidad de pensar, escribir y construir sentido?. En primaria, secundaria, bachillerato y universidad, esta cuestión se vuelve especialmente delicada. Cuando se pide un ensayo, una redacción o una reflexión, lo que se espera es la expresión de una subjetividad, de una mirada personal, de una comprensión propia. Y allí aparece la tensión: si la máquina produce un texto correcto, coherente y convincente, ¿qué lugar queda para el trabajo interior del estudiante?

Para Mora, este problema no puede analizarse de forma superficial, porque toca la esencia misma de la educación. Educar no es solo producir respuestas correctas, sino formar personas capaces de pensar, sentir, discernir y crear.

El ser humano no es repetible: plasticidad, singularidad y educación

Otro de los ejes decisivos de su exposición es la defensa de la singularidad humana. Mora recuerda que somos seres humanos diferentes y únicos, jamás repetidos, y que esa singularidad se debe en buena medida a la plasticidad del cerebro. El cerebro cambia constantemente, tanto en el plano cognitivo como en el emocional, y esa transformación permanente forma parte de nuestra humanidad.

Desde esta perspectiva, la gran crítica implícita a ciertas visiones tecnocráticas es que tienden a homogeneizar. Pero la educación auténtica no puede reducir a todos a un mismo patrón. Cada persona aprende, siente, interpreta y responde de manera distinta, y justamente por eso la educación sigue siendo irremplazable. Lo decisivo no está en copiar respuestas, sino en ayudar a cada ser humano a construir su propia voz, su propia conciencia y su propio criterio.

Mora sugiere que el futuro no está en rendirse ante la tecnología, sino en transformar el mundo a través de una nueva educación, una educación que conozca mejor el funcionamiento del cerebro y se apoye en esa comprensión para formar personas más humanas, no más mecánicas.

La emoción como energía fundamental de la vida y del pensamiento

El núcleo más potente de la conferencia aparece cuando Mora afirma con contundencia: “La emoción, señores, es la energía que mueve el mundo”. Esta no es una frase decorativa. Es una tesis central. Para él, la emoción no es un adorno del pensamiento ni un elemento secundario del aprendizaje. Es su condición de posibilidad.

Lo explica de manera directa: usted no puede escribir, usted no puede leer, usted no puede pensar, si no viene la corteza cerebral asociativa alimentada por la emoción. En otras palabras, no hay pensamiento alguno sin el alimento emocional que viene de nuestro sistema límbico. Esta afirmación desarma la falsa oposición entre razón y emoción. No hay una mente puramente racional que funcione aislada del mundo afectivo. La razón necesita de la emoción para ponerse en marcha.

Esta idea tiene una enorme trascendencia educativa. Significa que no se aprende de verdad aquello que no toca, no entusiasma, no despierta curiosidad o no genera algún tipo de implicación emocional. La emoción da energía, dirección, interés y permanencia a los procesos mentales. Sin ella, el aprendizaje se vacía, se vuelve mecánico, frágil y superficial.

La profundidad evolutiva de la emoción

Mora insiste en que el sistema emocional no es una construcción simple ni reciente. Habla de un proceso evolutivo larguísimo, de cientos de millones de años, para subrayar que la emoción forma parte de la estructura más profunda de la vida humana. Con ello quiere destacar algo esencial: sabemos todavía muy poco sobre la emoción, a pesar de que es uno de los fundamentos más poderosos de nuestra existencia.

La emoción, según su planteamiento, no solo nos impulsa a actuar, sino que sostiene la vida misma. No hay vida posible sin esa energía. Es lo que nos mueve a buscar, a evitar, a querer, a crear, a vincularnos, a protegernos y a perseverar. Desde esta mirada, todo intento de comprender al ser humano ignorando su dimensión emocional queda inevitablemente incompleto.

Por eso resulta, a su juicio, desproporcionado creer que en apenas unas décadas de desarrollo tecnológico se podrá reproducir algo cuya complejidad biológica y evolutiva sigue siendo tan profundamente desconocida. Mora marca así una distancia muy clara entre la inteligencia artificial y la riqueza del mundo emocional humano.

Los límites de la inteligencia artificial frente a la emoción humana

Uno de los argumentos más fuertes de la conferencia es precisamente ese: la tecnología puede imitar ciertas funciones, pero no reproduce la raíz emocional de la experiencia humana. Mora señala que, aunque hoy existen algoritmos complejos, aprendizaje profundo y sistemas capaces de adaptarse, memorizar y responder con aparente cercanía, seguimos sin entender a fondo cómo funciona la emoción humana en toda su complejidad.

Por eso advierte que no existe todavía un verdadero diseño computacional de la emoción, porque desconocemos cómo se organiza esa energía que nos convierte en lo que somos. Lo que las máquinas pueden hacer es simular, responder, reconocer patrones, adaptar conductas, incluso generar la ilusión de cercanía. Pero una cosa es simular una respuesta y otra muy distinta es vivir una emoción.

Esta diferencia no es menor. Para Mora, ahí reside un punto decisivo del debate contemporáneo. Cuando las máquinas responden con un tono que parece humano, el riesgo no es solo técnico, sino antropológico: podemos empezar a olvidar que seguimos frente a una máquina.

La antropomorfización de las máquinas y sus riesgos

Mora introduce entonces otro concepto clave: la antropomorfización, es decir, la tendencia humana a proyectar rasgos humanos sobre objetos, animales o máquinas. Explica que existe una disposición inconsciente a atribuir humanidad a aquello que nos rodea, y que este fenómeno puede intensificarse cuando interactuamos diariamente con dispositivos que nos hablan, nos reconocen y parecen adaptarse a nosotros.

Pone como ejemplo sistemas que saludan al usuario, recuerdan interacciones previas y ofrecen continuidad en la relación. Si esa experiencia se repite todos los días, puede llegar a adquirir un carácter vivencial. La máquina comienza a ser sentida como si fuera alguien, y ese desplazamiento puede tener consecuencias emocionales y educativas profundas.

El peligro, entonces, no está solo en el uso instrumental de la tecnología, sino en el modo en que esta puede reconfigurar nuestros vínculos, nuestras percepciones y nuestras dependencias afectivas. Mora llama la atención sobre la necesidad de mirar con seriedad este fenómeno, especialmente en niños y jóvenes, cuyo cerebro atraviesa etapas de gran plasticidad y transformación.

La educación como única respuesta sólida

Frente a este panorama, Mora no propone el fatalismo, sino una salida clara: la educación. Repite que, si algo puede salvarnos de una deriva deshumanizadora, es una educación transformada sobre la base del conocimiento de cómo funciona el cerebro. No se trata de rechazar la tecnología sin más, sino de responder a ella con más inteligencia humana, con más criterio y con más formación.

Aquí aparece con fuerza su propuesta de una nueva educación basada en la neuroeducación. Esta educación debe nacer de la convergencia entre humanidades y ciencia, algo que él considera imprescindible. No basta con dominar herramientas técnicas ni con acumular datos. Se necesita una formación que comprenda a la persona en su complejidad: biológica, emocional, cultural, ética y social.

Para Mora, esta nueva educación debe apoyarse en el método científico, pero iluminado por la humanidad. Debe estudiar cómo aprende el cerebro, cómo influyen las emociones, cómo se forman los valores y cómo se construye la conducta. Y al mismo tiempo debe cultivar lo más propiamente humano: la cultura, el juicio ético, la conciencia de sí mismo, la sensibilidad y la responsabilidad.

Valores, familia, escuela y construcción humana

En la parte final de su intervención, Mora insiste en que no venimos completamente hechos, sino abiertos a formarnos. Y en esa construcción desempeñan un papel esencial la familia, la escuela y el propio sujeto. De ahí nacen los valores. Y para él, los valores son lo único que puede iluminar una nueva dimensión de la conducta humana.

Esta afirmación es especialmente importante porque devuelve el debate al terreno de la formación moral y cultural. La respuesta a los desafíos del presente no puede reducirse a reglamentos, controles o innovaciones técnicas. Hace falta una educación que enseñe a vivir, a discernir, a convivir y a actuar con responsabilidad. La ciencia puede aportar conocimiento, pero la educación debe traducirlo en formación humana.

Mora sugiere, en el fondo, que el riesgo más grave no es solo tecnológico, sino civilizatorio: que avancemos mucho en poder técnico y muy poco en profundidad humana. Por eso reclama una educación que no renuncie al saber científico, pero que tampoco abandone las humanidades, la ética y la formación de valores.

Entre la deshumanización y una nueva humanidad

La conferencia cierra con una pregunta abierta, inquietante y profunda. Mora se pregunta si todo este proceso nos conduce inevitablemente a la deshumanización y al desastre, o si, por el contrario, podría empujarnos hacia la creación de una humanidad nueva y diferente. No ofrece una respuesta cerrada, pero deja claro que el desenlace dependerá en gran medida de lo que hagamos con la educación.

Ese es, quizá, el corazón de todo su mensaje. La emoción mueve el mundo, sostiene el pensamiento y da sentido al aprendizaje. La tecnología puede avanzar de forma extraordinaria, pero no reemplaza la complejidad emocional y moral del ser humano. La educación sigue siendo el gran espacio donde se decide qué tipo de humanidad queremos construir.

Francisco Mora no plantea una visión ingenua ni apocalíptica. Lo que ofrece es una advertencia lúcida: si olvidamos lo que somos, si olvidamos que el pensamiento necesita emoción, que la conducta necesita valores y que el cerebro humano se construye en relación con la cultura, entonces corremos el riesgo de empobrecer la educación y desfigurar lo humano. Pero si comprendemos de verdad cómo funciona el cerebro y colocamos ese conocimiento al servicio de una educación más profunda, más ética y más humana, entonces todavía hay esperanza de orientar el futuro en una dirección distinta.

Redacción | Web del Maestro CMF

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